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Entrevista al capellán del CIE de Barranco Seco: «Este premio pone la mirada en aquellos que nadie quiere ver»

«Este premio es, sin duda, el reconocimiento al trabajo realizado por defender la dignidad de las personas migrantes, y para mí es un honor recibirlo». Con estas emocionadas palabras, Antonio Viera, el capellán del CIE de Barranco Seco en Las Palmas de Gran Canaria, recibió el Premio Carisma de Misión y Cooperación por su denuncia de las condiciones en las que se encuentran los migrantes.

Viera quiso agradecer que con este galardón «se haya puesto la mirada en aquellos a los que nadie quiere ver, a los invisibilizados, los jóvenes migrantes y recluidos en los CIE». «¡Hasta cuándo, Señor, seguiremos excluyendo, expulsando, rechazando a los pobres que son tu viva imagen!», se lamentaba el sacerdote durante la entrega de premios.

—Almadi Socri, Yousuff, Rachid, Hassan, Abdullah, Hicham, son solo algunos nombres de migrantes que usted ha conocido durante estos años en el CIE de Barranco Seco. ¿Nombrarlos es rescatarlos del mar de la invisibilidad en que se encuentran?
—Nombrarlos es poner rostro e historia a tantas esperanzas frustradas y a tantos sueños rotos. Hacerles sentir que no están solos, que hay muchas personas que están comprometidas en la defensa de sus derechos y dignidad, pues somos muchos los que abrimos las puertas de nuestro corazón. Muchos creyentes y no creyentes, hombres y mujeres de buena voluntad dispuestos a abrir cerrojos, a tirar vallas, a mover montañas, a cerrar definitivamente estos centros donde se vulneran sistemáticamente los derechos humanos. Gente que hace hueco en su casa, que esperan en la orilla para curar heridas de piel y de corazón, para cubrir con mantas de calor y de protección, gente con manos abiertas y tendidas. Corazones que vibran con la vida de esos que gritan libertad. Pies dispuestos a servir y con deseo de vivir de verdad.

—¿Este premio supone un reconocimiento a todo ese trabajo?
—Supone, sobre todo, un espaldarazo a toda la trayectoria de trabajo en la cual no he estado yo solo, sino que ha sido y es un trabajo de equipo. Al principio me desconcertó un poco porque había sido un trabajo colectivo. Pero yo lo recibo en nombre de ellos y como he dicho, sin duda viene a dar un buen espaldarazo y un buen empujón de ánimo para seguir trabajando en la tarea, que no es poca… ¡y la que se nos viene encima!

—Precisamente, un informe publicado estos días por la fundación Procausa compara la situación de Canarias con Lesbos o Lampedusa.
—Es que algo así se va conformando en Canarias. A lo mejor no con la crudeza que se vivió en Lesbos, pero sí con los mismos modos de acogida, que no han sido dignos para las personas. De hecho, la carta que escribieron nuestros dos obispos era «el grito de Lampedusa en Canarias». Lamentablemente, la mala gestión que se ha hecho ha mantenido a casi 3.000 personas tiradas en un muelle en un espacio de poco más de 500 metros durante días, a pleno sol… en condiciones infrahumanas.
El Papa Francisco nos invita a repensar las legislaciones sobre los migrantes, para que estén inspiradas en la voluntad de acogida y en el respeto de los recíprocos deberes y responsabilidades y puedan facilitar la integración de los emigrantes. Y si algo positivo nos dejó la pandemia de la covid-19 fue el vaciamiento de los CIEs, lo cuál puso en evidencia la innecesaria existencia de los mismos. Como muy bien afirma el informe CIE 2020 de SJM, España sobrevivió sin internamiento de personas extranjeras. La existencia de los CIEs es innecesaria.

—Unido a ese grito de los obispos, ¿qué puede «gritarse» también a las administraciones para gestionar esta situación?
—Desde luego a las administraciones hay que instarles a establecer canales dignos de acogida para las personas porque esto es una realidad que va a continuar e incluso se va a recrudecer. Hay que prevenir dispositivos de acogida humanitaria, que se abran vías para que la gente pueda transitar incluso con visados humanitarios para que no tengan que arriesgar su vida. Hemos perdido ya la cuenta de cuantos han muerto y desaparecido en la ruta canaria que es de las más peligrosas. Además, es urgente establecer sistemas de acogida que tengan en cuenta toda la realidad global de la persona, que no sea solo darle techo y comida. Ellos vienen a desarrollarse en un proyecto de vida, que suele ser comunitario, por eso se embarca toda una comunidad. Canalizar todas esas iniciativas en un sistema de acogida realmente humanitario.

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