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Entrevista a Ester Palma: «Qué bueno es cuando se reconocen los errores»

Una española en Corea. Ester Palma (Misionera de los Servidores del Evangelio de la Misericodia de Dios en Corea. Youtuber)vive como misionera en este país asiático desde que aterrizó allí el 24 de abril de 2006 «a las cinco y veinticinco», tal y como lo cuenta en uno de los vídeos de su canal de Youtube. Allí, en el ciberespacio, también es misionera y, de paso, acerca la cultura coreana a jóvenes de España y Latinoamérica. Estos meses los pasa pendiente de lo que le llega no solo desde su país de origen, sino de todo el globo. Unas noticias las recibe con preocupación y otras con alegría, siempre «con el corazón en todo el mundo». Viviendo en uno de los países que mejor ha manejado la pandemia, se ha convertido inesperadamente en observadora privilegiada de cómo hacer bien las cosas.

—¿Cómo se vive la pandemia en un país que está siendo modelo para otros?
—Nos habíamos sentido muy aliviados, habían pasado ya las ciudades a estar en cero casos. No ha habido confinamiento excepto para contagiados y contactos, después del rastreo que se hace para localizar personas que puedan tener coronavirus. En Itewon, en el centro de Seúl, un joven que tenía que quedarse en casa ha provocado en dos días entre 50 y 60 casos. Están siguiendo la pista a mucha gente, pueden ser dos o tres mil personas, a quienes hacen test gratuitos. Nos han llegado mensajes, si hemos estado en tal discoteca tal y tal día, hay que hacer el test y, si da positivo, quedarse en cuarentena. Ahora hay que acorralar el virus porque no se nos puede ir de las manos. A la mínima que una persona comete una irresponsabilidad…

—Ese rastreo de contactos del que habla en Corea, ¿cómo se hace? Quizás suponga una cierta invasión en la intimidad… ¿cree que eso puede ser posible aquí, en España?
—En 2015 vivimos una crisis parecida con el MERS que no se contagiaba tanto, pero era más letal. Cuando acabó este virus hubo reuniones sobre cómo se podía mejorar y se decidió, para un futuro, rastrear los posibles contactos a los que podría contagiar un infectado. Cuando firmas el contrato del móvil, siempre tienes que dar tu nombre, estás geolocalizado. Además, si el Gobierno necesita tus datos, la empresa se los entregará. Eso sí, es algo que se usa solo en emergencias. Al principio, cuando veías el puntito en el mapa del móvil si salía alguien en cuarentena, tuvo alguna crítica. Pero después esto ha permitido controlar la crisis y ha ahorrado muchas vidas. Es un sistema invasivo porque si estás contagiado los demás ven tu ubicación, tu edad, si eres hombre o mujer, el barrio y los lugares donde has estado los últimos tres días. Pero esto ha sido lo único que ha podido parar el virus, y también hay que añadir que la información se borra a los 15 días. Viendo lo que ha pasado en Estados Unidos, España o Reino Unido, si me preguntaran en un referéndum yo diría que sí. Un ejemplo de cómo funciona el rastreo: en el segundo piso de nuestro bloque vive una estudiante y cuando supo que había pasado muy cerca de un infectado, se autoimpuso una cuarentena de 15 días para no contagiar. En el plano social ha sido admirable ver cómo Corea y su ciudadanía lo manejaban con responsabilidad, agilidad y verdad, poniendo los medios necesarios. Desde 2014 han sido años muy duros a raíz del Sewol, un ferri con 300 estudiantes de institutos: se vio en directo cómo se hundía y fue un trauma a nivel nacional. A partir de ahí, se ha creado un protocolo para cualquier tipo de emergencia y ha funcionado. Qué bueno es cuando se reconocen los errores.

—La imagen de las misiones es muy social, de ayuda en lugares desfavorecidos, pero usted se encuentra en un país muy desarrollado económicamente. ¿Cómo se vive esta vocación en un contexto así?
—Aquí no hacemos una labor tan social, sino más de tocar los corazones y evangelizar. El hombre, aunque tenga materialmente todo, tiene muchas heridas que solo se curan desde el amor de Dios. En Corea hay mucha realidad de suicidio, de soledad, de estrés y, cuando llega la fe, hay una curación.

—¿Ha sentido preocupación respecto a España?
—Hacia España, la mirada ha sido la contraria. ¿Cómo es que no ha habido otra reacción? En los primeros momentos no hubo ni rapidez ni detección. Mis padres son mayores y lo viví con ese miedo humano de que si enfermaban no podría ir a verles, y bueno, hay que ponerse en manos de Dios. Nosotros empezamos a finales de febrero y, cuando estalló el brote con 2.000 contagiados, no descartábamos ir a España, aunque siempre la primera opción fue quedarnos. Más tarde, cuando el coronavirus empezó a controlarse en Corea mientras que aumentaba en España, Estados Unidos o Latinoamérica, casi hasta me sentía mal por estar bien mientras otros sufrían. A mis padres les digo que es mejor que recen desde casa. Mi cuñada es neumóloga y está en primera línea: trato de animarla porque los sanitarios son héroes y han visto escenas horribles. Trato de acompañar desde la fe, hacer sentir a mi cuñada que rezo por ella, que la apoyo y que la gratitud por todo lo que hace no se pierde.

