Iglesia en España

Entrevista el cardenal Blázquez: «La fraternidad y la sinodalidad intensifican el diálogo»

El aplauso de sus hermanos en el episcopado fue largo. Sonaba a agradecimiento por su entrega generosa a la Conferencia Episcopal. Deja la presidencia después de tres mandatos caracterizados por la prudencia, el equilibrio y la búsqueda del bien común. El cardenal Ricardo Blázquez, arzobispo de Valladolid, es un hombre bueno, de esos que dejan huella y de quien podemos decir: Un hombre de Dios.

—Es tiempo de volver la vista atrás, de mirar el paso del tiempo y de agradecer… ¿Por dónde empezaría a dar gracias?
—Ante todo y sobre todo, a Dios, que en medio de todo conduce mi vida, entre luces y sombras, gozos y tristezas, esperanzas y frustraciones. Y además conduce mi vida en relación con otros: obispos, presbíteros, religiosos, laicos. Hay cuatro palabras que se unen en mi vida constantemente los últimos años: memoria y gratitud, misión y esperanza. Agradezco a los hermanos obispos porque han depositado en mí su confianza reiteradamente: primero en Doctrina de la Fe, durante tres mandatos; en Ecumenismo; como presidente (3) y como vicepresidente (2). En este momento, en mí se impone el agradecimiento.

—Don Ricardo, usted fue presidente de la CEE en dos etapas. ¿Qué destacaría de la primera?
—Resalto el primer encuentro con el presidente del Gobierno Rodríguez Zapatero, en Moncloa. En aquel momento, después de los saludos respetuosos y correctos, me dijo dos cosas: por una parte, su queja contra la COPE sobre la cual hablamos un poco, y después me dijo: Nosotros, como gobierno, sustentados por el PSOE, no tenemos problemas para elevar el coeficiente de la Asignación Tributaria. Iniciamos esta acción.

—¿Y después que pasó?
—Se empezó a tratar entre la vicepresidenta Mª Teresa Fernández de la Vega, en nombre del Gobierno, y el vicepresidente de la CEE, monseñor Antonio Cañizares, según la praxis de la CEE en las relaciones con los gobiernos. El resultado fue que se elevó el coeficiente de 0,52 a 0,70, siempre en comunicación con el vicesecretario para Asuntos Económicos. Así, desde entonces, a los contribuyentes se les ofrecen cuatro posibilidades: No asignar, asignar a favor de la Iglesia católica, asignar a favor de fines de carácter social o asignar a las dos la misma cantidad.
A nosotros nos satisfizo esta ampliación, ya que con la alternativa anterior se podía asignar a favor de la Iglesia católica o de otros fines de carácter social. Pero esa alternativa podía degenerar en una expresión incómoda: «asignar a favor de los curas o de los pobres». Y nosotros también queremos asignar a favor de otros fines de carácter social. Cuando se llegó a estos términos del acuerdo intervino también la Nunciatura apostólica porque el acuerdo no era solo entre el Gobierno y la CEE, sino entre el Estado español y la Santa Sede.

—¿Y con qué se queda de los dos mandatos últimos?
—Sobre todo con el hecho siguiente: la situación del Gobierno español estaba especialmente marcada por la debilidad e incertidumbre. Y por parte de la Iglesia católica, recordemos que el Papa Francisco comenzó su ministerio de Obispo de Roma y Sucesor de Pedro con numerosas convocatorias eclesiales, fue elegido el 13 de marzo de 2013, y comenzó solemnemente el ministerio el día 19.
Mi postura y mis convicciones como presidente de la CEE han sido de quien «modera» la CEE, pero no tiene autoridad sobre los obispos. Esta determinación de los estatutos orienta sobre todo al diálogo, que es inherente a la sinodalidad y particularmente a la comunión entre los obispos. Mi parecer se ha expresado particularmente en los discursos de la apertura de Asambleas Plenarias de la CEE.

—En esos mensajes ha ido destacando cuestiones intraeclesiales, otras de la sociedad; unas hacia el Gobierno y la política…
—Sí, y con la convicción obvia de que la Iglesia no es un partido político ni tiene un partido político. En relación con la sociedad y el Gobierno los temas que he ido tratando, siempre con respeto, libertad y eclesialidad, estaban en sintonía con la situación. Por ejemplo, la educación. Hemos constituido con la presidencia de la CEE y la Comisión Episcopal de Educación una mesa sobre Educación con la participación del presidente y director del Secretariado de la Comisión de Enseñanza, Escuelas Católicas, representantes de profesores cristianos, familias, diócesis, etc… Esta comisión se ha reunido frecuentemente. Todos somos corresponsables de todos los aspectos de la educación desde un punto de vista humano, cristiano y eclesial.

—¿Qué otros temas destaca de los discursos?
—Varios. El diálogo interpersonal, social y político; el tema ecuménico e interreligioso; la necesidad de renovar las actitudes de la Transición; la Declaración Unilateral de Independencia en Cataluña; la crisis dura económico-social y la colaboración de la Iglesia a través de Cáritas y otras instituciones; el matrimonio y la familia entre la inquietud y la ayuda humana y cristiana; el aborto y la eutanasia; el abuso de menores…

—Es que han sido muchos años y hemos vivido diferentes acontecimientos. Por ejemplo, nuestra sociedad ha sufrido una crisis profunda de valores, una crisis económica que todavía afecta a muchas familias de nuestro país…
¿cómo ha visto a la Iglesia ante estas situaciones que desbordan?
—Vivimos entre la esperanza y la incertidumbre. La Iglesia ha vivido estas situaciones desde dentro. Y en las familias, en las parroquias ha tenido lugar una solidaridad admirable. Además, nosotros publicamos un documento sobre la Iglesia y los pobres con la rica experiencia, reflexión y acciones de Cáritas. Son muchos temas. El matrimonio, la familia, la violencia machista y familiar, las reivindicaciones de la mujer, el desempleo sobre todo entre los jóvenes…

