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Entrevista al obispo de Fukuoka, Josep Maria Abella: «La cercanía y el acompañamiento dan credibilidad a nuestro anuncio»

El domingo 17 de mayo tomó posesión de su nueva diócesis, Fukuoka, el que probablemente sea el primer obispo español en Japón: el claretiano catalán Josep Maria Abella Batlle. En el siglo XX, la prefectura apóstolica de Shikoku tuvo al frente a tres religiosos dominicos de nuestro país —José Álvarez (1904-1931), Tomás de la Hoz (1932-1935) y Modesto Pérez (1935-1940)— pero entonces no estaba constituida aún la diócesis de Takamatsu, de la que hoy forma parte.
A causa del COVID-19, la de monseñor Abella (Lleida, 1949) no ha sido una toma de posesión al uso, sino una ceremonia privada, al estilo de las celebraciones del Papa Francisco en la basílica de San Pedro en Semana Santa. Han participado en ella, y con todas las precauciones que requiere la actual situación, solo algunos sacerdotes y unos pocos fieles en representación de todos los de la diócesis. ECCLESIA ha conversado con él.

—Monseñor, seguro que no imaginaba una toma de posesión como la que ha tenido…
—No, ciertamente. Más adelante, cuando hayamos superado la emergencia del COVID-19 y podamos volver a reunirnos con normalidad, tendremos una celebración de acción de gracias en la que invitaremos a todos. No se puede decir cuándo: si en julio, septiembre, octubre…, cuando se pueda.

—¿Cómo están viviendo ustedes allí la pandemia?
—Como en el resto de países del mundo: con suma preocupación. Ha habido más de 15.000 afectados por el virus y casi 700 muertes. Puede parecer poco para un país con 126 millones de habitantes, pero siempre es demasiado. La mayoría de los casos se concentran en Tokyo, la capital. (…)

—Es este un tiempo de prueba. ¿Cómo afrontan la situación desde el punto de vista de la fe?
—Asumiendo el mandato de la caridad que se traduce en gestos concretos de solidaridad, ayuda mutua, apoyo a quienes se están desviviendo para atender a las personas afectadas y a sus familias, etc. Y sin olvidar la oración. (…) En marzo suspendimos todas las celebraciones litúrgicas públicas y la mayoría de actividades en parroquias y centros pastorales. Ahora se acompaña a las pequeñas comunidades cristianas por otros medios, sobre todo Internet, llamadas telefónicas, etc. En Osaka ofrecimos por streaming desde la catedral las celebraciones litúrgicas de Semana Santa. (…)

—Antes de ser obispo, usted fue superior general de los Claretianos. ¿Cuándo llegó a Japón?
—En el año 1973. Era entonces un joven misionero, no era todavía sacerdote. Recibí la ordenación sacerdotal en 1975 y estuve trabajando en Japón en distintos lugares y realizando diversos ministerios. Desde 1991 hasta 2015 estuve en el gobierno general de los Misioneros Claretianos, doce años como consejero general y otros doce como superior general. Concluido este servicio, regresé a la misión de Japón, hace ya casi cinco años.

—¿Pidió usted ir allí? Se lo pregunto porque no son pocos los sacerdotes que han expresado su deseo de evangelizar en Japón, empezando por el propio Papa Francisco. ¿A qué es debida esta fascinación misionera por el país del sol naciente?
—Nosotros somos siempre «enviados». A partir de esta disponibilidad los superiores disponen los destinos. A mí, me tocó Japón. Con algunos otros compañeros habíamos manifestado nuestra disponibilidad para ser destinados allí. El Papa Francisco comentó, en la reunión con los obispos al inicio de su reciente visita, el deseo que tuvo de ser misionero en Japón cuando estaba todavía en período de formación. Le fascinaba, por una parte, el celo misionero de san Francisco Javier y, por otra, el testimonio martirial de las primeras comunidades cristianas japonesas y su heroica resistencia, que les permitió mantener su identidad durante 250 años a pesar de no contar con ningún sacerdote ni misionero.

—Fue consagrado auxiliar de Osaka en julio de 2018. ¿Cómo recibió la noticia de su nombramiento para Fukuoka? ¿La esperaba?
—Estaba familiarizándome con el nuevo ministerio que me habían encomendado cuando me llegó el nombramiento. Ni lo esperaba ni lo imaginaba. En Osaka habíamos comenzado el proceso para definir un nuevo plan pastoral diocesano. En estos últimos veinte meses he aprendido mucho y me he encontrado con muchas personas entusiasmadas por vivir como discípulos de Jesús dentro de la sociedad japonesa. De todos modos, el misionero está siempre disponible a desplazarse allí donde le envían. A mí, el Papa Francisco me ha pedido ir a Fukuoka y aquí estoy.

