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¿Eres feliz?: carta de Santiago García Aracil, arzobispo de Mérida-Badajoz

¿Eres feliz?: carta de Santiago García Aracil, arzobispo de Mérida-Badajoz

 ¡Vaya pregunta! Estoy seguro de que, al oírla o leerla, algunos pensarán que se dirige a ellos. Es lógico. Sin embargo, esta pregunta refleja el deseo profundo y permanente de la mayor parte de los humanos. Todo el mundo quiere ser feliz.Por eso, esta pregunta pretende ahora convertirse en una llamada a pensar, con frecuencia y generosidad, en quienes nos rodean. Vi esto muy clara y bellamente expresado en unos escritos dirigidos a los jóvenes. En una de esas tarjetas compuestas para ser coleccionadas, figuraba esta frase: “no te preguntes si eres feliz;pregúntate sí son felices los que viven contigo”. Un gran acierto esté consejo. Si pensáramos y obráramos así, habría más gente feliz en torno nuestro; y nosotros mismos gozaríamos de esa felicidad que es compatible con las más diversas contrariedades.

 

Podemos entender esto si pensamos en la felicidad que causa a una madre ver a su hijo atendido cuidadosamente y tranquilo, aunque para conseguirlo haya tenido que interrumpir su sueño varias veces, o haya tenido que añadir horas de trabajo a su ya dura jornada. Nada más ver feliz a su hijo, durmiendo plácidamente o apuntando una breve mueca parecida a una sonrisa, la madre se olvida de todas las penalidades, y sonríe, en secreto, aunque nadie la vea; y contempla a su hijo llena de felicidad.

En este mundo, en que abunda el dolor y la oscuridad en muchas ocasiones y en muchos aspectos, es necesario el apostolado de la felicidad. De esa felicidad que generalmente no coincidirá con la que la gente imagina y desea; y que suele buscarse en el disfrute de experiencias psicológicas desconocidas, o en una prolongación o repetición de lo que, en otro momento le dejo satisfecho.

Es necesario el apostolado de la auténtica felicidad que anida en el interior, que trasciende lo meramente sensible, lo simplemente material; y que nace de dentro. La auténtica felicidad no depende de aquello que nos llega de afuera. Digo esto, porque la felicidad, como la libertad, dependen del encuentro con la verdad. El engaño, como el error, producen decepción y, a veces, desesperanza. La verdad descubierta y vivida suscita la admiración y el amor; y, con ellos se abre la puerta a la felicidad propia y ajena.

El amor es, en la experiencia de todos, la fuente de la felicidad. Es feliz quien ama de verdad; y es feliz quien se siente amado. Pero es necesario entender que el amor de que se trata aquí y ahora, va más allá del simple afecto, del atractivo personal, de la sensación pasajera de estar pasándolo bien. Sin ser contrario a estos sentimientos, el amor que nos hace felices tiene sus manifestaciones en la experiencia de ser escuchados, de ser comprendidos, de ser tratados con tanto respeto como claridad porque es necesario que nos corrijan o nos adviertan de peligros o defectos.

El amor que siembra o despierta la felicidad verdadera puede manifestarse en pequeños detalles que sorprenden gratamente. Detalles y sorpresas van muy unidas. Los detalles exquisitos, aunque parezcan insignificantes, causan siempre alguna forma de sorpresaque satisface y motiva instantes de felicidad. Las cosas aparentemente pequeñas tienen repercusiones muy positivas y muy grandes en el espíritu sensible que las recibe. El amor infinito de Dios a nosotros, sin prescindir de las más grandes e impactantes manifestaciones como son su encarnación, su pasión y su muerte redentoras, se hace lenguaje perfectamente inteligible en el detalle de un vaso de agua que alguien nos ofrece en su nombre.

Se manifiesta en una sonrisa sincera que llega cargada de ternura; se experimenta en el sol que nos alumbra y que hace posible un proyecto de ocio o de trabajo. La manifestación del amor de Dios, fuente de la verdadera felicidad, no queda lejos, tampoco, de las pequeñas contrariedades que Dios permite.En ellas Dios nos enseña a aceptarlas como venidas de su mano y, por ello integradas en el camino hacia la felicidad.Recibiéndolas con fe y con buen temple demostramos a Dios que también nosotros le queremos. La felicidad encuentra su cumbre en el diálogo de amor sincero y gozado. El diálogo, tanto con Dios como con los seres queridos ha de partir de los momentos buenos y de los difíciles

Pero el amor sincero y gozado, siendo, ala vez, don de Dios y fruto del esfuerzo humano, no brota por causalidad y sin preparación. En el Cantar de los cantares, la Sagrada Escritura nos presenta al Señor llamando a la puerta del alma humana, soportando las inclemencias del tiempo, y sufriendo el cansancio en  los pies a causa del camino recorrido para lograr el encuentro con el alma a la que ama. A esa búsqueda amorosa es necesario corresponder a tiempo, no vaya a ocurrir que el amado se marche decepcionado y ya no esté cuando le abramos. La respuesta al amor no admite precipitaciones, pero tampoco innecesarias demoras.

Las condiciones para procurar la felicidad de los otros, que es fuente de nuestra más pura y sólida felicidad, comienza con el interés por el “otro”: por Dios y por el prójimo. Seguir con la atención callada los gestos amorosos de Dios y del prójimo, es actitud que nos permite valorar la grandeza de un obsequio sencillo, en apariencia insignificante en sí mismo, pero manifiestamente portador de un mensaje de amor que promete bienquerencia aún a costa de sacrificios.

Entre las condiciones para procurar la felicidad del “otro” y alcanzar la propia, no puede faltar la paciencia. Es muy posible que, sin querer o sin medir las consecuencias, la persona a la que nos dirigimos responda con el silencio, con una aparente displicencia, o con un gesto que significa desinterés por corresponder a lo recibido. La paciencia viene exigida por la seguridad de que el amor vence al desamor, y de que el amor limpio, al estilo del de Dios, no se ejerce a cambio de nada, sino por la dignidad de quienes han de recibirlo. No obstante, es humano sentir disgusto si no se recibe la respuesta adecuada al amor manifestado.

No sería justo que esta reflexión terminara olvidando o desconsiderando la dificultad que indudablemente entraña, para seguir amando y procurando la felicidad ajena, la falta de correspondencia por parte del prójimo en el que volcamos el amor, la caridad. Pero, para no cejar en el empeño amoroso que n os dignifica, siempre debemos tener presente que los disgustos a causa de amar y de no ser correspondido, son sacrificio que debemos convertir en ofrenda a Dios. Él es quien mueve los corazones, suscita el amor, ayuda con su gracia para que lo vivamos, y concita todas las aparentes casualidades para que el amor llegue a ser el amor que cada uno de los otros pueda necesitar y esperar de nosotros.

Si no son felices los que se relacionan con nosotros, su triste situación nos ofrece todo un programa apasionante en cuyo cumplimiento nos beneficiamos; en él curtimos el espíritu y crecemos en generosidad y en esperanza. Al final llega la felicidad.

Los detalles inesperados, que muchas veces llegan a sorprender, como la celebración inesperada de la Navidad hoy con los peregrinos, puede hacer pensar en un amor desinteresado, como el que descubrimos en Jesucristo al visitar los lugares que nos los recuerdan. Y esos gestos de amor desinteresado ayudan a ser felices tanto al prójimo como a nosotros.

 

                              + Santiago García Aracil

                              Arzobispo de Mérida-Badajoz

 



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