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Eucaristía de clausura en la catedral de Granada por el XXXVII Congreso Internacional Pueri Cantores

Pueri Cantores
Pueri Cantores

“¡Abrid vuestras vidas al don de Cristo!”, homilía de monseñor Javier Martínez, arzobispo de Granda

Queridísima Iglesia del Señor, esposa amada de Cristo; queridos sacerdotes concelebrantes; muy queridos “pueri cantores”, bien aimés “pueri cantores”, beloved “pueri cantores”; directores de los coros, colaboradores, familiares, amigos, familias que habéis acogido a distintos grupos de niños, voluntarios, miembros de la organización de Granada y de Guadix; Queridos amigos todos: Concluimos estos bellos días de fraternidad y de comunión entre todos con la Eucaristía. La Eucaristía es, según nos enseña la Iglesia, “la fuente y el culmen” de la vida cristiana. Y como la vida cristiana es la vida humana vivida en plenitud gracias a la presencia y la gracia de Cristo, así también la Eucaristía es la fuente y la escuela, y también la realización misteriosa, anticipada, de la plenitud de nuestra vida. La realización misteriosa, anticipada, del cielo.

Porque la Eucaristía no es sólo ni ante todo un ritual. Es, ante todo, un acontecimiento, un acontecimiento misterioso, pero enorme, inefable.  Cada vez que celebramos la Eucaristía, la obra entera de la redención tiene misteriosamente lugar para nosotros, en nuestros días. Jesucristo, el Hijo mismo de Dios, resucitado y vivo para siempre, se hace contemporáneo nuestro, nos habla, nos dice su amor por cada uno de nosotros, pobres seres humanos, mortales, heridos, a veces, y a pesar de nuestra juventud, llenos ya de frustraciones y miserias; y sobre todo, se da a nosotros y se une a nosotros para comunicarnos su Espíritu Santo, su propia vida divina para hacernos hijos de Dios. ¡Sí, queridos hijos, Cristo os ama, os ama a cada uno de vosotros, tal como sois!¡Jesucristo es el mejor cómplice de esa felicidad que anhela vuestro corazón, está hecho para Dios, hecho para gozar de la belleza infinita de su Amor, esa belleza yb ese amor que buscamos a tientas en la vida! Pues bien, ese Amor se nos ha dado en cristo, se nos ofrece y se nos da hoy en Cristo. ¡Hosanna! ¡Benedictus qui venit in nomine Domini! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor!

 

Y por eso cantamos. No porque haga el canto más bonita y más atractiva la liturgia, que la hace. No porque el amor al canto nos sirva de excusa para estar allí, y de ese modo, a base de escuchar y de pasar horas en la Iglesia, aprender algo de la vida cristiana, que lo hace. Sino que cantamos que cantamos porque lo que sucede en la Eucaristía es tan grande y tan hermoso que no podemos dejar de cantar. Uno no puede experimentar en la vida un amor así y no cantar de alegría. “Rien ne peût nous empêcher de chanter”, nada puede impedirnos cantar, como decía ayer el coro de la catedral de Béziers.

 

Pues bien, la presencia de Cristo entre nosotros tiene frutos. muchos frutos de muchas clases, porque al venir Cristo a nosotros cambia el corazón, y cambia la mirada sobre el mundo y sobre las personas, y cambia la idea de lo que es vivir bien, y de lo que es vivir, y de todo lo que hay en la vida. De esos frutos, que afectan a todo, pero sobre todo a las relaciones humanas, sólo quiero subrayar uno. Fijaos: somos originarios de países, de culturas y de lenguas diferentes. Desde Alemania hasta Brasil, desde Corea del Sur hasta California, desde Lituania hasta Portugal, desde Polonia hasta Venezuela. Al cantar todos juntos, y todos juntos las misma canciones, el mismo texto, con el que celebramos y damos gracias por el acontecimiento de la venida y del don de Cristo a nosotros, la primera cosa que expresamos es una realidad muy profunda, uno de los frutos más bellos de la obra redentora de Cristo en nosotros: que todos somos un solo pueblo, el pueblo de Dios; una sola familia, la familia de los hijos de Dios; más aún, un solo cuerpo, el cuerpo de Cristo. No lo somos por nuestras cualidades, ni como un fruto de nuestros esfuerzos. Lo somos por la gracia de Cristo, que sin mérito nuestro se ha abierto camino para llegar hasta nosotros, ha querido que seamos suyos y ser nuestro, ha querido que seamos hijos de Dios, su Padre y nuestro Padre, y ha querido darnos su Espíritu Santo, para que el padre pueda reconocer en nosotros a su hijo, y para que nosotros podamos vivir en “la libertad gloriosa de los hijos de Dios”. Cristo ha dado su vida, nos da hoy su vida, para que podamos ser hermanos, amigos, más allá de las fronteras de nuestras lenguas y de nuestras naciones. La historia de la iglesia es la historia de una amistad que no ha cesado nunca de crecer.

