Internacional

Entrevista al rector del Seminario Mayor de Loja (Ecuador)

Esta reflexión se comprende en el marco del inminente Sínodo de los Obispos, sobre Los jóvenes, le fe y el discernimiento, que se celebrará del 3 al 28 de octubre en el Vaticano, y tras los últimos acontecimientos en el seno de la Iglesia (la renuncia de todos los obispos de Chile, la suspensión de cardenal y de todas las funciones del ex Cardenal McCarrick por parte del Santo Padre, y la dimisión del estado clerical de Karadima o la publicación del informe sobre abusos sexuales en Pennsylvania).

El sacerdote Jaime Oswaldo Castillo Villacrés nació el 17 de septiembre de 1973. De sus 20 años de sacerdocio, ha dedicado una buena parte a la formación de los jóvenes (pastoral juvenil y vocacional), ha colaborado como formador y profesor de teología dogmática en dos Seminarios por el espacio de 7 años, en el Seminario Reina del Cisne de Loja, y en el Jesús Buen Pastor de Riobamba, en Ecuador, respectivamente.

El P. Castillo inicia ahora su segundo año de Rector en el Seminario Mayor Reina de El Cisne de Loja, y admite tener junto a la comunidad formativa el “desafío” de renovar el “Proyecto Formativo” que ofrece la nueva Ratio Fundamentalis Institutionis sacerdotalis.

Ofrecemos la entrevista del P. Jaime Castillo Villacrés, en exclusiva a ZENIT:

***

ZENIT: ¿Qué requisitos humanos, espirituales e intelectuales necesita tener un candidato al sacerdocio?

P. Jaime Castillo: El sacerdocio, don que Dios pone en el corazón de algunos hombres, exige al que siente esta llamada divina una respuesta muy generosa. El candidato al sacerdocio en el proceso educativo, progresivamente asume los rasgos esenciales de Jesús, Buen Pastor: cuida, alimenta y corrige al rebaño (Jr 3,15). Desde este reto vocacional los requisitos humanos, espirituales e intelectuales son condiciones indispensables e inseparables. Se necesita madurez humana que conlleva una adecuada salud física y psíquica. Un joven cuando ingresa al seminario lleva consigo su mundo vital que ha ido experimentando en el ambiente familiar y socio-cultural. Recuerdo a mi primer formador que me decía: “el candidato al sacerdocio no cae del cielo”. Tenía mucha razón. Habíamos llegado con una diversidad cultural religiosa y espiritual. Hoy ingresan a nuestros procesos de discernimiento vocacional aquellos jóvenes que Dios le permite responder. Los adultos: padres de familia, profesores, educadores y formadores, deberíamos tener la suficiente creatividad y docilidad para comprender los nuevos paradigmas culturales de los jóvenes.

ZENIT: ¿Cree usted que es adecuado darle más importancia a las capacidades intelectuales que al equilibrio emocional?

P. Jaime Castillo: Las nuevas directrices para la formación sacerdotal que están armónicamente bien orientadas en la Nueva Ratio Fundamentalis, nos permiten comprender que la formación al ministerio ordenado está caracterizada por la gradualidad y integralidad. Es decir, los procesos educativos en el Seminario cuidan de la totalidad de la persona en sus distintas dimensiones: humana, espiritual, intelectual y pastoral. Es muy necesario constituir una personalidad estable para cultivar cualidades idóneas en los jóvenes que permita asumir el don de la vocación al presbiterado (RF, 94), porque “la carencia de una personalidad bien estructurada y equilibrada se constituye en un serio y objetivo impedimento para la continuidad de la formación para el sacerdocio” ( RF, 63).

