Firmas

Entre la VIDA y la muerte

Entre la VIDA y la muerte

(Artículo reflexión ante la muerte de Eliseo, un joven de 28 años, tras una dura enfermedad)

Esta mañana otoñal –fría y soleada al mismo tiempo- vivo en la contradicción,  que es permanente en lo humano, entre la vida y la muerte. He visitado a un niño que ayer nació en el misterio de ese acontecer que es la vida, donde no nacemos sino que nos nacen. Ahora compartimos este momento de dolor y muerte, que no deja de ser tan mistérico como el nacer, y en el que volvemos a experimentar que no morimos, sino que nos mueren y se nos mueren. Nuestro ser humano se abre, como problema, a la vivencia entre la vida y la muerte. Ahí somos equipados para la vida y despojados en la muerte.

Entre el vivir y el morir está nuestra existencia abierta y limitada, sólo una tarea que nos da propiedad e identidad: la conquista de nuestro yo. El yo personal que nos hace únicos y auténticos en medio de una realidad que nos desborda y nos regala para que podamos ser. El yo que  se elabora y se construye en la medida en que somos amados y capacitados para amar, para vivir humanizando y configurando cada día, cada mañana, cada tarde, cada noche, cada momento que se hace singular en la vivencia personalizada de lo amado.

Así ha sido, porque no podía ser de otra manera, en el ser y hacer de este joven. Ya está su “yo” ultimado, nos puede parecer trágico por su juventud troncada, pero ya está ultimado, ya es definitivo e irreversible, no hay explicación ni vueltas atrás. Él ya ha traspasado el límite de lo problemático, ya no está entre la muerte y la vida, ahora se ocupa de otro misterio en el que nosotros no somos capaces de entrar, aunque no podemos no tomar postura porque la muerte nos radicaliza y nos obliga a vivirla de una manera o de otra. Quizá sólo nos queda ser como los ciegos, que en su ceguera y oscuridad, sospechan y sueñan con la luz, el color y la claridad del amanecer  aunque no la tienen en sus ojos, sino sólo en su espíritu. Soñar la luz en este momento es oficio divino y de creyentes, es un don y una tarea que requiere su tiempo y su profundidad. De todos modos siempre habremos de respetar y comprender a los que en su ceguera  no pueden permitirse, con seguro dolor, sospechar y soñar la luz.

Para unos y otros, si nos queda la contemplación de la vida, agarrarnos al sueño de lo vivido y de lo amado, para fecundarlo con una trascendencia que nos configura en el sentido de la vida, que quiere ser más fuerte que la muerte, aunque aparezca hoy vencido por ella. Nos resistimos a un credo que nos imponga el dogma nihilista de que no ha merecido la pena, que nada tiene sentido, porque todo está muerto y acabado. Hoy, en la despedida de Eliseo, nuestro credo humano, por el simple de hecho de lo vivido, se hace signo de lo válido de esta vida y esta persona más allá de que todos podamos pensar, en nuestras luces cortas, que le quedaba mucho por vivir.

Para los creyentes de lo divino, agarrándonos a nuestro sentir de que Dios es nuestro principio y fundamento, comulgamos con la verdad de lo sencillo donde se nos hace evidente que el absoluto todopoderoso se hace señal en los detalles de la ternura que se derrama en la cotidiano de las vidas y que hoy se nos hace sacramento en lo que ha sido la vida y la persona de Eliseo.  Y lo hace hasta en aquél detalle anecdótico cuando en el colegio de la Compañía de María, puesto en fila con todos los compañeros, en su adolescencia y timidez, –por no llamar la atención-, se acercó y celebró  – sin más discurso ni historia- una comunión que nadie sabía que era la primera. Ojalá, hoy haya sido sorprendente tu primer encuentro desvelado con el Cristo resucitado de la historia, en un abrazo de lo definitivo y lo eterno.

 

Movidos por este sentido, en medio de esta comunidad amorosa y humana, en la que se funde familia, amistad, vecindad, juventud, compañerismo, estudio, profesión… para hacer un solo corazón que compartiendo el dolor y la pena, haga un duelo más humano y compasivo, aliviando y consolando, queremos hacer celebración de la vida, nos resistimos al entierro de la persona y la vida, solo lo aceptaremos  de los despojos cansados de una lucha bien vivida con una enfermedad que no ha ganado, aunque  aparentemente nos ha vencido. Por eso hoy comulgamos con tu yo  conquistado y hecho en proceso entre tu nacer y tu morir. Eliseo, tú eres para nosotros: campo y casa, hijo, hermano, familia, amigo, enamorado, pero sobre todo campeón. Así reza una de las inscripciones  en tus flores, la de tus padres: eres un campeón… es la síntesis del trecho en tu nacimiento y tu muerte. La enfermedad te ha revelado como autónomo, protagonista, fiel, luchador, competente…has llegado hasta el final, no has conseguido la meta, pero tú te has hecho meta para nosotros. Queremos  saber vivir para saber morir, has vivido sanamente tu enfermedad hasta el último momento, hasta el último mensaje, el último suspiro, te has ido durmiendo, para no molestar, y seguro que soñando para no dejar de vivir.

Y ahora,  dolidos y desorientados,  nuestra ceguera –que se  ha alumbrado al recordar retazos de tu vida- nos pide, en la serenidad del abrazo comunitario, un silencio para que nos habite tu ausencia recién estrenada en nuestros corazones. Una ausencia, de dolor y separación, que se rebela y pide resurrección, reencuentro, plenitud, amor total. Eso es lo que ponemos en el altar de la vida, en la mesa de Dios. Tú que te has asociado a Jesús de Nazaret en una vida, pasión y muerte como la suya, ojalá estés ya disfrutando de la vida de lo eterno y del gozo. Cristo ha resucitado, y queremos creer, soñar y sospechar que tú también con Él.

José Moreno Losada. Sacerdote de Badajoz

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