Coronavirus Iglesia en España

Entrevista a Luis Ángel de las Heras: «Nuestro mensaje en este momento debe ser el de la esperanza»

El coronavirus no ha tenido una incidencia muy fuerte en la diócesis de Mondoñedo-Ferrol. De hecho, las autoridades esperaban muchos contagios en varios hospitales, como el de Burela, y la realidad es que se han contenido. Esta diócesis, con unos 265.000 habitantes, con 422 parroquias, 112 sacerdotes en activo y una extensión de 4.500 km2, se fue preparando al ritmo de las noticias que llegaban de Madrid y Barcelona. Hasta este momento ningún sacerdote ha sufrido la enfermedad, solo una religiosa estuvo en su casa aislada tras contagiarse. Eso sí, los sacerdotes diocesanos comenzaron hace unas semanas la iniciativa de renunciar a parte de su sueldo, por cierto, bastante humilde, para donarlo a Cáritas. Lo recaudado alcanza ya los 24.000 euros. Sobre esto y sobre la experiencia que está viviendo, hemos hablado con el obispo claretiano Luis Ángel de las Heras (Segovia, 1963).

—Aunque estamos ya en proceso de la desescalada, cuéntenos cómo está siendo su día a día. Porque los obispos suelen viajar mucho por toda su diócesis…
—Sí, efectivamente es un cambio radical de ritmo. Nos pasa a todos, y les ocurre a los sacerdotes, que de tener que ir a muchas parroquias todos los domingos, de repente hay que estar en casa. En ese sentido es un cambio muy fuerte, pero consiste en tener un horario disciplinado, vivir con el trabajo de cada día, que hay muchas cosas que hacer y muchas personas a las que atender. Hay tiempo para leer, para escribir, para tener reuniones por videoconferencias… yo estoy teniendo con el Consejo de Gobierno, con el Colegio de Arciprestes, vamos a tenerlas con el Consejo de Asuntos Económicos, con el Consejo Diocesano de Cáritas…

—Imagino que el tema central es atender a la gente ahora…
—Sí, en todos los sentidos. También hay cosas que son muy importantes para nosotros, para todos los bautizados, que no estamos haciendo: celebrar la Eucaristía presencialmente, el sacramento de la reconciliación. Hay gente que acusa mucho la falta de los sacramentos. Yo no tengo miedo a que la gente se acostumbre a no ir a la iglesia, porque muchos están echando de menos no ir. Hay que ayudar a que la gente tenga paciencia porque realmente no hemos dejado de reunirnos en los templos para celebrar la Eucaristía por ningún capricho, sino porque realmente es muy grave la amenaza, muy serio el problema y no podemos exponer a personas de riesgo, que son las que mayoritariamente participan.

—También las Primeras Comuniones y las Confirmaciones se están posponiendo para septiembre.
—Sí, pero yo siempre he dicho que había que dejarlo sin fecha. ¿Quién sabe qué rumbo tendrá esto? Por una parte, la Congregación para el Culto Divino sugiría celebrar alguna de las procesiones que no se pudieron celebrar en Semana Santa para el 14 y 15 de septiembre. Por otra, el Vaticano ha desplazado la JMJ y el Encuentro de Familias, como es normal. Ya ha salido el decreto de la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y Sociedades de Vida Apostólica, para permitir que los capítulos generales se trasladen. ¿Cómo va a ir gente de todo el mundo a Roma, o a cualquier otro sitio para un capítulo general con riesgo de aumentar la dimensión de la pandemia? No conviene celebrarlos ahora. Por tanto, se prorrogan los mandatos de los gobiernos generales y los provinciales que lo necesiten.
Hay cosas que se tienen que aplazar, hay otras que se cancelan y ya no se pueden recuperar, pero hay otras que estaban previstas y que sí se pueden realizar. Por ejemplo, nosotros habíamos programado para este tiempo de Pascua la presentación del Plan Diocesano de Unidades Pastorales por los arciprestazgos.
Eso no lo podemos hacer, pero un documento y un vídeo sí que se puede enviar por correo electrónico, por Whatsapp, por mensajería telemática, de manera que las personas más implicadas en las parroquias y todas las que lo deseen conozcan el plan de primera mano. Incluso hemos preparado un cuestionario para que lo puedan trabajar mejor, o incluso comentar vía telemática con quien sea.

