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En la mesa con santo Domingo: Aquí y ahora

Curioso. Es lo que me pareció cuando escuché por primera vez que ese sería el lema del Jubileo de la Orden de Predicadores del 2021. Al fin y al cabo, ¿qué tiene que ver una comida… con el VIII centenario de la muerte de nuestro Fundador?

Aparentemente, nada. Pero las apariencias engañan…

Este lema ha nacido contemplando una imagen, una pintura tan desconocida como cargada de historia y significados. En el fondo, el lema no es más que la primera pista de un apasionante enigma. Ante tal desafío, ¿cómo no lanzarse a desvelar sus misterios?

Una pista, una incógnita 

Como decíamos, toda la celebración del Jubileo gira en torno a la imagen conocida como «La Tabla de la Mascarella». En ella vemos a una comunidad de frailes, presididos por Sto. Domingo, sentados a la mesa, comiendo. Se aprecian claramente copas, jarras, ¡incluso bandejas y cuchillos!

Se podría decir que se trata de una imagen cotidiana, del día a día. ¿Qué la hace tan importante?

Su peculiaridad reside en que constituye el primer retrato que conservamos de Sto. Domingo. Los expertos calculan que se pintó poco después de la canonización de nuestro Padre (1234). Todos los estudios apuntan a que el artista fue un maestro italiano, posiblemente fraile dominico… pero la Historia oculta celosamente su identidad.

La obra fue realizada al temple sobre una tabla. Hasta aquí, nada extraordinario. Bueno, nada… hasta que descubres las medidas de la tabla en cuestión. Originariamente tenía 44 cm de altura por 5,76 metros de largo. Se trata de una obra ¡extraordinariamente larga!

Medidas tan peculiares llamaron la atención de todos los investigadores que, tras minuciosos análisis, llegaron a una inesperada conclusión: la tabla en la que se realizó esta pintura no estaba pensada para convertirse en arte. En realidad, se trata, simple y llanamente… de la tabla de una mesa. La mesa de un refectorio monástico.

¿Qué pudo impulsar a los frailes a desmantelar el mobiliario del comedor? ¿No habría sido más sencillo conseguir una tabla normal y corriente?

Una mesa con historia 

Para entender lo sucedido, debemos remontarnos unos cuantos años atrás, alrededor de 1220, cuando Sto. Domingo se encontraba en el convento de Bolonia.

Había amanecido una mañana radiante. Como todos los días, los frailes salieron a predicar y a mendigar su sustento. Lamentablemente, aquella vez no les fue nada bien… No sabemos si su predicación tocó el corazón de alguien; lo que es seguro es que no consiguieron ni un miserable pedazo de pan. Todos volvieron con las manos vacías.

Domingo, entonces, con semblante sereno, invitó a todos los frailes a sentarse a la mesa. Pidió al fraile encargado que sirviese lo que hubiera en la despensa… pero la situación no mejoró demasiado: solo quedaba un poco de vino.

Repartida la bebida entre los comensales, Domingo invitó a todos a orar, dando gracias a Dios. Los frailes, obedientes, se recogieron en oración; unos, contagiados por el entusiasmo de Domingo; otros, con un poco de resignación… y mucha hambre.

En esto, las puertas del comedor se abrieron. Nadie se atrevió a moverse de su sitio, pero ¿quién podía ser? ¡La puerta del convento estaba cerrada!

Ante el asombro de los frailes, dos jóvenes, indescriptiblemente bellos, cruzaron las puertas. Cada uno de ellos cargaba un paño lleno de pan que, sin mediar palabra, fueron poniendo en los platos vacíos. Cuando repartieron el alimento por las mesas, con el mismo misterio con el que habían llegado, se marcharon.

Domingo, que hasta ese momento había permanecido inmerso en su oración, abrió los ojos y, con una sonrisa, invitó a los frailes (que seguían mudos de la sorpresa) a que empezaran a comer.

Para muchos, no hubo dudas: aquellos jóvenes no podían ser más que ángeles, enviados del Señor para cuidarles. Por eso este episodio se conoce como «el milagro de los panes».

 

La pintura que estamos comentando refleja precisamente ese instante: el inicio de la comida, una vez que han desaparecido los misteriosos jóvenes. Y la tabla sobre la que se realizó la obra… corresponde a la mesa central del comedor. La mesa donde estaba Domingo. La mesa sobre la que oró.

