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Enrique Sanz Giménez-Rico SJ, rector de Comillas:«Trabajemos para que la Universidad sea un servicio que transforme la sociedad»

«Salud, sabiduría y humor». Son las tres cosas que el nuevo rector de la Universidad Pontificia Comillas, Enrique Sanz Giménez-Rico SJ, le pide a san Ignacio antes de la toma de posesión, este jueves 3 de junio. Un acto en la Universidad en la que empezó como alumno y que, después de su periodo como docente primero y como decano de Teología y de Derecho Canónico desde 2015, suman más de veinte años ligado a la institución. Un recorrido de «identidad y misión» que es al mismo tiempo un servicio a la Iglesia y a la sociedad, un reto de la Universidad para transformar el mundo a través de ciudadanos formados en la transversalidad. «Buscar los puntos que nos unen, que son muchos más de los que nos separan, para trabajar juntos por la Casa Común, por el cuidado del otro y así, recuperar el espíritu originario de la universidad».

—Tras toda su vivencia en el mundo universitario, ¿podríamos decir que la pandemia ha marcado un antes y un después?

—La pandemia lo que ha hecho ha sido ponernos delante, de manera más clara, algunas de las cosas que de forma incipiente estábamos queriendo sacar adelante. Tiene mucho que ver con el aprendizaje de los alumnos. Ha cambiado mucho el perfil de alumno que viene a la Universidad y, por tanto, su modo de acercarse al saber, su modo de hacerse preguntas y buscar respuestas. Su aprendizaje ya estaba cambiando, y con la pandemia esto se ha tenido que acelerar y multiplicar. No significa que en ese paso se haya perdido calidad. Creo en ese sentido que tenemos que aprovechar esta pandemia para llevar adelante estos nuevos modos de aprender de los alumnos. Y esto tenemos que hacerlo desde la cultura del esfuerzo y el trabajo porque la innovación docente es una cultura que quiere aprovechar muchos recursos y quiere completar un modo de aprender más clásico, pero nunca dejando de lado el esfuerzo y trabajo de alumnos. Y teniendo en cuenta que esta cultura nueva está basada en las nuevas tecnologías, no podemos dejar de lado el interés por el mundo universitario que es el saber holístico y más transversal. Es verdad que la gente ahora se hace otro tipo de preguntas, pero ojalá la universidad recupere su espíritu originario.

—¿Y cómo nos organizamos para «volver» a una «normalidad» postcovid?

—La Universidad ha trabajado desde el principio con un criterio muy bien dado por al anterior rector, Julio Martínez SJ. El fin de la Universidad era y será el aprendizaje. Hemos necesitado medios humanos y tecnológicos. Y pese a que creemos en esos medios, ha llegado el momento de pensar cómo podemos usar mejor lo que hemos tenido que usar por «obligación o necesidad». Ya tenemos un poco de experiencia para saber seleccionar qué herramienta utilizar. Las reuniones a través de plataformas son útiles, pero la presencialidad y cercanía son muy necesarias. En este sentido, ojalá la situación sanitaria nos lo permita y podamos usar este know how adquirido para hacer una buena reflexión sobre ello.

—Usted ha sido profesor de Literatura Sapiencial, esa experiencia de reflexión se acumula y se transmite, ¿cómo podemos acercar esto a los alumnos?

—El mundo sapiencial lo que busca es aprender a conocer la vida para bandearse en ella. Siempre pongo en clase el mismo ejemplo: El mundo sapiencial mira las nubes y dice, va a llover, por lo tanto cojo el paraguas. Si voy a la calle sin paraguas no voy a culpar al otro. Hay un acercamiento a la realidad, un interés por saber y por comprometerse con ese saber. El mundo sapiencial ofrecería lo que hoy llamamos «competencias transversales». Traduciendo las categorías sapienciales al mundo de hoy y a lo que queremos buscar, además de las competencias más propias de cada estudio, se pretende que el alumno pueda adquirir otras que le ayuden a acercarse a la vida desde un autoconocimiento personal. Ahondar en cuáles son sus emociones, deseos, límites, luces oscuras… Desde lo que es trabajar con otros, desde lo que es relacionar trabajo y servicio a la sociedad. Nosotros no trabajamos solo por trabajar, sino para servir a la sociedad. Son ese tipo de competencias que algunos llaman soft skills las que ayudan a completar las competencias más propias de los alumnos y que, por un lado, facilitan que su aprendizaje sea más completo y adaptado a la vida de hoy y adaptado a lo que hoy en día está demandado la administración pública y las empresas particulares.

—Trasladándolo a la actualidad, en un momento de polarización, tal y como expresa el secretario general de la CEE, Luis Argüello, «vivimos en una permanente dialéctica de contrarios». ¿Qué importancia tiene el diálogo, el consenso, la escucha y demás valores que puede aportar una universidad católica a la sociedad?

—Nosotros, a través de actividades más estrictamente académicas y a través de otro tipo de actividades como pueden ser presentaciones de libros, diálogos… tratamos de que esta capacidad para «conocerme a mí en relación con el otro» no sea un conocimiento egocéntrico. Hay que reconocer el valor del otro y el diálogo con él. Discutir, y al final llegar a hacer un trabajo juntos. Lo primero que hacemos es descubrirnos en relación con otro y vislumbrar que el otro es tan valioso como yo. No es mi rival ni mi enemigo. Este punto es en el que podemos unir nuestros valores y sacar un proyecto juntos. La universidad es un lugar que puede ayudar mucho a hacernos conscientes. A los que nos dedicamos a la formación, y que de la misma forma puede aplicarse a la vida espiritual, no nos une la confrontación, sino todo lo contrario, es precisamente la concordia y el encuentro de los diferentes.

