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Estad siempre alegres en el Señor, carta de Demetrio Fernández, obispo de Córdoba

demetrio fernandez obispo de cordoba

“Estad siempre alegres en el Señor; os lo repito: estad alegres. El Señor está cerca” (Flp 4,4). La vida cristiana no es una vida triste. La vida cristiana tiene motivos para estar siempre alegre. Y el tiempo de adviento nos lo recuerda: el Señor está cerca.

No se trata de una alegría bullanguera, ni de la alegría efímera de quien se pone cualquier elemento externo que le aliena –droga, alcohol, comilonas, etc.– y le deja más hundido que antes. La alegría cristiana brota de dentro y se alimenta de Dios, porque el Señor está cerca. La alegría cristiana es gratuita, es un don de Dios y es para todos. La alegría cristiana, cuando llega al corazón del hombre, lo eleva potenciando su dignidad humana, la dignidad de hijo de Dios. La alegría cristiana produce paz y gozo en al alma.

El mundo que nos rodea no puede darnos esa alegría, porque no la tiene. El mundo en que vivimos vive triste y sin esperanza, porque no tiene a Dios. “Sin esperanza y sin Dios” (Ef 2,12). Carecer de Dios es la más grande desgracia para el hombre de todos los tiempos, y especialmente para el hombre de nuestros días. El hombre de nuestro tiempo vive como encapsulado en un bienestar que se ha prefabricado, pero al no tener a Dios, no tiene alegría ni esperanza. Es un ser triste. Si por cualquier motivo le falta ese bienestar prefabricado, se desespera.

A eso viene la Navidad que estamos preparando. Navidad es Jesucristo, el fruto bendito del vientre virginal de María. Jesús es Dios que se hace hombre. Y él viene a salvarnos. En primer lugar, a salvarnos del pecado, que es la mayor desgracia y ruina del hombre. A salvarnos de la muerte eterna, del infierno al que nos conducen nuestros pecados, encerrándonos en nosotros mismos e incapacitándonos para amar. Jesucristo viene a compartir con nosotros su calidad de hijo, para hacernos a nosotros hijos de Dios y herederos del cielo. Jesucristo ha roto las cadenas de la muerte y nos ha abierto de par en par las puertas del cielo.

Nuestras calles están llenas de luz para la Navidad, pero el hombre de hoy no sabe por qué. Al colocar motivos navideños, se intenta evitar toda referencia a Dios, a la estrella de los Magos, al Niño que nace. Se quiere iluminar el mundo sin Dios, sólo con nuestra luz, que siempre es escasa. Se quiere iluminar el mundo prescindiendo de Dios. El cristiano sabe que “el Verbo era la luz verdadera que ilumina a todo hombre viniendo a este mundo” (Jn 1,9). Dios de Dios, Luz de Luz. La luz de la Navidad no es otra que la que proviene de Jesucristo. Lo demás son fuegos artificiales, que se ponen y se quitan a nuestro antojo, pero que no iluminan el corazón ni alientan la esperanza.

Jesucristo es precisamente esa luz que produce alegría: “¡Oh luz gozosa de la santa gloria del Padre celeste, inmortal, santo y feliz Jesucristo…!” (himno litúrgico antiguo). Es una luz que rompe las tinieblas, y por eso las tinieblas no la quieren. “La luz brilla en la tiniebla y la tiniebla no la recibió” (Jn 1,5). La Navidad es luz, es gozo y es alegría, porque Jesucristo viene a salvarnos. La alegría de la Navidad tiene en Jesucristo su sentido, su fuente y su alimento. Esta alegría son capaces de recibirla los sencillos, los humildes, los pobres.

Los cristianos estamos llamados a ser testigos de esta alegría, a comunicarla, a contagiarla en nuestro entorno. Más todavía en nuestros días, cuando tantas carencias elementales entristecen la vida de muchos. Llevemos una vida “sobria, honrada y piadosa” (Tit 2,11), precisamente porque hemos conocido a Jesús, que viene a salvarnos. Seamos también en esto solidarios con nuestros contemporáneos, dándoles la alegría que hemos recibido de Dios, llevándola al corazón de muchos que carecen de ella.

Con mi afecto y mi bendición:

 

+ Demetrio Fernández, obispo de Córdoba

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