Diócesis Iglesia en España Nacional

Entrevista al cardenal Carlos Osoro, arzobispo de Madrid, en el diario EL MUNDO

Entrevista al cardenal Carlos Osoro, arzobispo de Madrid, en el diario EL MUNDO

 (La foto que acaba estas líneas es fotografía de archivo)

— El Papa dice que entiende a quien prefiere a un ateo que a un mal cristiano. ¿Usted?

— Un mal cristiano hace ateos y, además, hace daño a la Iglesia. Hay que ser cristiano con coherencia, con verdad, llegando incluso a los que no creen. El Papa ha logrado que gente que miraba para otro lado y no tenía ningún interés en la Iglesia vuelva a mirar hacia ella.

— Francisco también se queja del daño que hacen los curas «con cara de pepinillos en vinagre», esos sacerdotes siempre amargados, apesadumbrados. ¿Usted conoce alguno?

— Hay mucha más gente buena que avinagrada, pero es verdad que algunos llevan encima un saco pesadísimo y no te dan ganas de arrimarte a ellos. Yo me hice sacerdote porque sentí la llamada de Dios y porque encontré sacerdotes alegres, con capacidad de entusiasmo… Y entiendo también lo contrario, que la gente huya de los curas amargados. Los cristianos tenemos que llevar la alegría a todos, absolutamente a todos, porque Dios muere por todos los hombres, no sólo por unos pocos. Yo por eso quiero saber de todos los hombres y pido a los cristianos que me acompañen a buscarlos.

— ¿Sale usted a las periferias físicas y del alma en busca de hombres?

— Intento hacerlo. Pero no soy un santo, no lo soy. Me tengo que confesar prácticamente todas las semanas.

— ¿Y de qué se acusa?

— Pues sobre todo de mirar a medias a algunos, de no mirar a todos igual. Eso no es bueno para nadie, y menos para un obispo. Un pastor que no sabe mirar a todos no es un buen pastor.

— ¿Le pesa la sombra de su predecesor, el cardenal Rouco Varela?

— Qué va. Fue mi profesor y le debo lo poco o lo mucho que sé de Derecho Canónico. Además, don Antonio tiene un corazón muy grande.

— Cuando se jubiló el cardenal Rouco Varela no abandonó el palacio episcopal hasta que concluyeron las obras de su ático de más de 300 m2. Cuando deje de ser arzobispo, ¿dónde se irá usted a vivir?

— No lo he pensado. Pero ya he dicho que el día que cumpla la edad necesaria saldré y dejaré el palacio episcopal libre para el que llegue. A lo mejor me voy a una residencia de ancianos, ahí estuve ocho meses cuando llegué a Madrid y el palacio episcopal estaba ocupado; las monjas me trataron estupendamente y me lo pasé muy bien.

— El Gobierno pretende exhumar los restos de Franco del Valle de los Caídos. Usted, ¿qué dice?

— Es algo que no depende de la Iglesia. Nosotros pedimos y oramos por la reconciliación, nada más.

— Hay quien le pide que se oponga a la exhumación porque Franco fue «un buen cristiano». ¿Lo fue?

— El juicio es de Dios. Franco fue un cristiano, pero la Iglesia acoge a los cristianos y también a los que no son cristianos. La Iglesia, como nuestro Señor, ha venido a salvar, no a condenar.

— En la era post Cristina Cifuentes le tengo que preguntar ineludiblemente por los títulos falsos…

— No puedo opinar sobre ese asunto, sólo sé lo que ha salido en los periódicos.

— Le pregunto por sus propios títulos. Algunos le acusan de haber falseado que era licenciado en Ciencias Exactas y en Pedagogía…

— Han dicho incluso que no era licenciado en Teología. Mire, sólo hay que ir a la Universidad de Salamanca: en la escalera principal estamos todos los obispos que hemos estudiado ahí y los títulos que tenemos. Pero yo no entro en esas cosas, pregunten a mis alumnos.

— ¿Siente que tiene enemigos?

— No, enemigos no. Lo que pasa es que yo tengo mis ideas, pero de mi fe no hago ideología. Yo soy obispo, no presidente de un partido, tengo que tener los brazos abiertos a todos. Y hay cristianos a los que eso no les gusta, porque consideran que un obispo debe de estar con ellos y sólo con ellos. Yo, obviamente, estoy con ellos, pero ser cristiano no es tener unas ideas y relacionarse sólo con quienes tienen tus mismas ideas. Y si lo haces, mal cristiano eres. Yo intento tender la mano a todos.

— Me han contado que estuvo usted en un prostíbulo, ¿es verdad?

— Naturalmente que estuve, fue en mis primeros momentos como obispo en Orense. Estuve en un prostíbulo para rescatar a una chica que quería salir de él y no se lo permitían.

— ¿Y cómo se enteró usted de la situación de esa mujer?

— Yo estaba haciendo la visita pastoral y salía de visitar a los enfermos cuando una chica latinoamericana se acercó llorando y me pidió que le ayudase: que trabajaba en un club de carretera, que quería regresar a su país y que no le dejaban porque no le daban su pasaporte. Yo le dije que esa misma noche pasaría por el club para tratar de ayudarla. Y así lo hice.

— ¿Se presentó en el puticlub vestido de obispo?

— Pues sí, y a la hora que precisamente más gente había. Entré, pedí una cerveza en medio del silencio sepulcral que se hizo y di el nombre de la chica. Me dijeron que estaba arriba, trabajando, y yo dije que esperaría y que lo único que pretendía era irme con la chica y que le devolvieran su pasaporte. Al rato, bajó la chica. Volví a reclamar al encargado su pasaporte, éste me lo tiró, yo lo recogí y nos fuimos los dos. Me la llevé a la casa de religiosas en la que estaba viviendo esos días. Allí la atendieron, la ayudaron a sacar el billete y la chica marchó para su país.

— ¿Y continúa manteniendo relación con ella?

— Sí, claro. Ha rehecho su vida, está casada, está feliz y es una gran mujer. La habían traído a España engañada y la habían metido en ese club a trabajar.

 

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