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Opinión

Esposo y esposa, padre y madre – editorial revista Ecclesia

Ya lo habíamos adelantado, lamentablemente, hace cuatro meses (ver ECCLESIA, número 3.630), en esta misma página editorial. Y en la tarde del martes 6 de noviembre, las peores previsiones sobre el fallo del Tribunal Constitucional de España sobre el mal llamado “matrimonio” homosexual se cumplieron. Y lo hicieron además, y a expensas de conocer la sentencia en su totalidad, con un contundente y desolador resultado: ocho magistrados votaron a favor de avalar la constitucionalidad de la vigente ley de julio de 2005 y tan solo tres votaron en contra.

Estamos, pues, ante una sentencia que presta un mal, un pésimo servicio a la legislación y legalidad del Estado español, a la misma Constitución y, por supuesto, al Tribunal Constitucional, que, con fallos – ¡nunca mejor dicho…!- como este -y tristemente los ha habido más a lo largo de su historia- parece más empeñado en adecuar la Constitución a las leyes que las leyes a la Constitución.

Sorprende y desagrada además que para semejante resolución el alto tribunal haya necesitado casi siete años y medio, lentitud solo explicable quizás para dar validez y carta de ciudadanía y legalidad por la vía de los hechos a lo que difícilmente se puede avalar como ajustado a derecho en este sentido más auténtico y propio del concepto Derecho. Asimismo la debilidad de la argumentación esgrimida por el Constitucional -“el legislador ha de ser sensible a los cambios sociales”- sume y lastra esta sentencia y al conjunto del sistema legislativo español en la deriva siempre perniciosa del relativismo y del positivismo jurídicos.

Por otro lado, a la par de la decisión en España que estamos glosando, el Gobierno francés presentaba un proyecto de ley para la transformación del matrimonio, de modo que incluya en él al “matrimonio” homosexual. Y por su parte, en los Estados Unidos de América, en algunos de los referendos celebrados en concomitancia con las elecciones presidenciales, en diversos Estados se ha dado, por primera vez, un resultado favorable a esta misma causa.

La Iglesia no se cree depositaria en exclusiva de la verdad. Pero por fidelidad a su misión, debe recordar, a tiempo y a destiempo, guste o disguste, cuál es, sí, la verdad de la naturaleza del hombre y de mujer y cuál es el designio providente y salvador del Creador. Y desde estos parámetros, amparados y protegidos durante siglos por la ley natural inscrita en el corazón de toda persona más allá de sus creencias o increencias religiosas, el matrimonio es solo y exclusivamente la unión entre un hombre y una mujer. Y hombre y mujer tienen derecho –todo el derecho del mundo- a contraer matrimonio y a ser reconocidos como esposo y esposa. Y los hijos, que fruto de esta unión esponsal entre hombre y mujer nazcan, tienen también el derecho –todo el derecho del mundo- a contar con un padre y con una madre y a ser educados así y por ellos –por su padre y por su madre- y a disponerse, cuando corresponda, a formar un matrimonio y a ser no “cónyuge A” o “cónyuge B” –absurda, ridícula y hasta estúpida denominación-, sino “padre” y “madre”.

La mal llamada ley del “matrimonio” homosexual fue en 2005 y lo sigue siendo ahora, tras el dictamen del Tribunal Constitucional, mala, injusta, negativa y tristemente insólita. El refrendo del alto tribunal podrá amparar su legalidad, pero jamás podrá hacer bueno, justo, ético y moral lo que no lo es. Esto significa –con palabras de la nota del Comité Ejecutivo de la CEE, publicada día y medio después del dictamen el Constitucional (ver página 7)- que “no podemos dejar de afirmar, con dolor, que las leyes vigentes en España no reconocen ni protegen al matrimonio en su especificidad”. Y, “por ello, convencidos de las consecuencias negativas que se derivan para el bien común, alzamos nuestra voz en pro del verdadero matrimonio y de su reconocimiento jurídico”.

Y por todo ello también es “urgente la modificación de la ley con el fin de que sean reconocidos y protegidos los derechos de todos en lo que toca al matrimonio y a la familia”. Y esto no va en contra de nadie. Y no va en contra, por supuesto, de las personas homosexuales. Va a favor de la naturaleza humana, va a favor de la verdad del matrimonio y de la familia y a favor del Derecho y la Justicia.

 

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