—¿En ese diálogo y encuentro con los diferentes se ha dado la aportación del grupo de expertos de la Universidad Pontificia Comillas que han participado en la elaboración de la Ley Orgánica de Protección de la Infancia y la Adolescencia aprobada en abril por el Congreso?

—Así es. Nosotros tenemos en la Universidad varios expertos, y entre ellos las profesoras Clara Martínez y Miriam Cabrera han liderado un proyecto que denominamos Holistic y que está detrás de esta nueva Ley. Una ley que precisamente quiere no tanto poner el énfasis en las sanciones a los que no respeten a los menores, sino cuidar al menor y protegerlo. Crear los cauces judiciales para que eso se dé, y crear otro tipo de cauces para que esta centralidad que tiene el cuidado del menor, su protección, sea el aspecto fundamental. Tenemos una Cátedra que trabaja en ello que ofrece formación en todo lo que se llama técnicamente «entorno seguro».

—Un «entorno seguro» que remite precisamente al informe Sistema de Entornos Seguros presentado por la Compañía de Jesús junto con el Informe sobre los abusos cometidos por religiosos jesuitas en España, desde el año 1920 hasta ahora. Informes pioneros y que demuestran el trabajo por la creación de un entorno seguro en obras y tareas.

—Efectivamente, es un informe muy cuidado y detallado basado en unos criterios que son muy propios de la Compañía de Jesús. El primero, la escucha. El segundo, la atención a las víctimas y su sanación en la medida que podamos. El tercero, el aprendizaje para el futuro. ¿Qué podemos aprender de todo esto que hemos hecho y que hemos hecho mal?

—Un aprendizaje que nos lleva a hacernos preguntas. Precisamente, estudios como la Teología interpelan y ayudan a reflexionar. ¿Es tiempo de impulsar estos estudios?

—Ciertamente. Los estudios de Teología han recibido por nuestra parte, por la Universidad y por la Compañía de Jesús, un impulso muy grande en los últimos años. Los alumnos han tenido la oportunidad de tener estudios en relación con la protección del menor, desde el punto de vista del Derecho o de la Pastoral. Hemos implantado algunas asignaturas que tratan de temas tan actuales como la eutanasia, la relación con la vida, el fenómeno migratorio, la familia, la Ciencia o la Religión. Preguntas que se hace mucha gente y a las que la Teología puede dar respuesta. Otra aportación que puede hacer la Teología en la que creemos mucho en Comillas es aprender a leer «la Literatura y la Tradición». La Literatura ha tratado de llegar a cuáles son las preguntas existenciales importantes y las preguntas definitivas sobre Dios que nos podemos hacer los seres humanos sea cual sea nuestra creencia. En este sentido nos pueden ayudar a acercarnos a preguntas fundamentales de la existencia humana.

—Y estas preguntas se las puede hacer un joven católico o uno que no lo es… En esta sociedad tan secularizada… ¿dónde están los jóvenes, unos y otros?

—Los jóvenes están en muchos lugares, y hay que dejarlos que estén. Con el contacto que tengo, académico, de familiares o amigos, creo que los jóvenes de hoy aprecian dos cuestiones que son muy teológicas en el fondo: La escucha y el relato. Pongo un ejemplo del ámbito secular. Al reunirme con alumnos o con sobrinos en edad adolescente, les he contado historias sobre Roma en torno a una pizza. Es el valor del relato, la escucha. Ellos necesitan escuchar y ser escuchados y curiosamente lo que hacen es ni escuchar ni ser escuchados porque quieren estar en diversos lugares a través de las pantallas, pero cuando se acercan al valor de la escucha encuentran una resonancia con valores espirituales. Cuando les empiezas a contar experiencias o historias religiosas expresan esa sed que tienen dentro. Ellos utilizan mucho la expresión «estoy alejado de la Iglesia». Lo que habrá que hacer es mucho trabajo personal, seguimiento, acompañamiento. Eso es lo que necesitan los jóvenes. Cuando se sienten escuchados y pueden formular con palabras desordenadas o inoportunas, nosotros debemos ordenarlas y hacerlas más oportunas. Es decir, que se sientan consolados y que noten algo, algo que les mueve a hacer. Es importante acercar sus experiencias de tipo solidario o caritativo a lo que es más una experiencia religiosa y eso es un gran reto. Detrás de la solidaridad hay una experiencia religiosa, unir estas dos realidades para que sean una.

—Buscar el nexo común de lo que nos une, porque es más de lo que nos separa. Lo vemos a menudo cuando los jóvenes se lanzan a ayudar voluntariamente en situaciones que requieren un compromiso. En ese punto de unión es donde debemos confluir.

—La Iglesia no es solo un grupo de fieles, sus ministros o sus pastores, y esto tiene mucho que ver con las imágenes que hemos vivido. Si fuéramos capaces de expresar mejor que somos caridad y solidaridad, que el amor se pone más en las obras que en las palabras que diría san Ignacio,  posiblemente tendríamos un punto de enganche muy fuerte. A los jóvenes les faltan categorías, conceptos, una base que es lo que la Iglesia podría aportar y tratar de acercarnos a la gente con tiempo y con paciencia y con una palabra adecuada que ordene este desorden.

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