Editoriales Ecclesia

Entrañable y aleccionadora penúltima carta de Benedicto XVI, cinco años después – editorial Ecclesia

Entrañable y aleccionadora penúltima carta de Benedicto XVI, cinco años después – editorial Ecclesia

Las 11 de la mañana del lunes 11 de febrero y las 8 de la tarde del jueves 28 de febrero de 2013 han quedado registradas ya para siempre en los mejores anales historia de la Iglesia. Son las horas y las fechas respectivas del anuncio y de la renuncia efectiva del Papa Benedicto XVI, tras casi ocho años de pontificado. Precisamente, nos hallamos ahora en el quinto aniversario de aquellos extraordinarios y hasta trepidantes acontecimientos, a los que siguieron el precónclave y el cónclave, que, el miércoles 13 de marzo, ya en atardecida y lluvioso, nos deparó otra gran sorpresa, otra inmensa gracia de Dios: la de la elección del cardenal Bergoglio como Papa Francisco.

En las vísperas de estas fechas, el primero de los protagonistas citados –el protagonista principal no cabe duda de que fue el providente Dios único Señor de la Iglesia- ha vuelto a comparecer, con la finura, discreción y entrañabilidad que le caracterizan, en medio de la actualidad. Ha sido a través de una carta al director del principal diario italiano (ver página 33). ¿Qué es lo que dice, qué es lo que transmite el Papa emérito? Muy sencillo: acción de gracias, sencillez y conciencia clarividente de que está ”en peregrinación hacia la Casa”. Esta última idea ya la expresó asimismo Benedicto XVI en sus últimas palabras como Papa en ejercicio, ya en Castelgandolfo, en la citada tarde del jueves 28 de febrero, cuando afirmó ser ya “simplemente un peregrino que empieza la última etapa de su peregrinación en esta tierra”.

También en aquellas palabras, recién llegado a Castelgandolfo, tras dejar el Vaticano, Benedicto XVI formuló este compromiso: “Quisiera trabajar todavía con mi corazón, con mi amor, con mi oración, con mi reflexión, con todas mis fuerzas interiores, por el bien común y el bien de la Iglesia y de la humanidad”.  Cinco años después, comprobamos, con gozo y gratitud, que lo ha hecho y lo sigue haciendo con su sola y discretísima presencia   y su cabal testimonio de silencio, ofrenda y plegaria.

Por todo ello, esta penúltima carta de Benedicto XVI –nos resistimos a pensar que será la última…- encierra, a nuestro juicio, varias lecciones e interpelaciones. La primera ya está sugerida y casi formulada: la grandeza del Papa emérito.  Nada que no supiéramos hasta ahora, pero que bueno será volver, siquiera sumariamente, a subrayar.

En segundo lugar, la renuncia de Benedicto XVI no fue fruto de la improvisación o la precipitación, ni de los conocidos, lamentables y dolorosos casos como el “Vatileaks 1” o la cascada en la divulgación de escándalos de pederastia. Fue fruto de una decisión responsable, consciente, audaz y valiente, madurada largamente en la oración, el discernimiento y el sufrimiento. Los más estrechos colaboradores de Ratzinger nos lo contaron entonces y nos lo han vuelto a recordar ahora. No menos de nueve meses (desde finales de marzo de 2012 a primeros de febrero de 2013) fue el tiempo de gestación de una decisión histórica y de suma transcendencia. Ello nos llama a todos a tomar ejemplo, a no actuar “en caliente”, a pasar nuestra vida entera –máxime en sus dificultades y contrariedades- bajo el tamiz de la oración, la abnegación, la humildad y la conciencia recta, generosa y cristianamente iluminada.

En tercer lugar, Benedicto XVI, muy próximo entonces a los 86 años, evidenció que en la Iglesia y en la sociedad no hay servicio menor, que siempre hay que estar abiertos y disponible a las mociones del Espíritu, a los signos de los tiempos y a la realidad, y que el valor de la ancianidad y de la fragilidad es inconmensurable. Y estos cinco años de su servicio humilde, orante, oferente, silente, a veces fatigoso –como él mismo acaba de escribir- y desprovisto de notoriedades y alharacas contienen una riqueza incalculable y que se convierten, así, en modelo y en referencia para las personas mayores e igualmente para todos.

Por último, la primera renuncia de un Papa, al menos desde el siglo XV, volvió a verificar que es Dios quien rige con amor y sabiduría la nave de su Iglesia. Y como de su plenitud de amor, entonces y ahora también, seguimos recibiendo gracia tras gracia (cf Jn 1, 16) con la persona y ministerio de su sucesor, el Papa Francisco y el soplo de puro Evangelio que nos transmite cada día.

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