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Esas pequeñas cosas …

En este momento de mi vida sólo quiero abrazos “apretaos”, de esos que dejan sin aliento. Quiero tardes de domingo bajo la manta, viendo apagarse el sol desde la ventana. Sin prisa.

Quiero meter el dedo en la cazuela y rebañar los restos de bechamel. Untar las narices de mis niñas de harina. O de nata. Y ver cómo se relamen. Un beso robado a traición en la cocina, entre el frigorífico y el horno. Y sonreír al terminar, como quien guarda un secreto mágico que nunca debe ser revelado.

Quiero bigotes de espuma de leche. Y café con aroma a chocolate. Agarrar la taza con las manos escondidas bajo las mangas de un jersey peludo. Soplar.

Quiero oler a ropa recién tendida. Quedarme horas en la terraza aspirando el aroma. Sentir el sol entrar desde los cristales y notar cómo calienta cada pedazo de piel. Y cerrar los ojos para notar mejor el calor.

Quiero calentarme las manos en la taza de té de las sobremesas. Despacio. Beberlo a cucharadas. Sentir cómo va calando según hace su recorrido dentro del cuerpo. Boca. Esófago. Estómago.

Quiero reírme. Enfadarme. Perdonar. Ser perdonada. Volver a empezar. Y volver a reír. Quiero noches de Mario Kart. Y ridículos bailes de la victoria. Quiero piques absurdos, nuestros piques.

Quiero rozar el pie de mi otra mitad bajo las sábanas. Sólo con la punta de mi dedo. Saber que está ahí. Sin más.

Quiero ver felicidad en los ojos de mis hijas. Quiero verlos brillar, pero sin lágrimas que los empañen. Quiero verlas soñar, sentir, vivir. Quiero verlas crecer. Crecer yo con ellas.

Quiero acompasar mi respiración a la suya cada noche, junto a su almohada. Como desde que nacieron. Sentirme reconfortada viendo su tranquilidad. Sintiendo calma después de la tempestad. Y sentirme orgullosa desde el umbral de sus habitaciones, sabiendo que son lo mejor que he podido hacer en la vida.

Quiero escuchar el silencio en el salón, roto únicamente por el segundero del reloj que me traje de la residencia de Salamanca. Tic – tac. Cada noche, cuando todos los demás duermen.

Quiero aprender que la felicidad se construye de estas pequeñas cosas a las que tan pocas veces damos importancia. Porque es la gran lección que deberíamos aprender de esta pandemia: valorar lo que tenemos, por muy pequeño que sea. Porque ese es el motor que nos impulsa para seguir.

Quiero sentir. Simplemente, quiero vivir.

 

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