Carta del Obispo Iglesia en España

Entre la zarza y la vid, por el obispo de Segovia, César Franco

Entre la zarza y la vid, por el obispo de Segovia, César Franco

Cuando Dios se revela a Moisés en la zarza que arde sin consumirse y éste, lleno de santo temor, le pregunta su nombre, Dios le dice: «Soy el que soy». Teniendo en cuenta el gusto por la concreción del pensamiento hebreo, esta fórmula abstracta resulta sorprendente, cargada de misterio. Parece una definición tomada de la filosofía occidental más que una designación de Dios a las que estamos acostumbrados en las páginas de la Biblia: el Dios de los ejércitos; el Dios compasivo y misericordioso; el Dios de huérfanos y viudas; el que fecunda los senos estériles; el que da vida a los muertos. ¡Cuántos calificativos de Dios tocan la fibra más sensible y directa del corazón del hombre! Dios se revela a Moisés velando su misterio, como queriendo ocultarse detrás de una definición inabarcable, como el fuego misterioso de la zarza que se quema y no se consume.

            En el Evangelio de Juan, llamado el místico o teólogo, Jesús utiliza esta misma fórmula para hablar de sí mismo, haciendo juegos de palabras que parecen glosar la definición dada por Dios a Moisés. En sus polémicas con los dirigentes judíos, Jesús se expresa de manera que parece querer evocar la fórmula «soy el que soy». Así, dice de sí mismo: «Si no creéis que “Yo soy”, moriréis en vuestros pecados» (Jn 8,24). Y aludiendo a su muerte en la cruz, afirma: «Cuando levantéis en alto al Hijo del hombre sabréis que “Yo soy” y que no hago nada por mi cuenta, sino que hablo como el Padre me ha enseñado» (Jn 8,28).

            Ahora bien, en el mismo evangelio de Juan, Jesús se define a sí mismo usando imágenes muy concretas que empiezan con las palabras «Yo soy». Podemos decir que abandona la abstracción para hacerse entender por los más sencillos y humildes, por los ignorantes de quienes se burlaban los fariseos y letrados de Israel. Jesús da de sí mismo siete definiciones ciñéndose a lo más concreto: «Yo soy» —dice— pan, luz, puerta, buen pastor, resurrección, camino-verdad-vida. Y en el evangelio de hoy afirma: Yo soy la vid y vosotros los sarmientos. ¿Puede haber algo más concreto y vital que un trozo de pan? Parece que Jesús quiere mostrar que, al hacerse hombre, rompe la abstracción de Dios para quedar al alcance de la mano de los sencillos. Es verdad que en estas definiciones Jesús no pierde su condición de absoluto. No es un pan, una puerta, una luz cualquiera, sino que es el pan del cielo, la puerta de la vida, la luz del mundo. Tampoco la vid es una vid vulgar, de las que podían verse en los campos de Palestina. Es la «vid verdadera», de la que sus discípulos son sarmientos, que viven de la savia y fuerza de la cepa. Sarmientos que viven gracias a la vid. Entre Jesús y nosotros corre una misma vida que, gracias a su resurrección, eclosiona en abundantes frutos.

            ¿Quién no entenderá esta imagen en la que Jesús, evocando el poema de la viña del profeta Isaías, recuerda a los suyos que sólo viviendo en él daremos fruto abundante? Lo absoluto de Cristo, su ser divino, se aviene a la concreción de la vid y los sarmientos, y al imperativo de permanecer en él si queremos ser partícipes de su vida. El Dios de Israel descubre definitivamente su rostro, su identidad, su cercanía. Sigue siendo «el que es», el Innombrable e Inaccesible en su misterio; pero, al mismo tiempo, es el Encarnado, el Dios con nosotros, que se hace pan, luz, puerta, camino, pastor; y se hace vid para hacernos sarmientos. Su Padre se reveló en una zarza ardiente que no se consumía, indicando la eternidad de su ser. Jesús, el Hijo encarnado, se manifiesta en nuestra propia carne para poder injertarnos en él y, como sarmientos de la Vida, dar fruto abundante. Entre la zarza y la vid ha mediado el Hijo que se ha nombrado a sí mismo con palabras que esclarecen el misterio de Dios. Por eso dice san Juan en el prólogo del evangelio que Cristo ha venido a explicarnos a Dios.

+ César Franco

Obispo de Segovia

 

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