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Entrevista a Ángel Moreno: «El Crucificado es el más bello de los hombres»

«Hijo, difícilmente se interpretan de manera positiva las huellas del dolor y del sufrimiento, las heridas de la vida. Y, sin embargo, cuando pasa el tiempo, cabe reconocer que donde está tu herida está tu don, porque a uno lo hieren por donde es más sensible». Escucho la voz del hermano con delicadeza, mientras una mariposa reposa su cansancio a escasos milímetros de su sandalia. Es media tarde en el monasterio cisterciense de Santa María de Buenafuente del Sistal, una localidad perteneciente al municipio de Olmeda de Cobeta, en la provincia de Guadalajara. El aire huele a primavera. Como el susurro de una nana sosegada, de fondo, se advierte el cántico de los pájaros. Una melodía armonizada por el rumor de un manantial de agua viva que, desde hace 800 años, no ha dejado de correr. Y ahí me quedo, en el alma de quien me abraza, plenamente consciente de que, dentro de su ser, hay morada para Dios.

El padre Ángel Moreno, capellán del convento, me recibe en la puerta del mismo. Antes de rezar, compartimos heridas, fe y sensibilidad. Lo hacemos mientras nuestro andar va recorriendo las 14 estaciones del vía crucis que rodea este precioso escenario. La decimoquinta está en lo alto del monte. Es mi preferida, la de la Resurrección. Así que, como atrio purificador, le prometo alcanzarla con él tras nuestro encuentro. «Tú ya conoces este hogar de silencio y soledad, y él también te conoce a ti», me cuenta sonriente, mientras señala el pueblo que nos cobija. «Después, cuando terminemos este rato, volvemos a recorrerlo juntos».

La voz del sacerdote es música callada, refugio donde el corazón de Dios alza, a cada instante, su vuelo. Su palabra es inmensidad, brisa y ternura. Y su mirada es el sosiego que enriquece a quien le mira, amanecer profundo donde el eco nace a solas del poema, armonía en el fragor de mil batallas que hoy reposan —junto al brasero— su sentir. El padre Ángel, nacido en Trillo (Guadalajara) hace 75 años, es sacerdote de la diócesis de Sigüenza-Guadalajara, donde desarrolla su ministerio como capellán del monasterio de Buenafuente, párroco de diversos pueblos del Alto Tajo y vicario episcopal para los Institutos de Vida Consagrada. Además, es escritor, poeta y misionero de la Misericordia. Un ministerio que, tras cumplir las bodas de oro sacerdotales, lleva encarnado en sus entrañas. Solo hace falta esculpir tus manos a la estela de su oración para comprobar cómo la Palabra de Dios se hace pan en el desierto cuando solo queda la intemperie…

—Muchos saben de usted pero, quizá, pocos le conocen desde dentro. ¿Quién es Ángel Moreno?

—Soy un rastreador del mundo interior, sensible a la realidad y a los acontecimientos como portadores providentes. Un enamorado de la Palabra de Dios, conducido por ella, necesitado de expresar el alma y obediente a la historia, a la vez que ofrezco el atisbo de luz en el horizonte.

—Está a punto de celebrar 52 años como sacerdote. ¿Cómo late su corazón cuando consagra, día tras día, el Cuerpo y la Sangre de Cristo?

—Es un misterio que me parece mentira y me sobrepasa. ¿Cómo es posible que una palabra humana, y que una mediación tan humana como uno se percibe, pueda transformar la materia en el Misterio que lo realiza? Es que, cuando el Señor da la ráfaga de su presencia, te quedas totalmente K.O.

—¿Y cómo hace para conservar ese amor primero de su niñez?

—Si uno no cuida realmente el acercarse al altar, el altar te expulsa. No puedes manipular el altar. Y el altar tiene tanta fuerza que, como no seas respetuoso con él, en las manos se te ponen el hielo y el fuego, y él te expulsa.

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