—Es la creatividad pastoral que se pidió desde la CEE al comienzo del estado de alarma. Hemos podido ver cómo los colegios, los catequistas de nuestras parroquias buscaban la mejor manera de llegar a los jóvenes. De todas formas, habrá que seguir fomentando la creatividad porque ¿no cree que nos conformamos con la Eucaristía retransmitida por Youtube? Aunque usted no retransmitió los oficios durante la Semana Santa.
—No, porque ya había muchas retransmisiones. Creí que debíamos invitar a la gente a participar uniéndonos espiritualmente desde celebraciones que sabíamos se iban a retransmitir de una manera muy digna, y las más dignas siempre son las del Vaticano, las que hace el Papa. Por eso, decidí que a la misma hora que se celebraban en la Basílica de San Pedro, yo iba a celebrar a puerta cerrada en comunión con el Papa, pidiendo a la gente que se uniera. Algunos me pedían que retransmitiéramos nosotros, pero me pareció mejor hacerlo así. En este momento, en una situación que afecta a toda la humanidad tenemos que unirnos de corazón toda la Iglesia universal. Me parecía que el mensaje importante lo transmitía el Papa. Y luego por otro lado, preparé las homilías, para que pudieran estar a disposición de quien quisiera en otro momento.
Pero el objetivo era ese: invitar a la gente a conectar para vivir la comunión desde sus casas con la diócesis y con la Iglesia universal. Luego, como alternativa en Galicia, la gente que quería seguir las celebraciones en gallego —cosa que comprendo y aprecio—, podía hacerlo por las que retransmitía la Televisión Gallega presididas por el arzobispo de Santiago.
A mí me parece que ha habido demasiada proliferación de Eucaristías, celebraciones por redes sociales e Internet, cuando la creatividad hay que utilizarla quizá para otras cosas. Por ejemplo, las delegaciones de Catequesis de las diócesis en Galicia han promovido el contacto con niños y jóvenes en procesos de iniciación cristiana, así como con sus padres para que se sintieran acompañados por los catequistas en estos momentos y, de algún modo, continuar la formación.

—De esos mensajes que nos envía Francisco ¿qué destacaría?
—La imagen y el mensaje que más me ha impactado del Papa, como a otras muchas personas, es la del 27 de marzo en la oración y bendición extraordinaria Urbi et Orbi. La plaza de San Pedro vacía, lluviosa, anocheciendo, esa imagen ha conmovido el corazón de mucha gente, y el mío también. Reflejaba cómo nos encontramos en estos momentos, es decir, de esa manera, en la soledad de la tragedia por la que está pasando tantísima gente, pero al mismo tiempo, unidos y acompañados. Ese contraste tan fuerte que tiene la fe también, saber que Dios está ahí aunque no le veamos. Estamos juntos en la misma barca, una llamada a toda la humanidad. Es una imagen que la Pastoral de la Salud de nuestra diócesis ha recogido para una de sus iniciativas de atención telefónica a los enfermos.
También destaco el rezo del Padre Nuestro el miércoles anterior, me pareció una oración pequeña que se convirtió en una grandeza, un Padre Nuestro de toda la humanidad.
Y después, el mensaje en la Vigilia Pascual en el que nos remarcó el derecho a la esperanza, fundada en el Resucitado y la importancia de permanecer unidos y no olvidar a nadie.

