Si se callase el ruido

¿En qué momento estás?

“Nos han quitado lo que más queríamos. Los abrazos, las relaciones sociales”, me dice mi tía cada vez que sale la conversación del Covid, que es cada vez que hablamos por teléfono y son muchas veces.

La pandemia se alarga en el tiempo y nos pesa la incertidumbre, el aislamiento de nuestros mayores y niños, no solo el nuestro, el miedo al contagio, la desidia, la pesadez de la distancia social y el confinamiento.

Cambiar nuestra manera de relacionarnos ha calado hondo en nosotros. Por una parte, estamos aliviados –todo hay que decirlo- de no tener los compromisos sociales que antes era imposible eludir, pero por otro anhelamos la agenda con más encuentros.  Echamos de menos conciertos, viajes, visitas a familiares sin precaución de distancia ni mascarilla y la vida abarrotada de gente. Nos quejábamos de ir tras el tiempo, de no tenerlo, pero en verdad nos divertía salir y entrar con libertad, incluso cuadrar el calendario porque nos coincidían varias citas a la misma hora y en el mismo día. Disponer de una vida social potente nos daba prestigio. Pensábamos que dominábamos la vida y en realidad estábamos atrapados, desprotegidos e incluso más vulnerables que ahora que el virus anda suelto.

Muchas personas me han comentado que este verano atípico, condenados a la intimidad y a nuestra burbuja de relaciones, no nos ha dejado desconectar,  que no hemos disfrutado de las pequeñas cosas que teníamos o incluso se hacía raro la sencillez de estos nuevos hábitos que nos impone la pandemia. Hiciéramos una cosa u otra la sensación era de incomodidad, de estar alertas, de ver la vida como a través de un espejo, cuando no de angustia por la noticia de un amigo o familiar positivo en Covid.

Antes de toda esta crisis, vivíamos –como dicen los psicólogos en los innumerables artículos publicados- en una sociedad hiperestimulada, donde el aburrimiento no cabía en nuestros planes. Rellenar las horas, estar entretenidos sin descanso se nos vendió como un valor supremo.

Uno de los desafíos al que nos enfrentamos es cómo bajar ese ritmo e invertir ese tiempo hueco que ahora nos queda en un espacio para revisar nuestras vidas, para estar pendientes del cuidado de los demás y del nuestro. De sentirnos libres en el encierro, pero con una responsabilidad extrema hacia los otros.

Hemos ganado tiempo. Nos toca aprovecharlo. Urge, ante todo lo inesperado que nos está sucediendo, volvernos humanos, más humanos que nunca. Como comenta el reconocido filósofo y escritor italiano Giorgio Agamben, -que me lo descubrió un amigo en un artículo del teólogo Juan Antonio Mateos Pérez- “tendremos que mirar todo de nuevo, la tierra en la que vivimos y las ciudades en las que habitamos, las políticas que consentimos, ya que hemos perdido la capacidad de habitar. Nuestras ciudades y pueblos se han convertido en parques temáticos para turistas y lo más urgente es volver aprender a habitar los lugares donde vivimos. La gran pregunta de los filósofos después de la pandemia no es “¿de dónde venimos?” y “¿a dónde vamos?”, sino simplemente: ¿En qué momento estamos? “

Esa es la pregunta.  ¿En qué momento vivimos?. Esa es la pregunta que debemos tratar de responder con lucidez, no solo con la palabra sino con los pequeños actos de cada día.

Cristina del Olmo

3 de septiembre 2020/

@olmocris

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