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Opinión

En régimen de gananciales, por Amparo Tos Boix

Cuando un hombre y una mujer contraen matrimonio, el régimen económico por el que se va a regir esta sociedad puede ser “privativo” o “de gananciales” según que los bienes patrimoniales que se adquieran después  del “sí quiero” sean de “cada uno lo suyo” o todo a partes iguales.
Tal patrimonio suele consistir en: el piso (y su préstamo), el coche, el pequeño ahorro, todo ello fruto del trabajo de ambos, lo cual, a lo largo de la vida del matrimonio, proporciona alegrías y también sobresaltos, y hasta alguna amargura.
Al margen de este cuadro, habitual en la mayoría de matrimonios, en el seno de una familia puede producirse un hecho extraordinario que proporciona una explosión de felicidad, no siempre duradera, cuando le ha tocado “el gordo” de la lotería. Viene entonces la preocupación por conseguir sacar al dinero recibido la máxima rentabilidad sin merma de su “salud”, lo cual no siempre se consigue.
Mas si en la vida de un matrimonio hay algo siempre “ganancial” -y a un tiempo “habitual” y “extraordinario”- es el anuncio de la existencia de un nuevo ser humano que, con el tamaño de una cabeza de alfiler, hace sentir su presencia con un fuerte latido gracias a la magia de la ecografía.
Por supuesto, este premio proporcionará a sus padres más quebraderos de cabeza que todo lo anterior junto, pero el paso de los años les irá confirmando que valió la pena.



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