Opinión

Enseñar al que no sabe, por José-Román Flecha Andrés, en Diario de León (23-7-2016)

Enseñar al que no sabe, por José-Román Flecha Andrés, en Diario de León (23-7-2016)

El listado de las obras de misericordia espirituales se inicia tradicionalmente por la enseñanza. Seguramente esta prioridad recuerda los tiempos en los que muchas personas no podían tener acceso a la escuela y mucho menos a una educación superior.

Enseñar no es sólo transmitir conocimientos sino, sobre todo, ayudar a descubrir un sentido para la vida. El objeto de la enseñanza no es sólo la erudición, sino la formación de la persona. Enseñar no es sólo compartir conocimientos técnicos, sino sobre todo transmitir valores éticos.

No se trata tanto de conocer más cuanto de conocerse más y mejor. De ahí que la enseñanza haya de ser integral, personalizada, respetuosa y libre. “Enseñar al que no sabe” significa hoy ofrecer una orientación moral con la palabra y los escritos, con los espectáculos y con las nuevas tecnologías y sobre todo, con el ejemplo y el testimonio.

En el mundo bíblico Esta tarea de enseñar al ser humano compete, en primer lugar al mismo Dios. El piadoso israelita ruega al Señor que le revele su voluntad: “Señor, enséñame tus caminos, instrúyeme en tus sendas: haz que camine con lealtad” (Sal 25,4). Es Dios quien ha de enseñarle a cumplir fielmente su voluntad (Sal 143,10).

Pero si Dios es el Maestro de Israel, también el creyente ha de cumplir su misión de enseñar a los demás a conocer y venerar a Dios y a comportarse adecuadamente en la vida. Según el libro de los Proverbios, la educación es una tarea de la familia: “Atiende, hijo, la instrucción de tu padre; no rechaces la enseñanza de tu madre” (Prov 6,20).

En los evangelios se concede una gran importancia a la doctrina que Jesús transmite en las sinagogas, en las plazas y en el templo de Jerusalén. Todos advierten que enseña con autoridad (Mt 7,29).

El camino que recorre Jesús junto a los discípulos que salen de Jerusalén y se dirigen hacia Emaús es un buen ejemplo de esta obra de misericordia. Asistidos por la fuerza del Espíritu de Dios, estos discípulos podrán enseñar un día a la multitud de sus oyentes en el nombre de Jesús.

Por su parte, san Pablo trata de enseñar lo que ha recibido del Señor a través de la tradición. En las comunidades cristianas primitivas se sabe que los hermanos han de tratar de enseñarse unos a otros (Col 3,16).

Nadie ha sido llamado a imponer sus opiniones a los demás. Nadie es dueño de la verdad. En toda persona duermen las semillas del bien. Al tratar de enseñar a los demás descubrimos con gratitud que nosotros recibimos de ellos las mejores enseñanzas de nuestra vida.

A los cristianos, esta obra de misericordia nos recuerda nuestra propia vocación. Todos los creyentes en Jesucristo hemos sido enviados para enseñar el camino de Dios, para ayudar a las gentes a descubrir a Jesucristo, para dejarse guiar por el Espíritu que da la vida.

José-Román Flecha Andrés

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