Cultura

En tierra de todos

En este libro, En tierra de todos, estamos ante una reflexión que nos conduce a través de la realidad en que vivimos y que nos lleva, por inercia unas veces o por decisión otras, a situarnos en la Iglesia enfrentándonos en torno a sensibilidades que, en apariencia, son irreconciliables.

José María Rodríguez Olaizola nos invita a una reflexión donde la fe no puede quedar sepultada en el foso insalvable de las tendencias, querencias y visiones miopes porque el evangelio y la misma fe —que en realidad es de lo que se trata— nos invitan a todo lo contrario. Una fe que, según dice el autor, tiene que ser sólida, pero no intransigente.

Al leer este libro —este maravilloso libro— he tenido muy presente que está escrito por alguien que es jesuita, sacerdote, escritor, comunicador, sociólogo y que se mueve en grupos y procesos de acompañamiento. Es decir, Rodríguez Olaizola, está en contacto con la realidad social y eclesial de forma muy poliédrica y eso le permite tener una visión de conjunto muy completa de la que él mismo es partícipe. Porque no estamos ante una reflexión hecha desde el burladero, si se me permite la expresión. El autor, se moja. La forma de abrir la introducción, «¿Por qué seguir en la Iglesia? Quizás tú, como yo…», nos indica que él mismo está en el relato de su libro.

Por cierto, ¿por qué seguir en la Iglesia? Esta pregunta es ya en sí misma una buena razón para bucear en las páginas del libro. No se trata de encontrar una respuesta consensuada, sino de buscar respuestas, todos juntos, dentro de la pluralidad que debe ser y tener la comunidad eclesial. Alguien podrá decir que el autor habla de los temas de los que quieren cambiar la Iglesia: las mujeres, las personas en situaciones irregulares, los jóvenes… Sí, claro que habla de todo eso. Porque todas esas personas se sienten Iglesia porque son Iglesia, y los planteamientos del autor —que no dejan de recoger los planteamientos de esas personas— nos llevan a ampliar el horizonte de las reflexiones tradicionales respecto a ellas y su realidad eclesial. Algo que hace sin juzgar a nadie. Y es de agradecer. Sin embargo, también nos transmite palabras de ánimo, esperanza y cordura evangélica. Por eso aconsejo leer con sumo cuidado los varios excursus que aparecen en el libro. Son auténticas joyas para la reflexión. Pero que nadie piense en paños calientes. Ante todo, realismo: «Mi lugar en la Iglesia no tiene que ser necesariamente cómodo […] Pero es el lugar donde puedo abrazar el evangelio […], encontrar mi misión para este mundo y compartir este camino con otros, distintos pero igualmente llamados a vivir desde la fe».

El buen escritor sabe que, de vez en cuando, debe volver sobre sus pasos —palabras— y reflexionar otra vez sobre lo ya reflexionado. Esto ha hecho el autor y, desde aquí, invito a leer un libro más que necesario. Puede que, dentro de unos años leamos otro En tierra de

por Cristina Inogés

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