Rincón Litúrgico

En varios idiomas XLVII Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales y homilías de la Ascensión

ascension jesus 1

En varios idiomas XLVII Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales y homilías de la Ascensión

Mensaje de Benedicto XVI. Recopilado por fray Gregorio Cortázar Vinuesa

«Redes Sociales: portales de verdad y de fe; nuevos espacios para la evangelización» (ge ar sp fr en it pl po)

 

LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR

NVulgata 1 Ps 2 2 EBibJer2ed (en) – Concordia y ©atena Aurea (en)

 

(1/3) Juan Pablo II, Homilía en San Pedro: jueves 24-5-2001 (ge sp fr en it po): «1. Nos hallamos reunidos en torno al altar del Señor para celebrar su ascensión al cielo. Hemos escuchado sus palabras: «Cuando el Espíritu Santo descienda sobre vosotros, recibiréis fuerza para ser mis testigos… hasta los confines del mundo» (Hc 1, 8) (…). Estas palabras del Señor resucitado impulsan a la Iglesia a adentrarse en el mar de la historia, la hacen contemporánea de todas las generaciones, la transforman en levadura de todas las culturas del mundo.

Las volvemos a escuchar hoy para acoger con renovado fervor la orden que un día Jesús dio a san Pedro: «Duc in áltum, rema mar adentro» (Lc 5, 4), una orden que quise que resonara en toda la Iglesia con la carta apostólica Novo millennio ineunte (ge zh sp fr hu en it lt pl po), y que a la luz de esta solemnidad litúrgica cobra un significado más profundo aún. El áltum hacia el que la Iglesia debe dirigirse no es solo un compromiso misionero más fuerte, sino también, y sobre todo, un compromiso contemplativo más intenso. Como los Apóstoles, testigos de la Ascensión, también nosotros estamos invitados a fijar nuestra mirada en el rostro de Cristo, elevado al resplandor de la gloria divina.

Ciertamente, contemplar el cielo no significa olvidar la tierra. Si nos viniera esta tentación, nos bastaría escuchar de nuevo a los «dos varones vestidos de blanco» de la página evangélica de hoy: «¿Qué hacéis ahí plantados mirando al cielo?». La contemplación cristiana no nos aleja del compromiso histórico. El «cielo» al que Jesús ascendió no es lejanía, sino ocultamiento y custodia de una presencia que no nos abandona jamás, hasta que él vuelva en la gloria. Mientras tanto, es la hora exigente del testimonio, para que en el nombre de Cristo «se predique la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos» (cf Lc 24, 47) (…).

La alegría colmó el corazón de los Apóstoles, después de que el Resucitado, bendiciéndolos, se separó de ellos para subir al cielo. En efecto, dice san Lucas que, «después de adorarlo, se volvieron a Jerusalén con gran gozo, y estaban siempre en el templo bendiciendo a Dios» (Lc 24, 52-53).

La naturaleza misionera de la Iglesia hunde sus raíces en este icono de los orígenes. Lleva impresos sus rasgos y vuelve a proponer su espíritu. Vuelve a proponerlo comenzando por la experiencia de la alegría que el Señor Jesús prometió a cuantos lo aman: «Os he dicho esto, para que mi gozo esté en vosotros, y vuestro gozo sea colmado» (Jn 15, 11).

Si nuestra fe en el Señor resucitado es viva, nuestro corazón no puede menos de colmarse de alegría, y la misión se configura como un «rebosar» de alegría, que nos impulsa a llevar a todos la «buena nueva» de la salvación con valentía, sin miedos ni complejos, incluso a costa del sacrificio de la vida (…).

3. Precisamente esta experiencia convirtió a san Pablo en el «Apóstol de los gentiles», llevándolo a recorrer gran parte del mundo entonces conocido, bajo el impulso de una fuerza interior que lo obligaba a hablar de Cristo: «¡Ay de mí si no predicara el Evangelio!» (1Co 9, 16) (…).

