Firmas

Estúpido Cameron, por Roberto Esteban Duque

El primer ministro británico, David Cameron, suele hacer afirmaciones tan arrogantes como banales: “No apoyo -dice- el matrimonio homosexual a pesar de ser conservador, sino porque soy conservador”. Que es tanto como decir: porque respeto un orden previo y soy leal a lo recibido, deseo reformar ese mismo orden, consistiendo el respeto por él en su propia destrucción.

Y en otro lugar afirma: “Soy un gran defensor del matrimonio y no quiero que las personas gays sean excluidas de esta gran institución”. Que es tanto como decir: no creo en la institución del matrimonio, porque si así fuera no la degradaría y desfiguraría identificándola con la unión homosexual, cuando se trata de cosas distintas.

 

Pero como la necedad no descansa, Cameron propone, como si de una revelación blasfema se tratara y un progresismo acendrado lo invadiera, legalizar el matrimonio gay en las iglesias; que se viva “en el Señor” (¡oh, estúpido Cameron!), aconsejando la presencia del sacerdote, la bendición y el carácter eclesial para rodear el matrimonio homosexual de ceremonias litúrgicas. El tonto es vitalicio y sin poros, pero el necio es más funesto que un malvado, decía Anatole France, porque mientras que el malvado descansa a veces, el necio, jamás. ¿No sería necesario, como proponía Ortega, un ensayo sobre la tontería?

 

¿Por qué no sería matrimonio la unión homosexual, dicen los nuevos reformistas? ¿Por qué no celebrar uniones homosexuales en el templo, ofrecer la solemnidad de otorgar culto a Dios cambiando las costumbres, dicen los necios? Sólo falta saber, en esta nueva forma de esperpéntica irreverencia y profanación de los lugares sagrados, de barbarie incapaz de disponerse a querer la verdad de las cosas, si la imposición del velo o la coronación volverán a ser elementos constitutivos, exigidos por los nuevos reformistas para la validez de semejantes uniones.

 

¿Alguien podría explicar el significado de la bendición eclesial de un matrimonio homosexual, su imaginario statu quo de rito sagrado o ceremonia religiosa? ¿Qué sentido tendría una celebración litúrgica semejante? ¿Quién no ve un sacrilegio la pretensión de atemperar lo establecido a la utilidad del bienestar personal inmediato? ¿Quién sueña con una artificiosa comunidad de actos religiosos neutros, con aperturismos tan audaces como inverosímiles? ¿Quién desea prostituir a la Iglesia con objetivos que encarnizan y degradan el matrimonio y la familia, ignorando los límites cuya transgresión llevaría a convertir la esperanza en mera corrupción?

 

La Iglesia no tiene ninguna jurisdicción sobre una realidad que para ella no existe, ninguna potestad sobre la unión en matrimonio de dos personas del mismo sexo. Conceder la posibilidad no sirve para nada cuando no existe la realidad de lo permitido. Convertir el matrimonio homosexual en un acto de culto, de oblación, permitiendo su bendición o legalizando su dimensión religiosa es tanto como solicitar la presencia del sacerdote, su expreso consentimiento, en aquello mismo cuya realidad no es reconocida, en cuanto que matrimonio sólo es la unión entre un hombre y una mujer.

 

La soberbia y el odio, la rebeldía iconoclasta y el orgullo imprudente, convierten a ciertos gobernantes en estúpidos tecnócratas sumergidos en la idolatría de sí mismos. Cambiar las cosas para halagar las pasiones es obra de mediocres farisaicos, entregados al juego impío con las creencias y lo sagrado, con el desprecio por la tradición y la destrucción de la verdad. Preservar lo bueno se ha convertido en algo reaccionario, y empeñarse en devastar lo existente -por ver en ello rémora del pasado- se antoja una consecuencia del hombre entregado al devenir incontenible de los tiempos.

La novedad innecesaria sustituye el orden por el cambio. En nombre del igualitarismo o del uniformismo legal se destruye cualquier estructura o realidad milenaria. Lo decía Tocqueville: “Veo ante mí (en un futuro cercano) una multitud innumerable de hombres semejantes o iguales entre sí que se mueven sin reposo para procurarse los pequeños y vulgares placeres que llenan sus almas (…) Encima de ello, un poder inmenso y tutelar vela por sus placeres, con tal de que los ciudadanos no piensen más que en gozar”.

 

Lo peor es cuando esta patética aceleración de la vida amenaza con transformarse en sustancia misma del vivir humano, como si ya no hubiese sentido ni finalidad, en la incoherencia y corrupción de un presente sin tradición ni memoria, sin raíces ni continuidad, ajeno al paso de las generaciones.

 

El reformista y estúpido Cameron, bajo el influjo de poderes sedantes, es incapaz de diagnosticar su propio estado; se figura que lo que necesita es una dosis adicional de su enfermedad. Prefiere combatir la disolución vertiendo más líquido, aumentando la potencia de la dispersión; ensayar con la vida en lugar de reaccionar, calificando de opresivas las costumbres recibidas, toda la moral patrimonio del corazón, hasta disolver las formas de vida existentes descorriendo todos los velos que nos descubran la supuesta nihilidad de la vida humana.

 

Todas las vestimentas decentes de la vida se arrancarán. Esto es cuanto proponen desde el combate político los nuevos gobernantes y legisladores. Un pernicioso afán igualitarista, creador de recelos y hostilidades, una fiebre envidiosa y eliminadora de cualquier verdad comienza a educar la mente y los deseos. Conviene, sin embargo, no hacer exhibición pública de la obscenidad. Existen generaciones, presentes y pretéritas, poco dóciles a la abdicación, al engaño de nuevas formas de existencia donde se haga de cualquier profanación virtud.

 

                                                                 Roberto Esteban Duque

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