Carta del Obispo Iglesia en España

Entre emoticonos anda el juego, por el cardenal Juan José Omella, arzobispo de Barcelona

Entre emoticonos anda el juego, por el cardenal Juan José Omella, arzobispo de Barcelona

Carta dominical del arzobispo de Barcelona, Card. Juan José Omella, correspondiente al próximo domingo, 4 de agosto de 2019

Explica un cuento popular lituano que una vez se reunieron todos los sentimientos, cualidades, virtudes y defectos de las personas. Cuando el Aburrimiento había bostezado por tercera vez, la Locura les propuso jugar al escondite. La Curiosidad, sin poder contenerse, preguntó: «¿Al escondite? ¿Cómo se juega?». «Es un juego -explicó la Locura-, en que yo me tapo la cara y comienzoa contar del uno a mil. Mientras tanto, vosotros os escondéis. El primero que sea encontrado ocupará mi lugar».

La primera en esconderse fue la Pereza, que como siempre se dejó caer tras la primera piedra del camino. La Fe subió al cielo y la Envidia se escondió detrás de la sombra del Triunfo, que con su propio esfuerzo había logrado subir a la copa del árbol más alto. La Generosidad casi no conseguía esconderse porque cada sitio que encontraba le parecía maravilloso para alguno de sus amigos y se lo cedía. El Egoísmo encontró un sitio muy bueno, pero solo para él. La Mentira se escondió en el fondo de los océanos, mientras la Realidad se ocultó detrás del arco iris. El Olvido no recuerda dónde se escondió. Cuando la Locura contaba 999, el Amor no había encontrado todavía ningún sitio, porque todo estaba ocupado, hasta que de pronto divisó un rosal y, enternecido, decidió esconderse entre sus flores. «¡Mil!», contó la Locura, y entonces comenzó a buscar.

La primera en aparecer fue la Pereza. Después oyó a la Fe discutiendo con Dios sobre teología. Luego encontró a la Envidia y, claro, pudo deducir dónde estaba el Triunfo. Al Egoísmo no tuvo ni que buscarlo, salió disparado de su escondite porque resultó ser un nido de avispas. En cambio, la Angustia estaba bien escondida dentro de una cueva. Y así, uno a uno, fue encontrando a todos ellos.

Sin embargo, el Amor no aparecía por ninguna parte. La Locura lo buscó detrás de cada árbol, en la cima de las montañas… Y cuando estaba a punto de darse por vencida, se cruzó con la Generosidad, que con su sonrisa le dio una pista… y así divisó un rosal cuajado de rosas. Emocionada, comenzó a mover las ramas, hasta que de pronto se oyó un doloroso grito: las espinas de una rosa habían herido gravemente los ojos del Amor, cegándolo. La Locura, desconcertada, no sabía qué hacer para disculparse. Lloró, imploró, pidió perdón y prometió ser su lazarillo. Y así es como desde entonces el amor es ciego y la locura siempre lo acompaña.

Esta historia nos da muchas lecciones, pero por encima de todo, nos enseña a mirarnos al espejo y a ser conscientes de las características de nuestra personalidad, que nos hacen reaccionar de distintos modos ante las circunstancias de la vida. Son expresiones que viven en nuestro interior y que a veces se asoman. A muchas de ellas ya les hemos puesto cara, sí, a través de los conocidos y populares emoticonos, cada vez más utilizados en mensajes rápidos.

Queridos hermanos, juguemos al escondite pero no nos escondamos de nosotros mismos. Y todo aquello que nos incomode dejémoslo al inmenso océano de la misericordia de Dios.

Card. Juan José Omella

Arzobispo de Barcelona

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