Papa Francisco

Escuchar la Palabra, caminar juntos, ir a las periferias: Francisco en Asís a los sacerdotes

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Escuchar la Palabra, caminar juntos, ir a las periferias: Francisco en Asís a los sacerdotes, consagrados y laicos

 Discurso del Papa Francisco al clero, a las personas de vida consagrada y a miembros de Consejos Pastorales en la catedral de San Rufino, de Asís (4-10-2013)

Queridos hermanos y hermanas de la comunidad diocesana: ¡Buenas tardes! ¡Os doy las gracias por vuestra acogida, sacerdotes, religiosos y religiosas, laicos que trabajáis en los consejos pastorales! ¡Qué  necesarios son los Consejos Pastorales! Un obispo no puede guiar a una diócesis sin Consejos Pastorales. Un párroco no puede guiar a una parroquia sin Consejos Pastorales. ¡Esto es fundamental!

¡Nos encontramos en la catedral! Aquí se conserva la pila bautismal en la que San Francisco y Santa Clara fueron bautizados, que en aquella época se hallaba en la iglesia de Santa María. ¡La memoria del bautismo es importante! El bautismo es nuestro nacimiento como hijos de la Madre Iglesia. Quisiera haceros una pregunta: ¿Quiénes de vosotros sabéis que día os bautizaron? ¡Pocos! ¡Pocos! ¡Ahora ya tenéis deberes para hacer en casa! «Mamá, papá: dime, ¿cuándo me bautizaron?». Y es que es importante, porque es el día del nacimiento como hijo de Dios. Un solo Espíritu, un solo bautismo, en la variedad de los carismas y de los ministerios. ¡Qué gran don ser Iglesia, formar parte del Pueblo de Dios! Todos somos el Pueblo de Dios. En la armonía, en la comunión de las diversidades, que es obra del Espíritu Santo, porque el Espíritu Santo es la armonía y crea la armonía: ¡es un don de él, y debemos estar abiertos para recibirlo!

El obispo es custodio de esta armonía. El obispo es custodio de este don de la armonía en la diversidad. Por eso el Papa Benedicto ha querido que la actividad pastoral en las basílicas papales franciscanas se integre en la diocesana. Porque el obispo tiene que crear la armonía: es su tarea, es su deber y su vocación. Y tiene un don especial para crearla. Me alegra que vayáis bien por este camino, en beneficio de todos, colaborando juntos con serenidad, y os animo a continuar. La visita pastoral concluida hace poco y el Sínodo diocesano que estáis a punto de celebrar son momentos fuertes de crecimiento para esta Iglesia, a la que Dios ha bendecido de manera especial. La Iglesia crece, pero no porque haga proselitismo: ¡no, no! La Iglesia no crece por proselitismo. La Iglesia crece por atracción, por la atracción del testimonio que cada uno de nosotros da al Pueblo de Dios.

Ahora, brevemente, quisiera subrayar algunos aspectos de vuestra vida de comunidad. No pretendo deciros cosas nuevas, sino confirmaros en las más importantes, que caracterizan vuestro camino diocesano.

 

1. La primera cosa es escuchar la Palabra de Dios. La Iglesia es esto: la comunidad –lo ha dicho el obispo–, la comunidad que escucha con fe y con amor al Señor que habla. El plan pastoral que estáis viviendo juntos insiste precisamente en esta dimensión fundamental. Es la Palabra de Dios la que suscita la fe, la alimenta, la regenera. Es la Palabra de Dios la que toca los corazones, los convierte a Dios y a su lógica, que tan distinta es de la nuestra; es la Palabra de Dios la que renueva continuamente nuestras comunidades…

Creo que todos podemos mejorar un poco bajo este aspecto: volvernos todos más oyentes de la Palabra de Dios, para ser menos ricos de nuestras palabras y más ricos de sus palabras. Pienso en el sacerdote, que tiene la tarea de predicar. ¿Cómo puede predicar si antes no ha abierto su corazón, no ha escuchado, en silencio, la Palabra de Dios? ¡Fuera esas homilías interminables, aburridas, en las que no se entiende nada! ¡Esto es para vosotros! Pienso en el padre y en la madre, que son los primeros educadores: ¿Cómo pueden educar si su conciencia no está iluminada por la Palabra de Dios, si su forma de pensar y de actuar no está guiada por la Palabra? ¿Qué ejemplo pueden dar a sus hijos? Esto es importante, porque después el padre y la madre se quejan: «¡Este hijo…!». Pero tú, ¿qué testimonio le has dado? ¿Cómo le has hablado? ¿De la Palabra de Dios o de la palabra del telediario? ¡Ya el padre y la madre tienen que hablar de la palabra de Dios! Y pienso en los catequistas, en todos los educadores: si su corazón no está inflamado por la Palabra, ¿cómo pueden inflamar los corazones de los demás, de los niños, de los jóvenes, de los adultos? No basta con leer las Sagradas Escrituras; hay que escuchar a Jesús que habla en ellas: es el mismo Jesús el que habla en las Escrituras, es Jesús el que habla en ellas. ¡Tenemos que ser antenas receptoras, sintonizadas con la Palabra de Dios, para ser antenas transmisoras! Se recibe y se transmite. ¡Es el Espíritu de Dios el que da vida a  las Escrituras, el que las da a entender en profundidad, en su sentido auténtico y pleno! Preguntémonos, como una de las preguntas en preparación del Sínodo: ¿Qué lugar tiene la palabra de Dios en mi vida, en mi vida diaria? ¿Estoy sintonizado con Dios, o con tantas palabras de moda, o conmigo mismo? Una pregunta que cada uno de nosotros tiene que hacerse.

