Opinión

Enterrar a los muertos (Obra de misericordia)

Enterrar a los muertos (Obra de misericordia)

Hace poco, María Ángeles se despedía de todos antes de partir para la vida eterna. Antes de ayer, los expertos le decían a Juan que, según el diagnóstico, debería estar ya en el cielo, y él nos decía que aquí seguía, «rompiendo estadísticas», luchando y agradecido por todo lo que ha vivido. Felisa, con sus casi cien años,  nos dice que ya está en la meta, «a ver cuándo Dios le da el paso». Historias con vida de estos tres hermanos, cercanos a nuestra parroquia.

Enterrar a los muertos es una de las Obras de Misericordia que nos propone el Evangelio de Jesús. Todas las  personas venimos a la existencia por la puerta de lo pequeño y lo diario a construir nuestra propia historia. Llegamos desde lo que somos –mortales-, y la tarea no es otra que saber vivir muriendo para morir viviendo. Cada día en nuestras manos es como una flor del campo que por la mañana florece y por la tarde se seca y pide ser segada, para dejar lugar a la novedad de otro color mañanero, también pasajero en la flor de un día nuevo para ser acabado. Vivir y morir es nuestra realidad y saber hacerlo es nuestra identidad. Cada día decidimos lo que vamos a hacer y cómo lo vamos a vivir, morir, entregar, agotar, consumar…

Esta tensión vital requiere una atención fuerte cuando nos llega la presencia anunciada de un agotamiento vital, en la enfermedad, en el accidente, en la vejez… Tanto para el que tiene que protagonizar su camino hacia la muerte, como para aquellos que, amando al que muere, tienen que elaborar su duelo y su pérdida. Vivir unidos ese proceso es un reto de vida cristiana, decompartir almado, de compasión y de misericordia mutua. A la vez que es una llamada a la comunidad cristiana.

Todos tenemos que vivir este proceso en nuestra persona y a todos nos toca, de un modo u otro, acompañar a seres queridos y cercanos en estavivencia del morir. Abramos el corazón a esta obra de misericordia.

En el evangelio, Jesús de Nazaret nos habla de un modo de vivir y de morir nuevos:«El que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá.Y todo aquel que vive y cree en mí, no morirá eternamente»Juan 11, 25-26

Acompañar y amar

 Tenemos ejemplos vivos y recientes de nuestras comunidades y familias que nos hablan de saber morir, de saber acompañar y amar en el proceso de esta vivencia tan radical de ser y de la existencia. Es un momento único de ultimidad y de profundidad para unos y para otros, y lo fundamental no puede ser otra medicina que la compasión y la misericordia.  Entrar en la pasión, para que nadie quede solo en el dolor, abrazar en el miedo, consolar en la tristeza, agradecer en la alabanza, gestionar y colaborar en la despedida, favorecer la reconciliación, rodear de ternura y de paz todos los momentos. Después, vendrá el duelo de la ruptura y la pérdida, y ahí la comunidad ha de estar unida y centrada para los que quedan rotos y heridos en el dolor de la separación. Enterrar no es algo puramente físico, es todo un proceso de vivencia de la pérdida y su duelo. Todos necesitamos elaborar nuestros duelos y vivirlos acompañados.

¿Qué podemos hacer?

No ocultar la debilidad y la muerte de nuestras vidas, no expulsarlas de la sociedad, ayudarnos a tomar conciencia de nuestro ser mortales y de vivir en la contemplación de lo que realmente somos y del valor de la vida diaria.

Acompañar a los que sabemos que viven situaciones y procesos de ultimidad, ya sea por enfermedad grave o por ancianidad.

Colaborar y agradecer el servicio de cuidados paliativos en la atención a los enfermos.

Valorar, animar y favorecer asociaciones como “Por ellos”, padres que se unen para vivir el duelo de los hijos que murieron.

Colaborar con el Centro de Escucha “San Camilo-Guadalupe” , y otros,  que entre sus funciones tiene ayudar a elaborar los duelos en la pérdida de seres queridos.

Estar cercanos a los que viven pérdidas fuertes en sus familias.

¿Estamos dispuestos?

Y los creyentes también podemos orar.

 

Por José Moreno Losada

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