4. «Seréis mis testigos». Estas palabras que Jesús dirigió a los Apóstoles antes de la Ascensión explican bien el sentido de la evangelización de siempre, pero, de modo especial, resultan sumamente actuales en nuestro tiempo. Vivimos en una época en que sobreabunda la palabra, repetida hasta la saciedad por los medios de comunicación social (…). Pero lo que necesitamos es la palabra rica en sabiduría y santidad.

Por eso en la Novo millennio ineunte escribí que «la perspectiva en la que debe situarse el camino pastoral es la santidad» (n. 30), cultivada en la escucha de la palabra de Dios, la oración y la vida eucarística, especialmente durante la celebración semanal del Dies Domini. Solo gracias al testimonio de cristianos verdaderamente comprometidos a vivir de modo radical el Evangelio, el mensaje de Cristo puede abrirse camino en nuestro mundo.

La Iglesia afronta hoy enormes desafíos, que ponen a prueba la confianza y el entusiasmo de los heraldos (…). El mundo moderno, incluso cuando se muestra sensible a la dimensión religiosa y parece redescubrirla, acepta a lo sumo la imagen de Dios creador, mientras que le resulta difícil aceptar –como sucedió con los oyentes de san Pablo en el areópago de Atenas (cf Hc 17, 32-34)– el scandalum crucis (cf 1Co 1, 23), el «escándalo» de un Dios que por amor entra en nuestra historia y se hace hombre, muriendo y resucitando por nosotros.

Es fácil intuir el desafío que esto implica para las escuelas y las universidades católicas, así como para los centros de formación filosófica y teológica de los candidatos al sacerdocio, lugares en los que es preciso impartir una preparación cultural que esté a la altura del momento cultural presente.

Otros problemas derivan del fenómeno de la globalización, que, aunque ofrece la ventaja de acercar a los pueblos y las culturas, haciendo más accesible a todos un sinfín de mensajes, no facilita el discernimiento y una síntesis madura, sino que favorece una actitud relativista, que hace aún más difícil aceptar a Cristo como «Camino, Verdad y Vida» (Jn 14, 6) de todo hombre (…).

5. El misterio de la Ascensión nos abre hoy el horizonte ideal desde el que se ha de enfocar nuestro compromiso. Es, ante todo, el horizonte de la victoria de Cristo sobre la muerte y el pecado. Asciende al cielo como rey de amor y de paz, fuente de salvación para la humanidad entera. Asciende para «ponerse ante Dios, intercediendo por nosotros», como hemos escuchado en la lectura de la carta a los Hebreos (Hb 9, 24). La palabra de Dios nos invita a tener confianza, porque «es fiel quien hizo la promesa» (Hb 10, 23).

También nos da fuerza el Espíritu, que Cristo derramó sin medida. El Espíritu es el secreto de la Iglesia de hoy, como lo fue para la Iglesia de la primera hora. Estaríamos condenados al fracaso si no siguiera siendo eficaz en nosotros la promesa que Jesús hizo a los primeros Apóstoles: «Voy a enviaros la promesa de mi Padre; vosotros quedaos en la ciudad, hasta que seáis revestidos de la fortaleza de lo alto» (Lc 24, 49). El Espíritu, Cristo, el Padre: ¡Toda la Trinidad está comprometida con nosotros! (…).

Nuestros compromisos (…) no los afrontaremos solo con nuestras fuerzas humanas, sino con la fuerza que viene «de lo alto». Esta es la certeza que se alimenta continuamente en la contemplación de Cristo elevado al cielo. Fijando en él nuesta mirada, aceptemos de buen grado la exhortación de la carta a los Hebreos a «mantenernos firmes en la esperanza que profesamos, porque es fiel quien hizo la promesa» (Hb 10, 23).