—Y además, recuerda los lugares donde hay guerras. El Papa está siendo el líder mundial más destacado.
—Lo es. Algunos líderes políticos lo reconocen, como Macron. Como manifestación de este liderazgo del Papa Francisco, el Domingo de Pascua expuso una clara hoja de ruta hacia un tiempo nuevo que no es el tiempo de la indiferencia, ni del egoísmo, ni de la división, ni del olvido. Además, una cosa muy importante que hace este Papa es la de incluir a todos, no olvidarnos de las tragedias que hay en otras partes, porque a veces solo reaccionamos con lo que tenemos cerca. Pero no solo denunciar las guerras, sino las divisiones, porque estando todos juntos en la misma barca no tienen sentido las divisiones. Otra cosa es asumir responsabilidades, y cada uno deberá asumir la suya, pero en el momento oportuno.

—Ese ir juntos también se concreta en iniciativas. En su diócesis hay muchas… Una, la aportación económica de los sacerdotes a Cáritas en el mes de abril.
—Fue una iniciativa de todas las diócesis de Galicia, se escribió a los sacerdotes y a los obispos para invitarnos a hacer una aportación voluntaria a Cáritas, enmarcada en la campaña Cada gesto cuenta. Al final de las aportaciones voluntarias de nuestros sueldos de abril, la diócesis va a contribuir con cerca de 24.000 euros. Pero además, ha habido otros donativos de sacerdotes y, por supuesto, de muchas personas de la diócesis que se han sumado a la campaña. En esta diócesis la gente colabora mucho con Manos Unidas y Cáritas. Porque también Manos Unidas en estos precisos momentos tiene una labor muy importante: hacernos conscientes de los problemas que no están cerca de nosotros.

—He visto que Cáritas ha dejado abierto el albergue de Ferrol, uno de los «refugios» de Galicia donde más se prologan las estancias de las personas sin hogar.
—Nada más empezar el confinamiento, el primer problema que nos surgió fue el de la gente que está en la calle y que normalmente atendemos de dos maneras en Ferrol: con un centro de inclusión social —el centro Gabriel Vázquez Seijas— y con el albergue Pardo de Atín, dependiente de la Fundación del Hospital de Caridad de Ferrol, donde hay una comunidad de Siervas de Jesús. Las personas sin hogar están en el albergue y en el centro de día de Cáritas. No nos han faltado voluntarios, sacerdotes e incluso yo mismo me ofrecí para ir al centro de día y al final no ha hecho falta porque hay voluntarios de sobra.
Sí hemos tenido que reforzar el voluntariado de Cáritas en las parroquias porque muchos son personas mayores, con riesgo. Les hemos tenido que decir que no vayan, aunque estaban muy dispuestas. Hay una corriente de solidaridad estupenda y la gente joven también se ha prestado a esto.

—Otra iniciativa solidaria es la de «Xuntos na mesma barca».
—Sí, inspirados en la barca del Evangelio a la que se refirió el Papa. Desde la Pastoral de la Salud se ofrecen los teléfonos de los capellanes, de alguna religiosa, para hablar, porque hay personas a las que no puedes visitar pero sí puedes llamar para acompañarlas en la distancia. Además, se les ofrece un librito para leer el Evangelio de cada día.

—Usted es presidente de la Comisión Episcopal para la Vida Consagrada (CEVC) en la CEE. Muchos consagrados han perdido la vida, alguna congregación hasta 20 personas.
—Sí, hay muchos fallecidos. Y además nos hemos encontrado con comunidades que tenían dificultades para atender a hermanas y hermanos contagiados porque no tenían medios de protección. En comunidades pequeñas donde había gente contagiada tenían que ir desde otros sitios para atenderles. En los monasterios de contemplativas nos encontramos la dificultad de que al no tener visitas no ha habido compras de los productos que elaboran y por tanto han dejado de tener ingresos. Eso ha supuesto un problema económico que tenemos que hacer frente buscando vías de solución las diócesis, las órdenes y congregaciones y la Comisión Episcopal para la Vida Consagrada.

