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Evangelizar la muerte significa evangelizar aún más la vida

Evangelizar la muerte significa evangelizar aún más la vida – Editorial Ecclesia

Nada resulta en el acontecer de la existencia humana más insondable, enigmático, doloroso e inevitable que la muerte. Y, sin embargo, nada hay más cierto. La máxima existencialista desde hace más de medio siglo «el hombre es un ser para la muerte» es una verdad, pero una verdad incompleta, pues desde la fe cristiana y desde esa semilla de eternidad que en sí mismo lleva toda persona,  nos rebelamos y levantamos contra la muerte (Gaudium et spes, 17). El hombre es un ser para la vida, para la Vida con mayúscula.  Y convertir estas afirmaciones en realidades vivas y prácticas es apremiante tarea eclesial y evangelizadora, máxime cuando, como ahora, ideologías y praxis  —más o menos explícitas o implícitas— imponen, por la vía de los hechos, una visión ante la muerte trufada de nihilismo, materialismo y secularismo.

Sirva este preámbulo, para acercarnos respetuosamente —la muerte se halla  siempre en tierra sagrada y en ella también siempre hemos de encontrar la zarza ardiendo de la misericordia de Dios— a  los contenidos y reacciones sobre la instrucción de la Congregación para la Doctrina de la Fe Ad resurgendum cum Christo (texto íntegro, páginas 30 y 31, y comentario, páginas 32 y 33) y sobre todo a sus disposiciones sobre cremaciones o incineraciones.  Estamos, en primer lugar, ante un documento necesario. Hacía falta, sí, que la Santa Sede —mejor aún si el documento en cuestión, como es el caso de este, cuenta con la expresa aprobación del Papa y más aún de Francisco— se pronunciara al respecto. En realidad, no había pronunciamiento de este nivel desde 1963, más allá de documentos de distintas conferencias episcopales y de disposiciones en los rituales de exequias.

En segundo lugar, Ad resurgendum cum Christo era necesario en razón de que la creciente e intensa secularización está también haciendo mella en la vivencia de la muerte, singularmente en los entornos familiares de nuestros difuntos, con el consiguiente riesgo de que esto prosiga y se incremente en los próximos años. Los cristianos no podemos permitir que el horizonte luminosísimo de la resurrección de Jesucristo, y con ella y desde ella la nuestra y la de la entera humanidad de todos los tiempos, se desdibuje. La vida no es un absurdo o una quimera. La vida, cuya penúltima etapa, siempre dolorosa y desgarradora, es la muerte,  tiene sentido. No hemos sido creados de la nada ni para la nada, sino del Amor  y para el Amor del Dios de la Vida. Es el misterio pascual de Jesucristo el quicio de nuestra fe y el modelo, la referencia gozosa y esperanzadoramente inexcusables en la hora de la muerte.

Enterrar a los muertos y rezar por vivos y difuntos son dos obras de misericordia que siguen en vigor y que expresan la fe en la resurrección y en la vida eterna. Y nuestra Iglesia, comenzando por el Papa, que a lo largo de este bendito Año de la Misericordia se ha esforzado tanto en mostrar los rostros y los caminos de la misericordia, no podía por menos que recordar y enfatizar también estas dos hermosísimas obras de misericordia.

Por todo ello, lo que la Iglesia quiere acerca del tratamiento cristiano del cadáver de la persona fallecida es muy claro.  Y la opción más conforme a este pensar, sentir y esperar es la inhumación de los fallecidos, la sepultura como signo de la resurrección y a imagen del enterramiento y sepultura de  Jesucristo, desde donde resucitó gloriosamente. Con todo, la Iglesia califica la cremación como «opción legítima» y llama a inhumar también las cenizas desde esta misma referencia cristológica.

Y desde estas premisas y desde el inviolable respeto al cuerpo humano —siempre, incluso muerto, más aún muerto—, la Iglesia alerta y previene acerca de praxis ni recomendables ni aceptables desde parámetros cristianos y hasta desde claves de sabia psicología humana. ¿A qué nos referimos? A la banalización e incluso frivolización y a la neurotización y hasta superstición que pueden derivarse de la conservación de las cenizas en el hogar y a su repartición y aspersión. Y acerca de la conversión de las cenizas de un difunto en objetos, creemos, con todos los respetos, que es una praxis denigrante e indigna.

Y es que en la tarea de evangelizar la muerte desde la vida nos jugamos, además, la Vida con mayúscula, y su fuente de verdadera y definitiva alegría y esperanza.

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