Se trata por tanto de una «reliquia de contacto» realmente especial: tocada no solo por nuestro Fundador, sino también por el pan milagroso que les sirvieron los ángeles.

Cosas de familia

Como puede imaginarse, la «Tabla de la Mascarella» se convirtió en una obra realmente preciada. Evidentemente, todos los monasterios alegaban algún mérito que, en su opinión, les convertía en los más indicados para custodiarla.

El asunto iba tomando oscuras dimensiones, que amenazaban con evolucionar en acalorados enfrentamientos… así pues, alguien sugirió seguir el conocido consejo de todas las madres: «¡A compartir como buenos hermanos!».

Y eso es lo que hicieron.

Para dolor de los amantes del arte, aquellos frailes decidieron… romperla. Literalmente. La dividieron en varios fragmentos y los repartieron.

La decisión fue muy fraterna, pero no podemos negar que también fue muy temeraria. Al final sucedió lo que era de esperar: hay pedazos que desaparecieron para siempre.

Sin embargo, esta historia ha dado lugar a un precioso acontecimiento: este año, con motivo del Jubileo, por primera vez desde entonces, se han vuelto a reunir todos los fragmentos para reconstruir la Tabla. Y desde el 25 de marzo, está expuesta en la Basílica de San Domenico de Bolonia. Eso sí, el próximo 7 de octubre de 2021, se cerrará la exposición… y volverá a ser dividida, de modo que cada fragmento regresará a su respectivo convento.

Un menú a base de reflexiones 

Lo importante de cualquier mesa no es «la tabla» en sí, sino la comida que se sirve sobre ella. Del mismo modo, no queremos quedarnos en lo anecdótico de esta obra de arte, sino descubrir el significado profundo que nos ofrece como alimento.

En primer lugar, esta pintura expresa la visión que tiene la Orden de Predicadores sobre sí misma: una Orden que da una importancia fundamental a la comunidad.

En efecto: los eruditos aseguran que, analizando la obra, se pueden distinguir rasgos característicos en cada fraile, pudiendo afirmarse que hay frailes de todas las zonas de Europa (la Orden no había llegado aún a otros continentes).

Vemos reflejada la inmensa diversidad… reunida en torno a la misma mesa en unidad. Así pues, la imagen central de este Jubileo ni siquiera es propiamente una imagen de Domingo… ¡sino una imagen de la comunidad de Domingo, una imagen de fraternidad!

«Celebraremos a santo Domingo no como un santo que se encuentra solo en un pedestal, sino como un santo que disfruta de la comunión en la mesa con sus hermanos, reunidos por la misma vocación de predicar la Palabra de Dios y compartir el don de Dios de la comida y de la bebida» (Carta de fray Gerard Timoner III, Maestro de la Orden, sobre la preparación del Jubileo de 2021, 31 de enero de 2020).

Ciertamente, la mesa es lugar de encuentro. Las comidas expresan comunión, amistad, acogida mutua. Eso… ¡y mucho más! Porque, ¿te has fijado en qué consistió aquella comida milagrosa? ¡¡Pan y vino!! ¿No te recuerda a algo? Esta mesa, en realidad, nos habla de otra Mesa…

Es en el altar de la Eucaristía donde nace la verdadera fraternidad, el verdadero amor. Solo Cristo puede dar esa unión de corazones, esa unanimidad (unión de almas). Porque en Cristo nos sentimos amados cada uno tal y como somos, con nuestros dones y peculiaridades. Él nos acoge en nuestra realidad, para sacar nuestra mejor versión. Y, para ello, nos regala una Comunidad, la Iglesia, donde poder amar como Él nos ha amado. Porque el amor crece cuando se entrega. Porque solo quien ama, florece.

Y esta Tabla, sutil reflejo de aquella Cena del Jueves Santo, es al mismo tiempo un canto al Domingo de Resurrección. Pues, en efecto, desde la victoria de Cristo, la muerte no tiene la última palabra. Seguimos a Aquel que ya ha vencido, ¡no hay callejones sin salida para los que vamos con el que es el Camino! Por eso no decimos que sea el Jubileo de la “muerte” de Domingo… ¡sino de su Tránsito al Cielo! Porque, en Cristo, la muerte no es “adiós”, sino “hasta luego”. Y ese “luego” sucede cada día, pues Cielo y Tierra se sientan a la mesa… en cada Eucaristía.

 

 

Sor Mª Sión O.P.

Dominicas Lerma (Burgos)



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