—Entonces, con todo esto, el confinamiento no es tan complicado para la vida consagrada.
—Entre contagios, fallecimientos y dificultades económicas, el confinamiento para la vida consagrada es el menor problema. Debemos hacer una valoración de la incidencia de la enfermedad y sus consecuencias, pero también de lo que supone la entrega abnegada de los consagrados, porque están en primera línea igual que los sacerdotes. Hay congregaciones con clínicas hospitalarias que las han cedido, sin pedir nada a cambio, para los enfermos del coronavirus. Ha habido gestos muy buenos, unos muy llamativos, como la confección de mascarillas en comunidades monásticas, pero las personas consagradas han estado muy implicadas con el compromiso con la sociedad. Hay dos realidades que debemos conocer bien para después tener una visión con perspectiva: la incidencia de la enfermedad en la vida consagrada y la entrega abnegada de las personas consagradas en esta situación.
El pasado 15 de abril escribí a los representantes de cada forma de vida consagrada en la Comisión de Obispos y Superiores Mayores (Cobysuma) para comunicarles la composición de la nueva CEVC y las responsabilidades de cada obispo. En esa carta tuve la oportunidad de agradecer la grandeza y la valentía de las personas consagradas en España durante este tiempo de pandemia. Días después los obispos de la Comisión escribieron a la forma de vida que acompañan o de la que son referente expresando su cercanía en esa misma línea.

—En este momento, comenzando ya la desescalada, nos encontramos ya con las grandes dificultades económicas de las familias. El Papa hablaba del salario universal.
—Es irrenunciable buscar que todas las personas tengan los medios económicos para vivir dignamente. Algunos medios de comunicación han querido contraponer lo que dijo monseñor Argüello con lo que dijo el Papa. No hay contraposición. Nos sumamos al llamamiento del Papa y nos alegramos de que se hagan previsiones para ayudar a superar las dificultades y diferencias que agrava esta crisis y que el solo mercado no va a poder afrontar, con las altas tasas de paro que se esperan. Al mismo tiempo, seguimos luchando para que todas las personas tengan un trabajo decente —derecho humano universal— que les haga desarrollar sus capacidades y crecer en su dignidad.

—Una última cuestión, porque se está hablando de que si vamos a salir mejores, que cómo va a ser… ¿qué ingredientes necesitamos para que realmente esta experiencia nos haga cambiar personal y socialmente?
—Sobre qué va a pasar después, creo que es mucho aventurar. Habrá de todo, bueno y malo. Saldrán cosas muy buenas, pero como consecuencia de esta situación habrá cosas negativas que estarán presentes. No podemos ser tan ingenuos y pensar que todo va a ser bueno. Tenemos que procurar que lo mejor sea lo que prevalezca. En este sentido, sí que creo que es importante que la Iglesia vaya preparando esa reducción del confinamiento y esa progresiva vuelta a una vida de encuentro, de celebraciones, porque va a ser progresiva.
A los arciprestes les decía que tienen que pensar en este acompañamiento de la vuelta progresiva a las actividades, encuentros y celebraciones. Primero, a ver cómo nos situamos los sacerdotes. He ido hablando con ellos y muchos han sufrido. Necesitamos reflexionar y estar cerca de las personas a las que estamos llamados a acompañar para recrear vínculos comunitarios.

—Claro, porque en esta situación estamos todos, también los sacerdotes, y tendrán sus heridas.
—Sí, claro. Pero, de todos modos, hay que dar muchas gracias a Dios por los tiempos que nos toca vivir. Yo creo que este tiempo, con este drama humano que estamos pasando, es una oportunidad para descubrir mucho mejor la profundidad de nuestra fe y el camino de futuro que tiene la humanidad, que para mí es el camino de Cristo Jesús y de la fraternidad universal que Él propone y queremos construir en la Iglesia.
El mejor anuncio de la fe que puede hacer un cristiano hoy es la esperanza plasmada en el amor de las obras misericordiosas y samaritanas. Lo dijo el Papa en la Vigilia Pascual: una esperanza nueva, viva, que viene de Dios, no un mero optimismo. Ese debe ser nuestro mensaje en este momento. No podemos venirnos abajo los cristianos en esta situación. Todo lo contrario. Asumiendo el dolor, creemos en un Cristo vivo y resucitado, esa es nuestra esperanza, nuestro testimonio de Jesús aquí y ahora.

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