—Las misas públicas vuelven poco a poco en España. Cuando salió la primera noticia al respecto, publicó un vídeo en su canal de Youtube diciendo que le parecía demasiado pronto.
—Con distancia y mascarilla es suficiente para no contagiarse, no hay que tener más miedo. En un contexto como el de España, sin rastreo, en el que no sabíamos los casos y sin test para sanitarios, sí que me parecía precipitado entonces. Si en una Eucaristía hay un contagio no puedes saber qué personas participaron, salvo que sean pocas y se tenga el teléfono de todas. Mi pregunta de fondo es, ¿cuál es la prisa? Tenemos mucha ansia de comulgar, pero por un solo caso, se contagia a tres, luego a nueve… ¿no sería mejor ahorrárselo? Y no me refiero solo a las misas, aunque haya hablado de ese tema porque es el que más me afecta. El mundo de las terrazas me parece terrible, estás bebiendo, compartes la mesa, cada persona toca muchos espacios, se juntan amigos y se pone en contacto una familia con otra. Por ejemplo, tenemos el caso de Guillermo, padre de familia, que había superado un cáncer y que fue de los primeros casos en Madrid que falleció, su mujer ha dado un testimonio de fe… Pienso que quien le contagió, a lo mejor lo hizo sin darse cuenta. Igual tú sufres el coronavirus con diez días malos y con paracetamol, pero tienes que pensar que cerca de ti puede haber un Guillermo.

—En Corea han estado dos meses sin culto público, ¿ha habido, como en España, gente que se ha quejado de no poder participar?
—Aquí no hemos tenido ese movimiento de «que nos devuelvan la misa». La gente tenía esa sed de decir «lo echo de menos», o «me gustaría tenerlo». Por otra parte, ha sucedido que personas que tenían la costumbre de ir a misa solo en domingo, ahora la siguen a diario por Internet.

—Hablando de la Red, usted cada vez gana más suscriptores en su canal de Youtube.
—Seguía desde hace tiempo lo que ya hacían y hacen Daniel Pajuelo y Xiskya Valladares, y he estado en los cursos de iMisión. Entonces, la televisión pública de Corea llamó a nuestra comunidad para hacer un documental mostrando un día entero en nuestra casa, en concreto el de Navidad, que suele atraer mucho, aunque haya pocos católicos en este país. No les pudimos decir que sí, pero al final lo rodaron con otra congregación y cuando salió en la tele fue un boom. Tras hablarlo, pensamos que podíamos hacer eso grabando un día de nuestra vida nosotras mismas. Como no sabía ni tenía cámara, lo hice con el móvil. Es un vídeo muy sencillo que tuvo una respuesta muy buena. A partir de ahí me di cuenta de que era un buen medio para evangelizar. El público al que más llego son jóvenes españoles y latinoamericanos interesados en la cultura coreana o les atrae por el K-pop (pop coreano). También hay quien nos encuentra movido por la curiosidad de que somos misioneras, a ver qué hacemos.

—¿Y cómo lo viven en su comunidad?
—Pues aquí estamos Laurence (belga), Monika (polaca), Christina (coreana), María y yo (españolas). Los servidores del Evangelio solemos vivir en comunidades pequeñas, pero con color internacional. Por un lado, es una suerte porque estás con el corazón en todo el mundo, pero llegan noticias de comunidades en países con situaciones muy crudas. De Perú, muchos contagios; de Togo, que no hay camas de UCI ni respiradores, junto con una cierta discriminación hacia los blancos porque tiene claro que el virus ha llegado de fuera, no estaba antes ahí. Cada país lo vive de una manera diferente: en Estados Unidos, una hermana coreana experimenta mucha discriminación, hasta el punto de tener miedo a salir a la calle, porque no distinguen entre chinos y coreanos y el virus ha venido de China. El coronavirus nos pone ante nuestra vulnerabilidad. A unos nos lleva a profundizar filosóficamente o en la fe, pero a otras personas, por el miedo o por el estrés, les saca lo peor y es un sálvese quien pueda.

—Dentro de esa conexión global, ¿ha tenido tiempo para pensar en cómo nos relaciona todo esto con el medio ambiente?
—Cuando empezó la crisis me leí Querida Amazonía, que te lleva a Laudato Si´. Uno de los gritos que encierra el coronavirus, más allá de la crisis sanitaria, es que no podemos seguir usando la tierra como la usábamos. Siento un grito dentro diciendo que podemos vivir más pobres, ahorrando en luz, en recursos. Un grito de que podemos usar la ropa o el ordenador más tiempo en vez de tener que cambiarlo cada dos años, como parece que nos pide la sociedad. Los recursos tienen que llegar para todos, también el agua. Ahora que se han parado las actividades a nivel pastoral pero podíamos salir de casa, hemos aprovechado para caminar una o dos horas al día y ha sido un reencuentro con la naturaleza muy grande, un encuentro que te lleva a Dios.

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