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Entrevista a Gregorio Luri: «La vida en común siempre es problemática»

Con las suelas gastadas, aunque entero. El maestro de escuela, filósofo y divulgador, Gregorio Luri, acaba de volver después de haberse echado a los caminos a cazar, como dice Josep Pla, las melodías del mundo. Tras pasar cuatro días compartiendo mesa, oración, cánticos y silencio con la comunidad trapense del monasterio de Santa María de las Escalonias, nos encontramos con él para abordar algunas de las cuestiones subyacentes en su extensa obra ensayística y en particular, en su última publicación con Ediciones Encuentro, La mermelada sentimental; una recopilación de sus mejores artículos en el diario digital The Objective. Sobre la verdad, la belleza, la comunidad, el hecho trascendental, la educación y el arte le preguntamos a Luri.

¿Por qué la verdad ha de ser consoladora?

—Esa es una cuestión mayor, enorme para la cual no tenemos respuesta. Se supone que somos filósofos porque no somos sabios. Si fuéramos sabios, tendríamos la sabiduría, y podríamos administrarla en cómodas dosis a la gente. Si estamos buscando la verdad es porque no la tenemos y si no la tenemos, no podemos descartar que sea común, como decía Heidegger ante Cassirer en el debate de Davos.

—¿Cómo encontrar puntos de encuentro en la comunidad?

—La vida en común es siempre una vida problemática. Siempre. Y a veces, desde posturas muy beatas de la Iglesia, se predica la posibilidad  de realizar el cielo en la tierra entre los hombres, donde todos se llevan muy bien y se ayudan mutuamente… La vida en común es tan problemática que no sabemos cómo no producir exclusiones cada vez que hablamos de nosotros. Por mucho que los grandes románticos socialistas del siglo XIX dijeran que una escuela que se abre es una cárcel que se cierra, el hecho objetivo es que no hemos parado de abrir escuelas y de inaugurar cárceles. No sabemos cómo no generar excluidos. Y ese es uno de los elementos trágicos de la vida en común.

—¿La fe tiene algo que decir en todo esto?

—Nunca ha habido una religión que no creyese que su Dios es el verdadero. Si no crees que tu Dios es el verdadero, eres un impostor. Tú puedes, en todo caso, buscar la manera de afirmar tu propia fe sin por ello imponérsela a nadie pero eso no debería evitarnos, en una sociedad que quiera ser plural, vivir nuestra propia fe; sin enmascararla. A veces se oyen propuestas muy bien intencionadas, pero que no llegan a ningún sitio, de crear algo así como una ética mínima en la cual nos pudiéramos poner todo de acuerdo. Tal cosa, a mi modo de ver, no existe. A lo que debemos aspirar es a una ética lo más alta posible en la cual tú te afirmes en tus convicciones sin por ello ser agresivo con las convicciones ajenas. Pero para que esto sea posible, tu Dios debe ser un Dios misericordioso.

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