Asamblea Plenaria

Entrevista al cardenal Omella: «Escuchemos más y no hablemos tanto»

Nos recibe en la antesala del que será a partir de ahora su nuevo despacho. Con una gran sonrisa, pero consciente de que entre descanso de sesión Plenaria y Permanente tendremos poco tiempo. Aún así, intuyendo su cansancio, el semblante de su rostro no cambia porque la cercanía que muestra es envidiable. El cardenal Juan José Omella, arzobispo de Barcelona y nuevo presidente de la CEE, asume este nuevo servicio con humildad, esperanza y alegría, teniendo la mirada en los pobres.

—El Papa está de Ejercicios Espírituales (desde casa) y seguro que se alegra de su elección. ¡Cuánto nos gustaría que viniera a España!
—A todos nos encantaría, ¡desde luego! ¡Qué más quisiera yo! Pero no me toca a mí, ya le insistiré a ver si definitivamente acepta venir a España. Pero Francisco tiene una querencia especial por las zonas más pobres, más pequeñas.

—Usted tiene una relación muy cercana con él. ¿Nos puede contar cómo es el Papa en las distancias cortas?
—A Francisco se le nota que es una persona muy de Dios, muy cercano con la gente y muy en contacto con todos. Lo que aquí llamamos «un cura de pueblo», pero a la vez muy sabio e intelectual, algo que le marca el camino de saber por dónde va. Él está muy en contacto con la piedad popular y a través de ella, de los sentidos de los hombres, como el tocar y el ver, lleva a la gente al encuentro con el Señor. Lo que más me impresiona es lo que él repite tantas veces: «tocar la carne sufriente de Cristo», es decir, Cristo encarnado en el ser humano. Y ese Cristo de la Eucaristía solo lo encuentras en los hombres y en las mujeres. El obispo de Bangassou, el comboniano Juan José Aguirre, me contó que al llegar a la misión, después de celebrar la misa, le quisieron saludar. Su costumbre era «echar perlas de saliva» en sus manos como acogida. Y después, besó a los leprosos. Ese es el mismo Cristo, el que tocamos en la Eucaristía, que se hace presente en los pobres. Y eso es lo que nos está enseñando el Papa cuando abraza y toca a los pobres. Es un testimonio muy bonito.

—Durante la ponencia final del Congreso de Laicos, debajo de la silla en la que se sentó, providencialmente tenía usted este mensaje: «Teniendo como prioridad siempre a los pobres». Era una de las conclusiones del Congreso y precisamente le tocó a usted que estuvo muchos años en Manos Unidas…
—¡Sí! ¡Eso le dije yo al obispo auxiliar! [Antoni Vadell] Pero cada uno nos sentamos donde quisimos y los mensajes estaban puesto arbitrariamente. Y sí, esa prioridad tiene que ver mucho conmigo, con todos. El Papa nos invita a tener una mirada hacia fuera y no hacia uno mismo, compartir los gozos y las alegrías de los demás, eso es fundamental. No debemos ser una Iglesia autorreferencial, tenemos que abrirnos al mundo y en especial a los pobres. Y no solo es la pobreza material, también es pobreza no tener esperanza, no tener la fe en Jesucristo, en el futuro. Son las pobrezas humanas. Me acuerdo mucho de los campos de concentración, donde poca esperanza había. Siempre recuerdo la frase de Maximiliano Kolbe, que estando en Auschwitz repetía cada vez que estaba junto a los cuerpos sin vida del campo: «El Hijo de Dios se hizo carne».

—Lleva menos de 24 horas como presidente de la CEE y ya le han descrito de muchas maneras. Que es cercano, conciliador, negociador, simpático, «el candidato del gobierno», «un presidente puente». ¿Quién es Juan José Omella?
—Yo siempre digo que mi mejor definición es ser «cura de pueblo»: ya está. El «cura del pueblo» es el que comparte con la gente sus penas y alegrías. El que camina a su lado, pero también merienda con ellos y reza con ellos. El que los va a visitar. El que va a la compra y se encuentra a una vecina y le pregunta por cómo está su marido enfermo. Es ese tú a tú lo que nos marca, lo que nos hace ser cercanos. Eso lo facilita el haber nacido en un pueblo pequeño, también es verdad.

—Usted tiene dos aficiones: el baloncesto y el cine. El baloncesto es un deporte de equipo y ahora su equipo es otro, no el del pueblo, sino el de la Conferencia Episcopal.
—Tengo que decir que siempre, desde que soy cura, he estado en equipo. Nunca he vivido solo, bueno, viví solo unos años en mi etapa final de cura, pero aun así se mantenía el contacto con los del equipo, que estaban a 12 kilómetros. Tuve que ir a un pueblo más grande, Calanda, en lugar de estar en Alcañíz, pero desde que me ordené, trabajé en equipo. Varios le pedimos al obispo: «Queremos ir tres curas juntos» y nos mandó a la zona más lejana, que es Daroca, en la provincia de Zaragoza. Allí llevábamos 15 pueblos entre los tres, 5 cada uno, y vivíamos juntos con las madres de dos de ellos, que eran mayores. Y de allí nos trasladaron a Alcañíz.
Siempre he trabajado en equipo. Es más, en Barcelona vivimos juntos, los obispos auxiliares, mi secretario y yo. Los cuatro compartimos la oración, compartimos la mesa, compartimos las preocupaciones y también nos reímos juntos. Con lo cual, creo que el equipo es fundamental y tengo que decir una cosa: en el equipo sacerdotal nos decían siempre «no sé cómo podéis vivir juntos porque sois totalmente distintos los tres». Por eso, aquí no se me hace costoso el contar con la gente, me gustaría contar con todos. Creo que no tengo suficientes cualidades como para liderar personalmente ningún grupo humano y menos una Conferencia Episcopal, donde hay gente tan preparada y yo tan poco preparado… Pero como se trata de armonizar, me siento en eso más a gusto.