Desde que el Papa Francisco propuso a toda la Iglesia, mediante la Evangelii Gaudium, la categoría del discipulado fruto de la reflexión en Aparecida, nos damos cuenta que lo más importante en la vocación sacerdotal es el camino discipular. El seminarista debe emprender un camino discipular que se prolonga para toda la vida. En este camino, el cultivo de la inteligencia es también necesario. Creo que una mente bien cultivada posibilita abrir nuevos horizontes para un compromiso humanizador en la Iglesia. En el futuro sacerdote hay que posibilitar un encuentro fecundo entre los valores humanos y la preparación intelectual para que sea un interlocutor válido en un mundo plural y heterodoxo. Ahora mismo se me viene a la mente una aleccionadora y sugerente una frase de sor Andrea Tacchi, al referirse al Papa Francisco, que clarifica mucho mejor esta inquietud:

“En Francisco se conjuga admirablemente la inteligencia de un jesuita y la humildad de un franciscano. Si solo sós inteligente podés ser soberbio; y si además eres humilde, ¡arrasás!”

ZENIT: ¿Qué consecuencias puede traer en el candidato mismo?  ¿Y en las personas a las cuales el se dedicará?

P. Jaime Castillo: Bueno, si no hay equilibrio emocional y lo mínimo necesario para relacionarse con normalidad con las personas, las consecuencias son muy graves. Dígase de paso: el sacerdote en un hombre de relación. Por tanto, sin madurez humana el sujeto experimenta un repliegue en sí mismo en detrimento de la comunidad. La iglesia tiene el derecho a exigir que sus ministros estén en la capacidad de servir evangélicamente a la comunidad cristiana y esto comporta una probada madurez humana. Recordemos que la fe puede crecer, madurar y dar frutos en un ser humano integrado y no dividido, en un corazón unificado por la causa del Reino y su Justica.

ZENIT: El Papa Francisco exhortó recientemente a un grupo de obispos en el Vaticano a dar prioridad al discernimiento vocacional “para ayudar a los jóvenes a reconocer la voz de Dios entre las muchas que retumban en los oídos y en el corazón”. ¿Cómo debe guiar en el camino del discernimiento un rector o director espiritual al joven que se siente llamado al sacerdocio?

P. Jaime Castillo: Es muy valiosa esta pregunta porque me lleva a conversar sobre la importancia del Equipo formador. Como es conocido, el Obispo es el primer responsable de la formación sacerdotal. Pero el Obispo delega al Rector y a los formadores una responsabilidad en el marco de la subsidiaridad. Los formadores, discípulos del Señor, son presencia del Padre y Pastor (Obispo) en el Seminario porque han recibido su confianza para encausar los procesos de discernimiento ayudados por la luz del Espíritu Santo. Para esta finalidad es prioritario asumir la experiencia de la mediación eclesial. A qué me refiero. En la Iglesia no se camina solos. Necesito un compañero de camino. Nuestro caminar es sinodal. Necesito mediaciones humanas. A fin de cuentas el llamado al sacerdocio se hizo palpable por medio de hermanos y hermanas en un particular contexto comunitario. Como decía Benedicto XVI: “quien cree nunca está solo”. El que habla de una manera irremplazable es el Espíritu en la conciencia de cada uno, en ese sentido Dios inspira lo que debemos hacer y decidir. Sin embargo, este mismo Dios se sirve y necesita de instrumentos humanos que acompañen el camino de decisiones por medio de contrastes a las aspiraciones, frecuentemente muy subjetivas de las personas.

Teniendo presente lo que hemos dicho, la voz del director espiritual y del rector (en sus distintas competencias y niveles de comunicación) resulta más que necesaria. La voz del director espiritual está para comprender mediante la misericordia la respuesta vocacional del seminarista; contrastar los posibles subjetivismos del candidato, revisar el plan de vida (historia personal, avances o retrocesos en las distintas etapas del seminarista); verificar la autenticidad de la llamada (diálogos personales y encuentros quincenales). Asimismo, el rector tiene la delicada misión de cuidar y favorecer un sano ambiente para la formación. Debe saber hacer cuestionamientos y preguntas oportunas para ir verificando la respuesta consciente del candidato al sacerdocio. Debe, igualmente, de manera periódica validar la continuidad del proceso en la formación de cada seminarista, ayudado por el consejo de los padres formadores y los especialistas en ciencias humanas, especialmente de la psicología clínica.