 

2. El segundo aspecto es el del caminar. Es una de las palabras que prefiero, cuando pienso en el cristiano y en la Iglesia. Pero para vosotros tiene un sentido especial: estáis entrando en el Sínodo diocesano, y hacer «sínodo» significa caminar juntos. Creo que esta es, realmente, la experiencia más hermosa que vivimos: ¡formar parte de un pueblo que camina, que camina en la historia, con su Señor, que camina en medio de nosotros! No estamos aislados, no caminamos solos, sino que formamos parte del único rebaño de Cristo, que camina junto.

Aquí, pienso una vez más en vosotros, los curas, y dejad que me meta yo también con vosotros. ¿Hay algo más bonito para nosotros que caminar con nuestro pueblo? ¡Que bonito es! Cuando pienso en aquellos párrocos que conocían el nombre de sus feligreses, que iban a verlos –incluso, como uno me decía: «Conozco el nombre del perro de cada familia»–. ¡Hasta el nombre del perro conocían! ¡Qué bonito era! ¿Hay algo más bonito? Lo repito a menudo: caminar con nuestro pueblo, a veces delante, a veces en medio y a veces detrás; delante, para guiar a la comunidad; en medio, para animarla y sostenerla;  detrás, para mantenerla unida, de manera que nadie se quede demasiado, demasiado rezagado. Para mantenerla unida y también por otra razón: ¡porque el pueblo tiene «olfato»! Tiene olfato para encontrar nuevas sendas para su camino, tiene el «sensus fidei», que dicen los teólogos. ¿Hay algo más bonito que esto? Y en el Sínodo también tiene que figurar lo que el Espíritu Santo dice a los laicos, al Pueblo de Dios, a todos.

Pero lo más importante es caminar juntos, colaborando, ayudándose mutuamente; pedirse perdón, reconocer las propias equivocaciones y pedir perdón, pero también aceptar las disculpas de los demás perdonando: ¡qué importante es esto! A veces pienso en los matrimonios que después de muchos años se separan: «Es que…, no, no nos entendemos, nos hemos alejado». Tal vez no han sabido pedir disculpas a tiempo. Tal vez no han sabido perdonar a tiempo. Y siempre, a los recién casados, les doy este consejo: «Discutid todo lo que queráis. Si los platos salen volando, dejad que vuelen. ¡Pero nunca acabéis el día sin hacer las paces! ¡Nunca!». Y si los matrimonios aprenden a decir: «Perdona, estaba cansado», o incluso a hacer solo un pequeño gesto, esa es la paz, y al día siguiente la vida continúa. Este es un bonito secreto, que evita esas separaciones dolorosas. ¡Cuánto importa caminar unidos, sin huidas hacia delante, sin nostalgias del pasado! Y mientras se camina, se habla, uno conoce al otro, uno le cuenta al otro, se crece en ser familia. Preguntémonos, a este respecto: ¿Cómo caminamos? ¿Cómo camina nuestra realidad diocesana? ¿Camina junta? ¿Y qué hago yo para que camine realmente junta? ¡No quisiera entrar aquí en el tema de los chismorreos, pero sabéis que los chismorreos siempre dividen!

 

3. Por lo tanto: Escuchar, caminar. Y el tercer aspecto es el misionero: anunciar hasta las periferias. Esto también lo he tomado de vosotros, de vuestros proyectos pastorales. El obispo ha hablado recientemente de ello. Pero quiero subrayarlo, también porque es un elemento que he vivido mucho cuando estaba en Buenos Aires: la importancia de salir para ir al encuentro del otro, a las periferias, que son lugares, pero que son, por encima de todo, personas en situaciones de vida especial. Es el caso de la diócesis que tenía yo antes, la de Buenos Aires. Una periferia que me hacía mucho daño era encontrar, en las familias de clase media, a niños que no sabían santiguarse. ¡Esta es una periferia! Y yo os pregunto: ¿Aquí, en esta diócesis, hay niños que no saben santiguarse? Pensad en ello. Estas son auténticas periferias existenciales en las que Dios no está.

En un primer sentido, las periferias de esta diócesis, por ejemplo, son las zonas de la diócesis que corren el peligro de quedarse al margen, fuera de los haces de luz de los focos. Pero son también personas, situaciones humanas marginadas de hecho, despreciadas. Son personas que tal vez se encuentren físicamente próximas al «centro», pero que espiritualmente están alejadas de él.

No tengáis miedo de salir y de ir al encuentro de estas personas, de estas situaciones. No os dejéis paralizar por prejuicios, por costumbres, rigideces mentales o pastorales, por el famoso «¡Siempre se ha hecho así!». Pero solo se puede ir a las periferias si se lleva la Palabra de Dios en el corazón y se camina con la Iglesia, como San Francisco. ¡De lo contrario, nos llevamos a nosotros mismos, no llevamos la palabra de Dios, y esto no es bueno, a nadie le sirve! No somos nosotros los que salvamos al mundo: ¡Es el propio Señor quien lo salva!

Esto es todo, queridos amigos; no os he dado recetas nuevas. No las tengo, y no creáis a quien diga que las tiene: no las hay. Pero he encontrado, en el camino de vuestra diócesis, aspectos hermosos e importantes que hay que fomentar, y quiero confirmaros en ellos. ¡Escuchad la Palabra, caminad juntos en fraternidad, anunciad el Evangelio en las periferias! ¡Que el Señor os bendiga, que la Virgen os proteja y que San Francisco os ayude a todos a vivir la alegría de ser discípulos del Señor! Gracias.

 

(Original italiano procedente del archivo informático de la Santa Sede; traducción de ECCLESIA)

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