—¿Va a cambiar mucho su vida?
—Conocía bastante bien la diócesis de Osaka. Antes de ir a Roma había trabajado en ella once años, y ahora, tras el regreso a Japón, llevaba allí cinco. (…) Es distinto ser obispo auxiliar que obispo titular, como fue distinta mi experiencia como consejero general y como superior general. De todos modos, en el fondo se trata de lo mismo: de vivir y anunciar el Evangelio, aunque sea desde distintas posiciones.

—Fukuoka llevaba casi un año vacante. El Papa aceptó la renuncia del anterior obispo, Dominic Ryôji Miyahara, el 27 de abril de 2019. Tenía solo 65 años. ¿A qué se debió dicha renuncia?
—Me imagino que tuvo sus razones para presentarla y el Papa para aceptarla. Es algo que queda entre ellos.

—Hábleme un poco de su diócesis. Tiene solo 29.000 católicos en una población de 7,7 millones…
—La diócesis comprende tres prefecturas (provincias) situadas en la isla de Kyushu: Fukuoka, Saga y Kumamoto. Tiene una parte urbana y zonas rurales. La comunidad católica es minoritaria, como en todo Japón. No llegamos al 0,4% de la población. Casi todos esos 29.000 católicos son japoneses. Ahora, sin embargo, contamos con la presencia de muchos católicos llegados de otras partes que enriquecen nuestras comunidades: asiáticos (sobre todo de Filipinas y Vietnam), pero también latinoamericanos y africanos. Junto a Oita, Kagoshima y Naha, Fukuoka pertenece a la provincia eclesiástica de Nagasaki. En la diócesis hay 55 parroquias y nueve vicarías, además de otros centros pastorales.

—¿Y con cuanto clero cuenta?
—Hay 32 sacerdotes incardinados, nueve enviados por otras diócesis (sobre todo de Corea), seis de sociedades misioneras y 24 sacerdotes religiosos. Además, nos sentimos bendecidos por la presencia de cinco religiosos hermanos, 280 religiosas y 17 miembros de institutos seculares. Por último, tenemos tres seminaristas mayores, dos de ellos ya diáconos.

—Japón es el país más envejecido del mundo, con un 45% de su población mayor de 65 años, pero en Fukuoka la media de edad es de 38,6 años. ¿Será la Pastoral Juvenil una de sus líneas prioritarias de actuación?
—Me sorprende un poco este dato. Sea como fuere, la Pastoral Juvenil será ciertamente una prioridad. No es fácil conectar con el mundo juvenil. Existen grupos juveniles en algunas parroquias y otros centros que comparten su fe y están comprometidos en diversos proyectos y servicios. (…) Tenemos espacios e iniciativas para los jóvenes, aunque hemos de reconocer que no tienen el poder de convocatoria que desearíamos. Un tema aparte es el de las universidades y escuelas católicas. Son lugares de encuentro con miles de jóvenes que van a tener un primer contacto con el Evangelio. Otro de los campos que cuidamos es el del voluntariado (…).

—Hábleme un poco del carácter de los japoneses. Desde Occidente vemos a un pueblo muy sufridor y disciplinado, una cultura en la que prima más la sociedad que el individuo…
—(…) Japón ha sido un pueblo muy castigado, tanto por los desastres naturales (terremotos, ciclones, tsunamis, etc.) como por la traumática experiencia de la bomba atómica. Ha sido también, a lo largo de la historia un pueblo que ha castigado a otros pueblos vecinos y hermanos. Ha habido épocas caracterizadas por una fuerte mentalidad militarista que se manifestó en invasiones de otros países, como en el preludio de lo que fue la última guerra del Pacífico. Hoy la Constitución de Japón no le permite tener ejército (existe una fuerza de autodefensa) ni adoptar políticas militares agresivas hacia otros países. Hay una fuerte resistencia de la mayoría de la población ante el intento de algunos de cambiar el artículo 9 de la Constitución que establece esta política pacifista (…).