ZENIT: ¿Qué determina las diferencias entre un seminario diocesano y otro de alguna orden o movimiento (por ejemplo los seminarios misioneros del Camino Neo Catecumenal o los seminarios de Schoenstatt) en cuanto a normas y periodos de formación?

P. Jaime Castillo: Cada comunidad religiosa, diócesis o jurisdicción eclesiástica obedece a una historia muy particular que debe conocerse para evitar prejuicios y acercamientos anacrónicos. Hay Diócesis que tienen buenos equipos de formación y adecuados espacios físicos para plantear un proyecto educativo en los Seminarios, y sebe promover esta fortaleza. Existen otras que han experimentado una fuerte disminución de vocaciones pero no se detienen en promover este espacio legítimo de ministerio en la Iglesia. Y esta necesidad les lleva a buscar otros lugares para formar a su presbiterio. Sobre esto debo hacer algunas precisiones:

  1. Si un Obispo decide confiar a un Centro de estudios Eclesiásticos, Seminario o Movimiento la formación de sus seminaristas, será porque en su diócesis no puede garantizar la formación sacerdotal. Ya existen valiosas experiencias de Seminarios Nacionales e Inter-diocesanos (Regionales), como fruto de la comunión y comunicación de bienes en las Conferencias Episcopales. Pero si es prudente que la diócesis de origen platee un serio acompañamiento vocacional para que los seminaristas permanezcan arraigados a la realidad cultural y religiosa donde ejercerán el futuro ministerio pastoral.
  2. Si se diera el caso que un Obispo confía la formación de alguna parte de sus seminaristas o la totalidad de ellos a un Movimiento apostólico, la responsabilidad en términos de comunión eclesial es de mayor compromiso para éste último. Explico. La espiritualidad del sacerdote diocesano deriva de su ministerio, está llamado a configurarse con Jesús Buen Pastor y a ser servidor de todo el pueblo santo de Dios. Tiene el desafío de ser hombre de comunión que acoge y estar al servicio de todos. La comunidad o Movimiento encargado de la formación deberá ser capaz de relativizar su carisma en función de la comunión eclesial. Y le sería de mucha ayuda cuidarse de aquellas dicotomías conceptuales: ¿Iglesia jerárquica, carismática, laical? Digámoslo con mucha fuerza: La Iglesia es ministerial. Hay una dinámica ministerial donde la Iglesia, comunidad de comunidades, es la casa grande donde encontramos todos nuestro espacio.
  3. Es particularmente interesante el aporte de la Ratio Fundamentalis, allí se establece normas, reglamentos, etapas, procesos y tiempos para todo el  proceso de formación sacerdotal. Recomiendo leerla, meditar y estudiarla porque allí está un nuevo paradigma para el sacerdote de nuestro tiempo. Y también la Ratio Fundamentalis de cada nación, como fruto de los acuerdos de la Conferencia Episcopal que permite acoger la propuesta universal y asumir la realidad propia en el campo formativo.

ZENIT: En la nueva Ratio Fundamentalis Institutionis Sacerdotalis, emitida en 2016 por la Congregación para el Clero, se dice con toda claridad: “En relación a las personas con tendencias homosexuales que se acercan a los Seminarios, o que descubren durante la formación esta situación, en coherencia con el Magisterio, la Iglesia, respetando profundamente a las personas en cuestión, no puede admitir al Seminario y a las Órdenes Sagradas a quienes practican la homosexualidad, presentan tendencias homosexuales profundamente arraigadas o sostienen la así llamada cultura gay”. Por lo tanto, ¿si se detecta que un seminarista es homosexual, se debe proceder a expulsarlo del Seminario?

