Carta del Obispo Iglesia en España Nacional

Entrevista a monseñor Damián Iguacen con motivo de su 100 cumpleaños

“No todo lo he hecho bien, pero con malicia puedo decir que no he hecho nada”

Entrevista a monseñor Damián Iguacen con motivo de su 100 cumpleaños

En una reciente entrevista realizada a D. Damián Iguacen por la delegada de medios de comunicación de la Diócesis de Huesca, Lara Acerete Halli, el obispo emérito repasó con brillante lucidez sus recuerdos de infancia, su vocación, sus desvelos pastorales y su paso por la diócesis de Tenerife.

En las primeras palabras pronunciadas por D. Damián en la entrevista ya sacaba a relucir su buen sentido del humor: “Sí, efectivamente, voy a cumplir los primeros cien años”, indicó.

D. Damián marchó a Comillas en 1936. En plena guerra civil, con 19 años fue telegrafista en primera línea. Durante la contienda fue herido en la cara y al finalizar la guerra volvió a Huesca. El 7 de junio de 1941 fue ordenado sacerdote. “Mis primeros destinos como párroco fueron Ibieca, Aguas Claras, Liesa, Panzano y Santa Cilia. Allí estuve muy bien. Luego me llevaron al Seminario Superior trabajando pastoralmente junto al famoso rector de entonces. Estuve con él, me parece que 4 años. No era quizás el lugar donde yo me encontrara más cómodo, aunque estaba muy bien”.

Iguacen ejerció como vicerrector del Seminario y profesor de Sagrada Teología Ascética, Mística y Pastoral desde 1944 hasta 1948. “Fue estando en el Seminario cuando empecé a dar ejercicios espirituales. Conocí a gente estupenda. En aquella época hicimos unas experiencias muy buenas que repercutieron en toda España en relación, por ejemplo, a la atención de enfermos. En este campo hice todo lo que supe y pude. Atendíamos sobre todo a los que estaban exiliados. Después de la guerra hubo represalias y había que auxiliar a los que lo necesitaban”.

El hecho de haber sido párroco de San Lorenzo, patrón de Huesca, significó mucho para Iguacen. “El Señor me dio muchas posibilidades ahí de atender a la gente. Una de las cosas que más éxito tuvo fue la preparación al matrimonio. En España empezó a ser novedad los cursillos prematrimoniales. Pronto se extendieron y hoy día son obligatorios. De esta época tengo experiencias muy hermosas. Dábamos ejercicios a matrimonios y me llamaban de muchas diócesis. Esa ha sido siempre una de mis ocupaciones principales. Dando ejercicios he estado en Cuba, en Argentina, Brasil, Francia, Italia…”

Igacen recordó cuando le comunicaron su traslado como obispo a la Diócesis de Tenerife. “Estaba dando unos ejercicios a jóvenes en verano cuando se presentó el nuncio. Al verlo le dije ‘Señor Nuncio, usted por aquí…’ Y él me respondió sonriendo: ‘Es que le persigo’. Luego me comentó la decisión de que el Santo Padre me trasladaba de Teruel a Tenerife. Y yo le contesté: ‘Pues a Tenerife pues’.

El obispo emérito relató que algunos se tomaron aquella decisión con cierta sorna. “Como yo había trabajado mucho en el tema de los límites en el problema entre Barbastro y Lérida, algunos me decían: ‘Lo mandan a Tenerife como castigo por lo que ha hecho con Cataluña’. Y cuando llegué a la isla, los periodistas comentaban: ‘Ya sabemos que viene por castigo’, a lo que yo contestaba: ‘¡Uy! ¡Pero si venir a las Islas Afortunadas castigado es una gracia! En la diócesis de Tenerife estuve muy bien. También tuve que ir a Cuba, un mes, para dar ejercicios. Era un tiempo muy difícil para este país. A los ejercicios no vino el presidente pero vinieron muchos jóvenes”, expresó Iguacen con ironía.

Los recuerdos que posee este obispo centenario de nuestra diócesis son muy buenos y su labor la narra utilizando siempre el plural. “Hicimos una labor muy importante, no cabe duda. A veces me piden que regrese y yo tengo también mis añoranzas, como es normal, porque fueron unos años verdaderamente importantes. Parece que por allí me siguen queriendo y eso yo lo valoro mucho. En Tenerife iniciamos una cosa que no se conocía. Un modo nuevo de trabajar el apostolado con jóvenes y su dimensión vocacional hacia el matrimonio”.

Otro ámbito en el que Iguacen hizo mucho hincapié fue en el tema de la conservación del Patrimonio Cultural. “En ocasiones veía que no se le daba la suficiente relevancia y no sé por qué, yo tenía una sensibilidad especial para este campo. Se constituyó una comisión específica para patrimonio con el fin, no solo de cuidarlo sino hacer de él un medio de evangelización. Lo que se pretendía era que quienes se acercaran a una obra religiosa recibieran el mensaje. Es decir, que la persona no se quedara solo en la belleza estética de la obra, sino que se sintiera evangelizada con el mensaje que hubiera detrás. Este tema me gustaría que se tomara con más garra. En el arte hay muchos mensajes positivos y espirituales que deberíamos potenciar. No se crea arte por crear, sino para anunciar el evangelio desde la belleza. Todo eso que nos gusta y nos agrada tiene una trascendencia, nos lleva a Dios”.

Por último, al ser preguntado por el balance que haría de su vida pastoral, Iguacen respondía: “No tengo palabras para dar gracias al Señor porque desde luego no sé por qué puso en mí esa ilusión de ser sacerdote. A través del sacerdocio he podido anunciar a Dios, he ayudado a la salvación de las personas, he hecho felices a la gente con la que he tratado, he podido conocer a muchos…Esa ha sido un poco mi línea. He sido un pecador, sé que no todo lo he hecho bien, pero con malicia puedo decir que no he hecho nada”.

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