—Ahora, el movimiento de personas aumenta cada día y eso configura nuestras parroquias donde la diversidad es mucho mayor. Al cambiar la sociedad española cambia también la Iglesia española… Imagino que en estos años ha visto usted el cambio muy de cerca…
—Estamos en un cambio de época, y en los últimos años los cambios se han acelerado y son más profundos. Obviamente, los cambios en la Iglesia y en el mundo se interaccionan. Podemos observar las transformaciones acontecidas en el matrimonio y en la familia desde hace pocos años a esta parte; o en el campo de las comunicaciones. La Iglesia, es decir, los cristianos, vamos haciendo un discernimiento de estos cambios; podemos observar cómo hay cambios «secundum Evangelium», otros «contra Evangelium» y otros, por fin «praeter Evangelium»; es decir, unos cambios son coherentes con el Evangelio, otros se mueven en sentido opuesto y otros son indiferentes. Si no queremos entrar en una especie de «mareo», necesitamos escrutar a fondo y con los diversos carismas en la Iglesia las transformaciones en las que estamos inmersos, en parte como agentes y en parte como víctimas.

—Por otra parte, aunque ahora nos encontramos parroquias con una gran diversidad de personas… a la vez, experimentamos cómo avanza el vaciamiento de tantos lugares… Una diócesis como la suya también los vive. ¿Qué nos podría decir?
—Las parroquias son, desde el punto de vista sociológico, reflejo de la sociedad. En ellas incide profundamente la movilidad social, con el consiguiente vaciamiento de muchas parroquias y la aglomeración en algunas. En Castilla y León hay parroquias que han pasado en algunos decenios de una vida intensa por el número y de gran vitalidad cristiana a ser parroquias reducidas a lo elemental. Así, en estas condiciones los servicios parroquiales son difíciles. Las diócesis, desde hace años, vivimos y buscamos las formas adecuadas para los servicios pastorales, convencidos de que los cambios aún no han llegado a su término.

—En los últimos años la CEE ha cambiado también el Plan de Formación de los seminaristas. ¿Cómo acompañar a los jóvenes de hoy que quieren ser sacerdotes y que viven en una sociedad tan individualista, consumista… inmersa en las redes sociales…?
—Podemos afirmar en la actualidad que en nuestras latitudes una vocación al ministerio sacerdotal es casi un «milagro». Ciertamente es un regalo de Dios, que agradecemos y deseamos cuidar y ayudar a su maduración, con esmero. Yo invitaría a que demos gracias a Dios por el don de las vocaciones y a que felicitemos a los llamados. No es bueno quejarnos por el escaso número y no dar gracias por las vocaciones recibidas. No pasemos el tiempo lamentando las ausencias y sin bendecir las presencias. El Plan de Formación que estrenamos ahora es un instrumento precioso para el trabajo de discernimiento y consolidación vocacionales. Es un Plan estupendo que sin duda ayudará eficazmente.

—En el año 2016 la CEE cumplió sus 50 años de vida. Este año se cambia la estructura para adecuarla a la nueva realidad. ¿Podría imaginar cómo será la CEE dentro de otros 50 años?
—Efectivamente en la celebración de los 50 años de la CEE dirigimos la mirada hacia atrás para dar gracias y revisar su íter, y hacia el futuro para introducir los cambios oportunos. A este doble movimiento responde la reforma de los estatutos. ¿Cómo será en el futuro? El futuro, en alguna medida, es prolongación del presente y siempre alberga novedades insospechadas. A mí me parece que hay un conjunto de actitudes que irán generando las realizaciones coherentes, como son el ejercicio de la fraternidad y sinodalidad episcopales que intensificarán el diálogo y la búsqueda conjunta de las respuestas pastorales. También irán asumiendo responsabilidades dentro de la comunión eclesial, promovida por el Papa; y deberá ayudar mas eficazmente a las diócesis, muchas de las cuales disponen de recursos muy limitados en todos los órdenes.

—Como presidente ha vivido con tres Papas: Juan Pablo II, Benedicto XVI y Francisco. ¿Qué huella deja cada uno según su experiencia?
—Sí, con tras Papas he desarrollado el ministerio episcopal desde el año 1988, aunque yo conocí a Pío XII, que murió cuando estaba en el seminario menor de Ávila. Su voz la escuché por primera vez a través de la radio con la Declaración de la Asunción de la Virgen María a los cielos. Con los tres Papas, por los que me pregunta, he estado en profunda comunión, y además, el trato personal ha introducido en la comunión episcopal diferentes aspectos de cercanía y afecto.

—Tímido, políglota e inteligente. Así le definió un medio de comunicación cuando fue elegido por primera vez presidente. Otros le vemos como un hombre de Dios que entrega su vida con humildad, que escucha y que busca el diálogo con mucha serenidad. ¿Se ve reflejado? ¿Quién es don Ricardo?
—Bueno, no es salirme por la tangente si digo que solo Dios me conoce a fondo, ya que solo Él ve el corazón; y los demás vemos las apariencias. Las personas que me conocen bien, no cualquier impresión de paso, saben más o menos cómo soy. Seguramente que la trayectoria vital da pie para conocer a una persona y cada uno subrayará más un aspecto y otro. Y tienen derecho a pensarlo y a decirlo.

Entrevista Ricardo Blázquez
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