P. Jaime Castillo: La misión del Seminario es ayudar a encontrar, dentro de lo posible, la vocación de cada uno de los jóvenes seminaristas; y especialmente confirmar la opción consciente por el compromiso en el ministerio al presbiterado. En más de una ocasión he tenido la oportunidad de ayudar a reorientar la opción vocacional de algún candidato al sacerdocio mientras persistían otras intenciones no concordes con la misión específica que la Iglesia le confiaría. En el caso de homosexualidad así como nos plantea actualmente la Iglesia, resulta incompatible, por la idoneidad, con el ministerio sacerdotal. Si se lo admite al sacerdocio tarde o temprano se vislumbraría la verdad de su vida en su conducta sexual. Lo mismo recomendaría para un seminarista heterosexual (separación del Seminario) que no logra  comprender y asumir el don de la castidad y el celibato. Además, aprovecharía para hacerle comprender que “sería gravemente deshonesto que el candidato ocultara la propia homosexualidad para acceder, a pesar de todo a la Ordenación.  Esta disposición falta de rectitud y no corresponde al espíritu de verdad, de lealtad y de disponibilidad que debe caracterizar la personalidad de quien cree que ha sido llamado a servir a Cristo y a su Iglesia en el ministerio sacerdotal” (Cf. Instrucción de la Congregación para la Educación Católica, sobre los criterios de discernimiento vocacional en relación con las personas de tendencias homosexuales antes de su admisión al Seminario y a las Órdenes Sagradas, n. 3).

ZENIT: ¿Cuál podría ser el lugar adecuado en la Iglesia Católica para un ex seminarista homosexual?

P. Jaime Castillo: Me llama mucho la atención e intento cada día vivir una preciosa intuición de Santa Eufrasia, ella decía: “Una vida vale más que el mundo entero”. La Iglesia católica es madre, maestra, pero especialmente discípula del Señor y como tal, dentro de lo posible, debe buscar el bien de las personas. La Iglesia es la casa de todos. La Iglesia, al separar del proceso de discernimiento vocacional a un seminarista homosexual o heterosexual, no lo excluye de la comunión eclesial, sino que le ayuda a plantearse con responsabilidad su situación vocacional. El lugar adecuado que le corresponde es como el de todos: ponerse en el camino discipular de Jesús y seguirle para acoger la novedad de su Palabra y las evidentes exigencias de su amor.

ZENIT: ¿Qué medidas debe aplicar un obispo o superior sobre un sacerdote si se descubre que es homosexual? ¿Es conveniente suspenderlo del sacerdocio?

P. Jaime Castillo: A este respecto, un Obispo o superior que acompaña a sus seminaristas, dentro de sus posibilidades, después de los escrutinios efectuados por los formadores en el Seminario y las proclamas ante el pueblo fiel, tiene certeza moral sobre la idoneidad del candidato para conferir el sacramento del orden. Sin embargo, en este camino de amor y de riesgo se puede encontrar también con esta realidad humana.

Creo que se debería evaluar bien la situación del sacerdote, provocar una efectiva sinceridad sobre su vida personal, valorar el grado de incidencia de su comportamiento no solo en la comunidad, sino en el presbiterio y en su percepción de conciencia individual. Si el comportamiento del sacerdote es escandaloso y pone en peligro los valores morales de la comunidad cristiana convendría llamarle seriamente la atención, ofrecerle un acompañamiento espiritual y valorar en el tiempo su comportamiento; sin descuidar una valoración y acompañamiento psicológico.

En caso de reincidencia donde es notoria la incapacidad de vivir sus promesas sacerdotales, como discípulo de Cristo, sería recomendable que replantee responsablemente su opción vocacional, como en el caso de un sacerdote heterosexual cuando es consciente de sus carencias e incoherencias en su vida de entrega a Dios. Se le debería invitar a optar por un camino de conversión y purificación, de profunda confianza en Dios teniendo como gran valor la castidad.

