Cartas de los obispos Última hora

En la hora del anunciado relevo

Nunca me han gustado las despedidas y menos aún cuando se han creado fuertes vínculos de cercanía y afecto durante el ejercicio del ministerio pastoral. Vine a esta amada Diócesis hace dieciocho años, designado por San Juan Pablo II, después de haber ejercido esta misma función en la Diócesis, igualmente querida, de Ciudad Rodrigo, en la que recibí la ordenación episcopal el día 25 de septiembre de 1994. Cuesta dejar el ejercicio del ministerio a causa de los vínculos afectivos que se crean. Con las diócesis sucede lo mismo que con las parroquias. Lo he comprobado, por ejemplo, en la actitud de algunos feligreses cuando se encuentran conmigo y me dicen: «Usted me confirmó a mí», o «usted estuvo en nuestro pueblo» con tal motivo u ocasión.

El hecho de haber realizado completa dos veces la Visita pastorala toda la Diócesis, es para mí un motivo de especial agradecimiento al Señor porque siempre he creído que esta actividad no solo es muy importante desde el punto de vista de la misión del obispo que ha de abarcar a todos los fieles, sino también en orden al conocimiento y cercanía de las personas y de las comunidades. Más de una vez he recordado que ésta fue una de las funciones más destacadas de Santo Toribio de Mogrovejo en el Perú del siglo XVI. Por eso consideré una gracia especial de Dios el haber participado en 2006 en Lima, en los actos del IV centenario de la muerte de este gran obispo nacido, muy posiblemente, en Villaquejida de donde era natural, ciertamente, su madre.

Todo relevo en el ministerio pastoral lleva consigo una separación de personas a las que se ha conocido más o menos intensamente y a las que se ha procurado servir en el ejercicio de la función episcopal. Cada obispo viene a ser un eslabón humano, sacerdotal y pastoral, dentro de lo que se conoce como la «sucesión apostólica» de una diócesis. No somos un mero eslabón o enlace. Basta recordar, por ejemplo, la intensidad del afecto y de la responsabilidad pastoral que se adivina en san Pablo cuando recordaba a los fieles de Corinto que «por medio del Evangelio los había engendrado para Cristo Jesús» (1 Cor 4, 15). Por eso mismo es tan importante, teológica y pastoralmente, la mención del Papa y del obispo diocesano en la plegaria eucarística.

Al venir a León en 2002, me costó salir de la que fue mi primera diócesis. Lo mismo les sucede a los párrocos. Ahora me cuesta más el dejaros a vosotros y no solo por el tiempo transcurrido en esta querida Iglesia diocesana desde que, nombrado para León el 19 de marzo de 2002, entré en vuestras vidas el día 28 de abril al asumir el ministerio en la Santa Iglesia Catedral. ¡Cuántas veces la he contemplado embelesado, desde la residencia episcopal, de día o de noche, pensando como un reto y una esperanza, en la belleza de las «piedras vivas» que sois todos vosotros!

Desde el principio me he sentido identificado con todo lo leonés que en muchos aspectos me ha hecho recordar mi origen familiar en Toro (Zamora) y cuyo «mote heráldico» alude precisamente a su vinculación histórica con el Reino de León. En mi primera homilía como obispo vuestro prometí asumir «con todo amor y consciente de la grandeza de la misión y de mis limitaciones», el encargo recibido. Espero no haberos defraudado, pero si en algo me he quedado corto o me he sobrepasado, os pido perdón y os suplico que lo pidáis también vosotros por mí al Señor por intercesión de la Santísima Virgen del Camino, la «Reina y Madre del pueblo leonés», a la que me he encomendado siempre desde la primera noche que pasé en León, en el convento de los PP. Dominicos.

 

+ Julián López
Administrador Apostólico de la diócesis de León

Regístrate en ECCLESIA para acceder de forma gratuita a nuestra revista en PDF

REGISTRARME