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Jesús Sanz
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Entrevista al arzobispo Jesús Sanz: «No pintemos a san Francisco de verde ecologista o blanco pacifista»

Con el saludo de «Paz y bien» comencé un dialogo con fray Jesús Sanz, arzobispo de Oviedo. Descubrí a un pastor de la Iglesia católica de conversación fluida, cordial y bien interesante. Dialogamos en torno a su libro San Francisco de Asís, compañía para nuestro destino, unas páginas que fueron escritas durante el confinamiento y en las que se conoce de manera muy didáctica, no solo a uno de los protagonistas de la Cristiandad medieval sino también su contexto temporal, eclesial, de santidad, a su amplia y complicada familia.

Fray Jesús es hombre afable, cariñoso, de gran cultura, futbolero del Atlético de Madrid, gran aficionado a la música y a las bellas artes, madrileño de nacimiento (1955), seminarista diocesano que decidió hacerse franciscano tras una impactante experiencia que nos relatará en la leprosería de Trillo, en Guadalajara. Ama sus vocaciones y también la académica como profesor de la Facultad de Teología de San Dámaso de Madrid y como hombre de estudio para Dios. Antes de ser el metropolitano de Oviedo, fue obispo de dos diócesis unidas en su persona, las de Huesca y Jaca. Un pastor muy interesante de leer, pero también de conocer personalmente.

—¿Qué significó Francisco de Asís en la historia medieval de la Iglesia y en la actual?

—Un santo que ha marcado la historia de la Iglesia es siempre una intervención que tiene Dios en un momento de la misma. Con ella, vuelve a poner fecha y domicilio al eterno Evangelio. Todo está dicho en Jesús y en su Evangelio. Lo que ocurre es que, quizás de no escucharlo, y sobre todo de no vivirlo, se nos hace anacrónico. Y un santo es siempre como un grito que tiene Dios en la historia de los hombres para volvernos a decir lo mismo, únicamente que en un contexto que nos actualiza lo ya dicho para siempre en el Hijo de Dios. Por eso, cuando tú te pones a la escucha del Evangelio de Cristo pero en la vida de San Francisco, parece que estás conociendo la novedad a la que asistieron los primeros oyentes que escuchaban a Jesús.

—¿Qué le llevó a hacerse fraile de una Orden del siglo XIII?

—Bueno, es una cuestión que yo no abordo en mi libro pero está muy bien traída para entender lo que yo escribo. Era seminarista diocesano, terminaba la carrera de Teología, con una crisis personal donde me pregunté sobre mis posibles ministerios futuros. Fue entonces cuando me invita- ron en una semana de Pascua a una leprosería. Fue un tiempo conmovedor. Toqué el mundo del dolor, con la asistencia ministerial y pastoral de tres enormes franciscanos —también corporalmente—, de gran calidad humana y seriedad cristiana y evangélica. Para entonces, había leído cosas de san Francisco pero la realidad me hizo preguntarme quiénes eran entonces los leprosos, dónde estaban y cómo se llamaban sus lepras. Volví a mi seminario, se disiparon las dudas y empezó la inquietud que me condujo a llamar a la puerta de la Orden Franciscana. Si a Francisco de Asís, en la Umbría del siglo XIII, el leproso fue el sacramento por el que Dios cambió su vida, a mí, otra lepra, ochocientos años después también me la cambió. Luego he tenido que ir haciendo otros descubrimientos y hasta dedicarme a otras cosas que no estaban pensadas, como me sucede actualmente.

—¿Qué añade a un obispo ser franciscano, llevar hábito y sandalias?

—Ser un obispo al modo de san Francisco de Asís es una manera concreta de contemplar, encontrarse con Dios y abrazar a los hermanos. No puedo dejar en una percha mi condición franciscana, no puedo ser obispo al margen de mi franciscanismo vocacional. Entonces tratas de expresar, de percibir, de tratar tal y como yo he aprendido que san Francisco abrazó la vida e introdujo en la historia de la Iglesia una manera concreta que tiene que ver con la sencillez, con la ternura, con la fraternidad, con la pobreza y con el amor a la Iglesia. Todo ello dibuja el perfil de un obispo franciscano que no renuncia a estas esencias que son de su carisma.

—¿Es bueno que un obispo escriba algo más que pastorales? Usted habla mucho de esto: la intelectualidad, el estudio, la ignorancia, la simplicidad.

—Como haces tú, Javier, provengo del trabajo universitario, escribo libros y me he dedicado a la enseñanza tanto en Madrid como en Roma. Debemos poner en juego los dones que Dios nos ha dado; lo que sabes, al servicio de los hermanos y para gloria del buen Dios; todo aquello que ha marcado nuestro recorrido humano y cristiano. Me he dedicado al estudio de la Teología, no he sido un franciscano centrado únicamente en la evangelización misionera. Yo creo que es bueno que un obispo, además de escribir cartas pastorales y una carta semanal breve, ágil y que tiene que ver con la vida cotidiana en la que tú estás acompañando a la gente; pues que añadas también otro tipo de literatura. Ahora en la pandemia, me han salido dos libros: uno es éste y el otro es una breve mariología. Estando en Asturias, la Virgen de Covadonga y su santuario, siempre tuve ganas de escribir una pequeña mariología con capacidad de ser divulgada. En el fondo, es compartir tu experiencia de profesor, de investigador teológico. No se pierde el gusto por la lectura, por el estudio, por la docencia. Cada obispo ha tenido una trayectoria an- terior. Las mías han sido éstas, no las he perdido ni las quiero perder.

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