—Estamos llamados a hacer un camino sinodal…
—Tenemos que caminar juntos. Es simplemente decir «tengo voluntad de caminar con el otro». Y caminar con el otro es decirse: «Sé que el otro tiene valores, sé que tiene fallos, como yo los tengo, y vamos juntos a acertar en el camino». Para eso hay que escucharnos porque el otro tiene parte de verdad y yo tengo parte de verdad. Es necesario reconocerlo y aceptarlo humildemente. Y entonces es cuando somos capaces de caminar juntos. Cuando uno se pone en voluntad de aceptar al otro tal como es, y creer que el otro tiene algo bueno que aportarme a mí, aunque de entrada no me guste. Pero hablando, puedo descubrir sus razones, escucharlas… Eso es el Sínodo, caminar codo con codo, que en el fondo eso se traduce mejor con palabras del Papa y no con las mías: «ir delante guiando, ir en medio compartiendo, e ir detrás recogiendo a todos». Si uno es capaz de hacer eso, no uno sino todos, entonces estamos acertando.

—Este camino sinodal lo recorremos en una realidad concreta. ¿Qué postura debe tener la Iglesia hoy en la actualidad social?
—La Iglesia tiene que trabajar en una línea de amor y decir la verdad. En lo relativo a los temas más sociales, la postura de la Iglesia debe ser la de decir «por aquí no vamos bien» cuando corresponda, pero siempre con amor. Hay que ser como los padres, que dicen la verdad, pero con amor. Los cristianos tenemos un mensaje precioso, el de Jesús, que tenemos que transmitir. Lo esencial debe ser dar esperanza en medio del mundo, como dice el Papa. Dar esperanza de fraternidad, paz y solidaridad, que son palabras claves que deben acompañarse siempre de alegría.

—¿Y en la realidad política? ¿Cómo establecer la relación entre la Iglesia y el Estado?
—Yo lo que quiero y deseo es una relación cordial de no confrontamiento. Todos nos necesitamos porque todos tenemos un interés común. Para una sociedad es mejor sumar que restar. Lo que deseo es que todo lo que hagamos redunde en el bien de los ciudadanos, sea la enseñanza o la sanidad. Y para llegar a este punto va a ser necesario escucharse mutuamente.

—Todos le preguntamos por la reforma educativa porque es de estricta actualidad…
—Me sabe mal que se haya hecho sin pactar con todos. Tanto la reforma educativa propuesta por el Gobierno como el papel que jugará la asignatura de Religión o la educación concertada pone en entredicho la libertad de los padres. En un verdadero diálogo todas las partes se pueden entender y aportar lo mejor. No es bueno ir en contra. Los responsables de la educación son los padres. Tanto el Estado, como la Iglesia, deben ayudar a los padres que siguen optando por la clase de Religión todos los años. Si los padres lo quieren, déjelos. Y si quieren otras religiones, ¿por qué no?

—Ahora mismo es la Ley de Educación, pero ¿le preocupa la nueva Ley de Eutanasia?
—Lo que más me duele es que no optemos por defender la vida. Hay que seguir el consejo de los médicos. Con los cuidados paliativos prácticamente ya no hay dolor, no se sufre. Hay que dejar que la persona muera en paz, tranquilamente. Dejemos que puedan disfrutar de los últimos días de su vida. La eutanasia, al final, es quitar una vida humana, y ¿quiénes somos nosotros para quitar una vida humana? De la misma forma tenemos que buscar soluciones que ayuden a las familias, que fomenten la natalidad. Nos vamos a quedar en Europa sin europeos y en España sin españoles y las familias deberían crecer sin agobios.

—Son muchos temas sobre la mesa, por ejemplo, la Asignación Tributaria…
—Marcar la X es libre, si uno quiere ayudar lo hace con toda libertad. La Iglesia no quiere privilegios, quiere servir y ayudar a la sociedad. Solo hay que ver la magnífica labor que se realiza desde una parte de la Iglesia fundamental como Cáritas, una institución muy valorada por la sociedad, donde se está haciendo un trabajo inmensamente precioso. Durante los dos años de la crisis, Cáritas hizo el gran milagro con las colectas y donaciones que se triplicaron. ¡Cuánta humanidad y solidaridad hay en el corazón de nosotros, de los españoles!

—El tema catalán nos ha dividido casi sin darnos cuenta. Los católicos ¿cómo podemos ayudar a que haya acercamiento?
—Sí, por el discurso que hemos vivido, por la manera de actuar, parece como que estamos enfrentados. Cataluña tiene que estar más cerca de los corazones de la gente. Debemos ser más fraternos y querernos más. Las distintas zonas de nuestra geografía están para trabajar juntos y no para enfrentarnos.

—Para terminar, cardenal, ¿qué mensaje quiere usted enviar a todas las instituciones?
—Mi deseo profundo para todas las instituciones, sobre todo las del Estado, es que trabajemos por la consecución del bien común. Todos nos necesitamos. Por eso, deseo que trabajemos en la misma dirección, porque todos estamos al servicio de los ciudadanos y para el bienestar. Y eso solo se puede conseguir desde una especie de consenso. Si rompemos esa línea de escuchar a todos y de ceder todos un poco, no lograremos caminar en la misma dirección. Es importante crear puentes, buscar la relación de convivencia, tender la mano, escuchar al otro. Tenemos dos oídos y una boca, pues escuchemos más y no hablemos tanto.

Por Sara de la Torre y Silvia Rozas FI

Entrevista Juan José Omella
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