ZENIT: ¿Ve factible la posibilidad de que algún día llegue a admitirse en la Iglesia Católica la opción del matrimonio para los sacerdotes? A pesar de que se mantenga la opción del celibato, y además de los casos excepcionales ya existentes con los sacerdotes de rito oriental (Iglesia greco-católica de Ucrania, coptos egipcios y maronitas libaneses), viudos, y los sacerdotes que se integran a la Iglesia Católica procedentes de la confesión anglicana o episcopaliana.

P. Jaime Castillo: En este argumento hay que proceder siempre con la prudencia del sentire cum elcesiae. Hoy la Iglesia pide el celibato sacerdotal porque sabe que es un don de Dios, y un bien para la fecundidad pastoral. Soy consciente de que conmigo no nace la Iglesia, sino que soy parte de Ella. Me encuentro dentro de una gran cadena de testigos de la fe. He recibido gracias a la Iglesia el don de la fe y el sacerdocio en esta etapa de la historia bendecida y amada por Dios. En mis 20 años de sacerdocio he logrado valorar la sabiduría de la Iglesia al pedirme vivir la consagración a Dios en una dinámica celibataria. Es un don y una tarea. Todos los días le pido al Señor: “Concédeme la gracia del celibato”. Es una gracia del Señor para renovar cada día el “Sí” que compromete toda mi existencia. La vocación sacerdotal es un llamado que contempla la totalidad, las respuestas parcialidades aniquilan la fuerza renovadora del amor. Y los momentos de mis incoherencias y actitudes anti-vocacionales me han ayudado a comprender que Dios habita en todo lo auténticamente humano. El celibato es un don de Dios para su Iglesia y tenemos que promoverlo y amarlo; nos da una libertad interior que permite servir a todos sin excluir a nadie.

Sobre la posibilidad de que en algún momento la Iglesia opte por el matrimonio de los sacerdotes, recomiendo no dar espacio a pronósticos panfletarios sino dejar espacio al camino del Espíritu en su historia de salvación. Si se dará este paso será una opción que la Iglesia discernirá y será sin duda sugerida por el Espíritu Santo, porque Él actúa en la historia y siempre a favor del ser humano.  Recordemos que la Iglesia como instrumento de salvación para todo el género humano es “auditora” de la voz del Espíritu, Él mismo la llevará a la verdad plena. (Jn 16,13).

ZENIT: En los próximos día se celebrará el Sínodo de los Obispos sobre Los jóvenes, la fe y el discernimiento vocacional. Desde su experiencia, ¿qué retos tienen los pastores del siglo XXI en el acompañamiento a los jóvenes, en concreto, a los seminaristas?

P. Jaime Castillo: Retos para pastores y fieles del único pueblo de Dios:

  • Buscar en nuestros espacios pastorales creatividad para escuchar con parresía y sin tapujos a los jóvenes. El Evangelio ilumina y transforma la realidad cultural de nuestros jóvenes.
  • Acoger el estilo del Sucesor de Pedro, Papa Bergoglio que quiere construir una Iglesia sinodal. Apoyar el proceso de reforma de la Iglesia que consiste fundamentalmente en la conversión al Evangelio.
  • Los discípulos de Jesús del siglo XXI debemos vivir en fraternidad, misericordia y en permanente escucha del Evangelio.
  • Los pastores debemos rechazar todo tipo de clericalismo que favorece una mentalidad anti-evangélica que se declina en todo abuso de poder, de conciencia y abusos sexuales.
  • Descubrir que hay mucho bien, verdad y belleza que acontece en el corazón de las personas.
  • De la santidad del discípulo sacerdote también dependerá la renovación de toda la Iglesia.
  • Aprender de María, Madre de la Iglesia la docilidad al Espíritu y de su divina maternidad la audacia de su ternura.

Rosa Die Alcolea
(ZENIT – 2 oct. 2018).-

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