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Opinión

Esclava y reina, por José-Román Flecha Andrés, en Diario de León (13-8-2016)

Esclava y reina, por José-Román Flecha Andrés, en Diario de León (13-8-2016)

El día 15 de agosto celebramos la fiesta de la Asunción de María a los Cielos. Un festejo para una humilde esclava que es venerada como una reina.

Por estas fechas, recuerdo siempre un congreso, celebrado hace años en la Universidad Pontificia de Salamanca, cuando se concedió el título de doctor “honoris causa” al arzobispo M. Ramsey. Los anglicanos que lo acompañaban se mostraban muy molestos porque el día 1 de noviembre de 1950 el papa Pío XII había definido este misterio como un dogma de nuestra fe.

Creo que las dificultades y acusaciones de aquellos buenos teólogos procedían de varios flancos.

En primer lugar, y con todo respeto, parecía que concebían el cielo como un lugar situado por encima de las nubes. Un error que también comparten muchos católicos.

Además, les parecía que negábamos la muerte real de María, cuando la definición dogmática evitaba expresamente hablar de ese paso, que los ortodoxos denominan como la “Dormición” y muchos católicos como el “Tránsito” de María.

Por otra parte, les escandalizaba que los católicos pusiéramos a María al mismo nivel que a Jesús, identificando la Asunción con la Ascensión, lo cual es falso.

Y, sobre todo, les molestaba que la Iglesia católica, por su cuenta y sin contar con todos los demás cristianos, se arrogara el derecho de definir un dogma como este.

Ahora recuerdo el temor y la timidez con que tomé la palabra. Fue bueno que Interviniera también en el diálogo monseñor Briva, obispo de Astorga, buen teólogo y presidente de la Comisión Episcopal de Ecumenismo.

Bueno, creo que, al final, nuestros amigos y hermanos anglicanos comprendieron que la Iglesia no crea dogmas, sino que proclama que ese misterio ha pertenecido siempre al depósito de la fe cristiana.

Además, se repitió que hay que revisar las categorías biológicas, temporales y espaciales cuando hablamos de los misterios de la fe. El cielo no es un lugar, sino la metáfora de la misericordia de Dios, de su gloria y de la acogida que reserva en su morada, es decir en su amor, a los justos.

Y, por fin, creo que se aclaró que María, como nosotros, es recibida en el amor y la gloria de Dios, precisamente por haber sido proclamada por el mismo Dios como la “llena de gracia”.

De aquel diálogo quedó claro que entonces y ahora, por una parte y por otra, hace falta una seria catequesis para explicar las posibilidades y los riesgos de un lenguaje. Las palabras tienen su significado y su connotación. Pero la imaginación a veces eclipsa la luz de la verdad.

Pues bien, celebremos con alegría la fiesta de la glorificación de la que se reconocía a sí misma como una simple esclava del Señor. Una esclava recibida como una reina. Así es. Con ella y con todos nosotros es el Señor quien tiene la última palabra.

José-Román Flecha Andrés

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