 

Pero el mundo no tiene experiencia de esta preciosa unidad. El mundo, nuestro mundo, está roto. Lo que experimenta es la división, la separación, con frecuencia el odio. Hay división entre las razas y las naciones. Hay división entre las clases sociales, o entre las mismas familias (entre el padre y la madre, o entre los padres y los hijos, o entre los hermanos). hay división hasta dentro del corazón de cada uno de nosotros: tenemos anhelos grandes, de verdad, de bien, de amor y de belleza, y al mismo tiempo tenemos sentimientos que nos empujan a la fealdad de la mentira o del mal en todas sus formas, la Iglesia separa siete de estas mentiras: la envidia, la avaricia, la lujuria, la soberbia, la desidia, la gula, la ira. de una forma u otra, todos esos pecados –los siete pecados fundamentales- nos separan a unos de otros, nos aíslan, rompen los lazos que nos unen a Dios, y por eso rompen también los lazos que nos unen bien a los demás y a la creación entera. Y hay en el mundo muchos intereses, y se gasta mucho dinero para que esos lazos se rompan y vivamos aislado en nuestras burbujas y solos.

 

Un mundo dividido es un mundo herido. ¿Recordáis, en el concierto de ayer, el coro de muchachas de Rottenburg, cuando deambulaban y deambulaban por el escenario, dando vueltas y vueltas sin sentido? Holzwege, decía el filósofo alemán Martin Heidgger, que le puso ese título a una colección de ensayos suyos, “caminos que no llevan a ninguna parte”. Cuando nos falta Dios, , cuando nos falta la experiencia del amor de Cristo que nos revela al Dios verdadero, la vida es un Holzweg, una senda perdida, circular, que no tiene ni meta ni punto de partida o de apoyo. Ni camino. También, un escritor alemán, Kafka, escribió: “Sabemos cuál es la meta” (supongo que él pensaba en la felicidad y la paz del corazón). “Pero, ¿dónde está el camino?” Y sin embargo, el Señor Jesús dijo esta palabra única, que sólo puede ser una, o verdad o una locura: “Yo soy el Camino, y la Verdad, y la Vida”.

 

Podríamos buscar otra imagen, más cercana a la experiencia de estos días. Cada uno de vosotros tiene mil melodías en la cabeza, y algunas de ellas, seguramente preciosas. Pero imaginaos que cada uno de los que estamos aquí empezáramos a cantar cada uno su melodía. ¿Cuál sería el resultado? Caos, horror. Al cabo de un rato, o habría una pequeña guerra entre todos o saldríamos corriendo, huyendo de aquí. En cambio, cuando cantamos juntos, cuando hay quien dirige y conoce el camino, aunque suponga disciplina y esfuerzo, sabemos que el resultado es la belleza. Tenemos la experiencia de esa belleza, y es esa experiencia la que nos sostiene en el trabajo de ensayar y ensayar, un día y otro día… y en la disciplina de aprender a leer una partitura, o a escucharnos unos a otros, para que muchas voces suenen como una sola voz.

 

En la vida, es Cristo: él es nuestro director de coro (aunque es mucho más que eso, porque es también la partitura, y también mi compañero en el canto, y también la belleza que resulta del canto mismo). Y para quien ha encontrado a Cristo, la vida entera es un canto de alabanza, un canto de acción de gracias, un himno a la alegría de haber experimentado el Amor que hace posible todo amor verdadero (pues también hay cosas que se llaman amor y no lo son, y “amores” que no son verdaderos); Jesucristo es quien hace posible el amor verdadero, no sólo que lo hace posible, sino que lo llena de sentido y de consistencia. Cristo es, en efecto, el contenido último y la plenitud de todo amor, de toda belleza. Y ése es el don que recibimos cada uno en la Eucaristía. Y la vida entera, para quien lleva a Cristo, no es más que una prolongación de la Eucaristía y de la alegría y de la comunión y del amor mutuo que Cristo nos regala en ella. […]

 

 

¿Sabéis una cosa? Sabéis que el Doctor de la Iglesia universal más antiguo fue un músico, San Efrén de Nisibe (o San Efrén el Sirio, como le llaman algunos), que vivió en la Alta Mesopotamia, en una región repartida entre lo que hoy son Irak y Turquía) en el siglo IV? Casi toda su obra son himnos, para ser cantados en la liturgia. Él escribió la primera colección de villancicos que se nos conserva de la historia de la Iglesia, llenos de una teología sencilla pero riquísima, una colección de nanas que la Virgen le canta a su hijo Jesús. Él decía que, ante el misterio de Dios, sólo había dos actitudes que son racionales: el silencio que adora, o la alabanza que canta. y él componía preciosos himnos, y los ensayaba cuidadosamente con coros mixtos, o a veces de coros femeninos, lo cual escandalizaba, no poco, en su ambiente, y quería con ellos “curar a quienes los oyen”. Así cantaba en uno de ellos:

 

“Dichoso aquél cuya lengua, Señor,

ha venido a ser para Ti como una cítara,

y con ella entona cantos

capaces de curar a quienes los oyen”

(Himnos De Fide II, 15).

¡Cantad, hijos, cantad! Cantad en la Iglesia y cantad en la vida. Y para que vuestro canto sea sincero, ¡abrid vuestras vidas al don de Cristo, que os quiere como nadie nuca os ha querido ni podrá quereros jamás! Como la Virgen María, ¡acoged a Cristo en vuestro corazón! Dejad luego que esa semilla fructifique y haga crecer la comunión y la amistad verdadera entre vosotros. Y que la alegría que nace de la presencia y del don de Cristo en vosotros, llene primero, vuestros corazones; luego, vuestros labios. Y que la alegría de vuestra comunión y de vuestra música llene el mundo, y haga de todos los lugares de la tierra un lugar de hermanos tan hermoso como esta mañana lo es la catedral.

 Dios os bendiga. God bless you all. Que le Seigneur vou bénisse. Javier Martínez

rzobispo de Granada

15 de julio de 2012

 

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