Coronavirus Opinión

Ética global después del COVID-19, por Albert Cortina

Estamos aprendiendo una dura lección. El confinamiento ocasionado por la pandemia de coronavirus COVID-19 nos obliga a reflexionar sobre la idea de progreso tecno-científico que hemos ido construyendo durante estas últimas décadas, así como sobre el propósito y la misión en el mundo del género humano.
La ideología del transhumanismo/posthumanismo quiere imponer su agenda a partir de un reset del sistema a partir de la presente emergencia sanitaria.
Los «profetas» del transhumanismo que van de la mano de los «apóstoles» globalistas nos habían augurado un progreso biotecnológico en el que dejaríamos atrás nuestra naturaleza humana a favor de una nueva condición posthumana. Con cierta soberbia afirmaban que la próxima etapa evolutiva del ser humano era convertirse en el nuevo Homo Deus. De este modo, querían que cayésemos en el renovado engaño de la serpiente antigua cuando generación tras generación susurra a los oídos de los humanos la conocida frase de «¡Seréis como dioses!».
¡La tecnología nos salvará! !El advenimiento de la Singularidad tecnológica está cerca! ¡Tenemos un deber moral al mejoramiento humano!… proclaman los gurús de las corporaciones tecnológicas y las potencias emergentes de la globalización.
Y en medio de ese relato soberbio y prometeico, viene un tipo de coronavirus muy contagioso que causa una pandemia global y sitúa a la humanidad frente a la realidad: su absoluta contingencia y caducidad. De nuevo la vida nos recuerda que la vulnerabilidad, la fragilidad, la enfermedad, el envejecimiento y la muerte son consustanciales a la naturaleza humana. ¡No somos dioses!
Durante estas semanas de confinamiento, instalados en el aislamiento y en la ansiedad por el futuro incierto, las personas ven las tecnologías como lo que realmente son: un mero instrumento y no como su salvación. Lo que de verdad importa, va más allá de la digitalización y de la implementación de las biotecnologías disruptivas. El amor, el contacto con los demás, la generosidad, la solidaridad, la sobriedad, el sentido trascendente de la vida… de repente se han convertido en valores que han pasado de ser simplemente proclamados —a veces de forma retórica— a ser vivenciados con mayor intensidad y muchas veces a ser añorados por haberlos perdido, o por no poderlos compartir, en estos momentos, debido al confinamiento general.
Son muchos los que están dejando de lado los cantos de sirena de la utopía/distopía transhumanista para reconocer que el humanismo avanzado centrado en la persona, en la defensa de su dignidad, libertad y diversidad, así como en la custodia de la creación puede ser el tipo de humanismo integral que sirva como base para construir una ética fundamentada en las virtudes morales y en los valores universales, inspirados en nuestra conciencia y en el corazón de cada hombre y cada mujer por la Ley natural. Desde mi punto de vista, esta ética global, para ser realmente una bioética y una tecnoética humana, que contribuya al bien común y a la felicidad de cada persona y al desarrollo de su proyecto vital, debe estar fundamentada en el orden cósmico establecido por el Creador.
Al estar el género humano creado a imagen y semejanza de Dios, el hombre y la mujer del siglo XXI no pueden transformar biotecnológicamente su esencia y naturaleza humana, mediante una libertad morfológica sin límites. Las alteraciones radicales y modificaciones biotecnológicas que postula el transhumanismo en la condición humana pueden acarrear graves consecuencias que irán en detrimento del perfeccionamiento del proyecto humano al que estamos destinados.
Tal vez muchas personas, durante este confinamiento, vuelvan su mirada y su corazón a la Divina Providencia y comprendan que es el Señor quién nos salva realmente y no la suma de la Ciencia, la Razón y la Tecnológia convertidas en una nueva religión global.
La Torre de Babel tecnológica que está construyendo el ser humano en el presente siglo XXI a través de un Nuevo Orden Mundial sin Dios terminará como la de los tiempos antiguos. Esta pandemia de coronavirus es un preaviso a la humanidad para que corrijamos el rumbo y evitemos nuestra propia destrucción.
El progreso científico y tecnológico debe ir acompañado de un progreso moral. Por ello, es tan importante desarrollar una bioética y una tecnoética que nos permita discernir cuándo las tecnologías emergentes están al servicio de las personas y cuándo, es al revés, siendo las personas las que quedan atrapadas y esclavizadas por dichas tecnologías. Debemos ser capaces de aplicar el potencial de las tecnologías exponenciales a toda la humanidad para mejorar el proyecto de desarrollo humano integral y rechazar toda gobernanza global que lleve a que dichas tecnologías estén únicamente al servicio de unas elites globalistas que nos quieran alienar y controlar.
Este confinamiento por el COVID-19 es un tiempo dado a la reflexión sobre estas cuestiones y sobre cómo superar los riesgos existenciales que amenazan a la humanidad para que, una vez superada la emergencia sanitaria ocasionada por la pandemia de coronavirus, hayamos aprendido la lección, es decir, que un minúsculo coronavirus puede destruir toda nuestra civilización construida sobre fundamentos de egoísmo y de soberbia.
Ante las ideologías del transhumanismo y del globalismo que pretenden transgredir los límites de la naturaleza humana, destruir la diversidad de las comunidades culturales y espirituales y romper la armonía de las redes de vida, propongo que se elabore con urgencia una Declaración Universal de Valores Humanos.
Desde la cosmovisión cristiana, tenemos una bella tarea: evangelizar la globalización.
Si como resultado de este confinamiento mundial los seres humanos volvemos la mirada y el corazón hacia Dios y confiamos plenamente en Él, seguramente superaremos esta crisis sanitaria, económica y social, inaugurando una nueva era más humana y conforme a nuestra inteligencia espiritual y al Plan de Dios.

Por Albert Cortina, abogado y urbanista. Autor de distintas publicaciones sobre transhumanismo y humanismo avanzado 

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