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Esperanza vs. optimismo, por Cristina Inogés

Dicen que cuando una persona quiere crear un hábito nuevo en su vida, solo se necesita seguirlo durante veintiún días para fijarlo como costumbre y poder hacerlo sin pensar más en ello. Después del tiempo de confinamiento que hemos vivido —y esperemos que no vuelva— muchas personas están seguras de que tras cien días encerrados, algunos hábitos y decisiones tomadas están ya en nuestro ADN y, por ello, dan por hecho que hemos salido más fuertes y mejores. Frente a este optimismo vano —porque ni más fuertes ni mejores— habría que asumir que la pandemia solo es algo más que ha sucedido precisamente cuando andamos inmersos en un cambio de época y, estos periodos de tiempo, no tienen una duración concreta. Por ello sería interesante ir pasando de ese optimismo hacia un realismo que nos permita ver el escenario tal cual es.

A ser posible aconsejaría ver la situación desde el realismo cristiano porque es el único que permite divisar —tras una forma de sociedad, la nuestra, a la que le da pánico cualquier cambio— la posibilidad de construir un mundo permanente, sólido, y que le da al hombre la peripecia de asumir —gracias a la fe— que tiempo y eternidad, por ejemplo, van perfectamente de la mano porque todo lo que parece imposible es posible.

Más que nunca hay que ajustar la mirada a este gran escenario de teatro que es nuestro mundo y la sociedad en que vivimos porque, como cristianos, debemos proyectar luz en tiempo de tinieblas. Si somos capaces de abstraernos a los cantos de sirena, a las manipulaciones mediáticas, a nuestro ego —tan peligroso siempre— y damos paso al silencio y dejamos que en nuestro interior resuene esa sinfonía celestial que muchas veces escuchamos y a la que no sabemos nombrar, tendremos la posibilidad de atisbar que, tras el catastrófico escenario del mundo hay una realidad que permite ver la posibilidad de que no todo acabe mal. A esta posibilidad en forma de sinfonía celestial interior, la llamamos esperanza. Con el realismo cristiano y la esperanza nuestra mirada es más auténtica, sin embargo, esto no pasa al primer intento. Todos en nuestra vida hemos vivido momentos de desesperanza, de desasosiego, de incertidumbre y de miedo en los que creímos todo perdido porque, tal vez, confundimos esperanza con optimismo.

La diferencia entre el optimismo y la esperanza radica en que el primero —el optimismo— es una carrera de velocidad en la que, desde la salida, hay que correr en modo sprint quemando todas las energías y sin posibilidad de corregir errores ni valorar estrategias; la segunda —la esperanza—, es una carrera de fondo que nos permite variar la velocidad, cambiar de estrategia según el momento y tener la vista puesta en la meta con una velocidad que nos consiente mantener las fuerzas y, como dice san Pablo, llegar a esperar contra toda esperanza.

La esperanza es una de las más grandes alegrías de un cristiano; a ella se llega desde la verdad, con esfuerzo y decisión; y para ello es necesaria una vida, no veintiún días. Realismo cristiano y esperanza van indisolublemente unidos al amor. El amor va a ser lo más difícil de sembrar en un mundo que anda empeñado en mantenerse de forma inflexible sobre cuatro pilares: técnica, economía, seguridad y justicia.

Son términos tan necesarios como peligrosos si se fían solo al optimismo; pueden ser términos sólidos para un necesario cambio si los acompaña la esperanza, el amor y se dejan impregnar de realismo cristiano que van más allá de este mundo.
Así que, ¿optimismo o esperanza? Toca decidir. Feliz verano.

Por Cristina Inogés
Laica, teóloga y escritora

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