—¿Cómo son los cristianos japoneses?
—Como ya he dicho, numéricamente una minoría. Hay algunas características que marcan su modo de asumir y vivir la identidad cristiana. La mayoría de las veces, no todos los miembros de la familia son cristianos. En el seno de la familia tiene lugar un verdadero diálogo interreligioso. Ello comporta también la necesidad de una atención pastoral más personalizada que apoye el camino de fe de cada persona. Las comunidades cristianas procuran ser lugar de encuentro entre sus miembros y lugar de envío a la misión que, como en todo el mundo, hay que vivir en el lugar social donde cada uno se encuentra.
Cabe destacar la dimensión de la pastoral social de la Iglesia. Estar cerca y acompañar a las personas que viven experiencias de cualquier tipo de marginación ha sido y es una de las características de la comunidad cristiana.
Es una dimensión que da credibilidad a nuestro anuncio. En este momento, en Japón, la Iglesia está dedicando una gran atención al acompañamiento de los numerosos inmigrantes que llegan a nuestro país y que deben afrontar situaciones muy difíciles de todo tipo.

—¿Cuántos obispos son? ¿Es usted el único occidental en la Conferencia Episcopal?
—En Japón hay 16 diócesis. Y dos de los obispos somos extranjeros: el otro es estadounidense. La Conferencia episcopal, al no ser muy numerosa, puede dedicar suficiente tiempo al diálogo y discernimiento de las diversas cuestiones que se presentan. Esto es una ventaja y crea una fuerte comunión entre todos sus miembros. Aunque, obviamente, existen pareceres diversos, hay una unidad fundamental en el análisis de las cuestiones que afectan a nuestra sociedad y a su relación con otros países del mundo. (…).

—Han pasado ya seis meses del viaje del Papa. ¿Qué supuso su visita para la Iglesia en Japón?
—Ciertamente ha dado a esta una mayor visibilidad; no solo a la católica, sino a las Iglesias cristianas en general. La visita tuvo un eco importante en todo el país. Su seguimiento por los medios de comunicación fue muy bueno y el mensaje del Papa llegó a muchas personas, más allá de la Iglesia. Su llamamiento a construir una cultura del diálogo y su claro posicionamiento sobre las armas nucleares encontraron una resonancia muy positiva en la mayoría de la población. El Papa afirmó con toda claridad que no solo el uso de las armas nucleares es inmoral e inhumano, sino también su posesión. Por otra parte, se refirió también repetidamente a la situación de los inmigrantes, y tocó algunas cuestiones que afectan a la sociedad japonesa como, por ejemplo, la búsqueda de sentido, el tema de la soledad (sobre todo de muchos ancianos que han de vivir solos), el valor de la familia, etc. (…).

—En el discurso que les dirigió a ustedes les habló de la llegada de la fe hace 470 años, con san Francisco Javier, y de la inculturación y el diálogo.
—Sí. El diálogo interreligioso es un camino obligado en Japón y en todas partes, cada vez más también en el contexto de Europa. El mundo globalizado nos ha introducido en una nueva dinámica de encuentro con la diversidad de culturas y tradiciones religiosas. En Japón lo vivimos en tres niveles distintos. Hay un diálogo interreligioso que se da a nivel institucional. Son los representantes y especialistas de las diversas tradiciones religiosas que se encuentran para compartir experiencias y dialogar sobre las respuestas que, desde cada una de ellas, se ofrecen a las inquietudes y búsquedas de las personas y, de un modo particular, a la búsqueda de Dios.
Hay otro diálogo que se da a nivel más «parroquial», por decirlo de algún modo. Se trata del encuentro entre las diversas Iglesias o grupos religiosos que conviven en una determinada zona. Se busca la colaboración para responder a las necesidades del lugar y promover una convivencia gozosa y positiva.
Y finalmente hay otro tipo de diálogo interreligioso que se da en el ámbito familiar. Es muy frecuente que en una familia no todos pertenezcan al mismo grupo religioso: unos pueden ser budistas, otros cristianos, etc. Saberse respetar y aceptar, apoyar el camino de fe de los otros miembros de la familia que no pertenecen a la misma tradición religiosa, es algo fundamental para mantener la armonía del núcleo familiar.
No podemos ignorar las grandes tradiciones religiosas que han sido vehículo de la experiencia de Dios para muchas personas y que han ayudado a configurar aquellos valores sobre los cuales se ha ido construyendo la historia de los pueblos. Al contrario, hemos de saber apreciarlos y valorarlos.
La inculturación es posible cuando se ama de verdad la cultura en la que se vive y se entra en un diálogo sincero con las personas. Asumir los interrogantes y las respuestas que se van encontrando en este camino es la vía más realista para un verdadero proceso de inculturación. Partir de la vida es el principio fundamental.

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