Nuestro renovado compromiso se hace canto de alabanza, a la vez que, con las palabras del Salmo, indicamos a todos los pueblos del mundo a Cristo resucitado y elevado al cielo: «Pueblos todos, batid palmas, aclamad a Dios con gritos de júbilo… Dios es el rey del mundo» (Sal 47, 1. 8). Por tanto, con renovada confianza, «rememos mar adentro» en su nombre».

(2/3) Benedicto XVI, Regina caeli: domingo 20-5-2007 (ge hr sp fr en it po): «Queridos hermanos y hermanas, en algunos países se celebra hoy la solemnidad de la Ascensión del Señor, que la liturgia recordó el jueves pasado. Jesús resucitado vuelve al Padre, así nos abre el camino a la vida eterna y hace posible el don del Espíritu Santo. Como entonces los Apóstoles, también nosotros, después de la Ascensión, nos recogemos en oración para invocar la efusión del Espíritu, en unión espiritual con la Virgen María (cf Hc 1, 12-14)».

(3/3) Juan Pablo II, Homilía en la parroquia de santa Ángela de Merici: domingo 27-5-2001 (): «1. «Dios asciende entre aclamaciones» (Antífona del Salmo responsorial). Estas palabras de la liturgia de hoy nos introducen en la solemnidad de la Ascensión del Señor. Revivimos el momento en que Cristo, cumplida su misión terrena, vuelve al Padre. Esta fiesta constituye el coronamiento de la glorificación de Cristo, realizada en la Pascua. Representa también la preparación inmediata para el don del Espíritu Santo, que sucederá en Pentecostés. Por tanto, no hay que considerar la Ascensión del Señor como un episodio aislado, sino como parte integrante del único misterio pascual.

En realidad, Jesús resucitado no deja definitivamente a sus discípulos; más bien, empieza un nuevo tipo de relación con ellos. Aunque desde el punto de vista físico y terreno ya no está presente como antes, en realidad su presencia invisible se intensifica, alcanzando una profundidad y una extensión absolutamente nuevas. Gracias a la acción del Espíritu Santo prometido, Jesús estará presente donde enseñó a los discípulos a reconocerlo: en la palabra del Evangelio, en los sacramentos y en la Iglesia, comunidad de cuantos creerán en él, llamada a cumplir una incesante misión evangelizadora a lo largo de los siglos (…).

3. La liturgia nos exhorta hoy a mirar al cielo, como hicieron los Apóstoles en el momento de la Ascensión, pero para ser los testigos creíbles del Resucitado en la tierra (cf Hc 1, 11), colaborando con él en el crecimiento del reino de Dios en medio de los hombres. Nos invita, además, a meditar en el mandato que Jesús dio a los discípulos antes de subir al cielo: predicar a todas las naciones la conversión y el perdón de los pecados (cf Lc 24, 47) (…).

6. «Yo os enviaré lo que mi Padre ha prometido» (Lc 24, 49). Jesús habla aquí de su Espíritu, el Espíritu Santo. También nosotros, al igual que los discípulos, nos disponemos a recibir este don en la solemnidad de Pentecostés. Solo la misteriosa acción del Espíritu puede hacernos nuevas criaturas; solo su fuerza misteriosa nos permite anunciar las maravillas de Dios. Por tanto, no tengamos miedo; no nos encerremos en nosotros mismos. Por el contrario, con pronta disponibilidad colaboremos con él, para que la salvación que Dios ofrece en Cristo a todo hombre lleve a la humanidad entera al Padre.

Permanezcamos en espera de la venida del Paráclito, como los discípulos en el Cenáculo, juntamente con María. Al llegar a vuestra iglesia he visto una columna que sostiene la imagen de la Virgen con la inscripción: «No pases sin saludar a María». Sigamos siempre este consejo. María, a la que recurrimos con confianza sobre todo en este mes de mayo, nos ayude a ser dignos discípulos y testigos valientes de su Hijo en el mundo. Que ella, como Reina de nuestro corazón, haga de todos los creyentes una familia unida en el amor y en la paz».

Print Friendly, PDF & Email

Añadir comentario

Haga clic aquí para publicar un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.