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En la Cuaresma, hagamos espacio a Dios, por el obispo de Sigüenza-Guadalajara

En la Cuaresma, hagamos espacio a Dios, por el obispo de Sigüenza-Guadalajara, Atilano Rodríguez Martínez

El Papa Benedicto XVI, en el último mensaje publicado con ocasión de la Cuaresma, nos invitaba a vivir este tiempo de gracia y de conversión meditando la Palabra de Dios y contemplando la íntima relación existente entre las virtudes teologales de la fe y la caridad. Como punto de partida para su reflexión, el Santo Padre citaba el texto de la primera carta de San Juan, cuando el evangelista afirma: “Hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él” (I Jn 4, 16).

La fe, que es siempre don de Dios y respuesta libre y responsable del hombre, nos permite conocer y profundizar en las verdades centrales de nuestra vida cristiana. Mediante la fe, entre otros muchos aspectos de la santidad de Dios, podemos descubrir el amor infinito del Padre, que no se ha reservado a su Hijo, sino que lo ha entregado para que la humanidad pudiera heredar la vida eterna.

A lo largo de su peregrinación por este mundo, pero de un modo especial en su muerte y resurrección, Jesucristo nos muestra con obras y palabras el amor inaudito del Padre. Es más, con su respuesta amorosa a la voluntad del Padre y con su victoria sobre el poder del pecado y de la muerte, nos abre a todos la posibilidad de participar de su vida de Resucitado que, por ser la vida de Dios, es eterna.

La caridad, infundida en nuestros corazones por la acción constante del Espíritu Santo, nos ayuda a adentrarnos en este misterio insondable del amor de Dios, que se manifiesta y se hace realidad en la persona de Jesucristo. Es más, la caridad cristiana nos impulsa a unirnos con la mente, el corazón y con toda nuestra vida a la entrega incondicional y sin reservas de Jesucristo al Padre y a los hombres.

Partiendo de esta relación entre fe y caridad, podemos constatar que entre una y otra no sólo no existe oposición, como algunos han pretendido en determinados momentos de la historia, sino complementariedad e íntima unión. Estas dos virtudes teologales están profundamente entrelazadas entre sí y, de este modo, pueden alimentar la esperanza.

En la vida cristiana, la contemplación y la acción son inseparables y deben integrarse la una en la otra. La prioridad, por supuesto, le corresponde al amor de Dios, pues es Él quien nos ha amado y nos ama primero. Pero, para que ese amor llegue en nosotros a su plenitud, no sólo debemos acogerlo, sino que hemos de comunicarlo y regalarlo a nuestros semejantes, pues toda la vida cristiana consiste en responder por la fe al amor de Dios y en mostrar este amor en las relaciones con los hermanos.

Durante el tiempo cuaresmal hagamos espacio a Dios en nuestra vida para que nos haga partícipes de su misma caridad. Que la escucha atenta y prolongada de la Palabra de Dios y la práctica del ayuno y la limosna nos ayuden a crecer en la caridad, en el amor a Dios y a los hermanos. De este modo nos preparamos interiormente para la participación en el triunfo de Jesucristo sobre el poder del pecado y de la muerte que, si Dios quiere, actualizaremos en la bellísima liturgia de la Vigilia Pascual.

Con mi bendición, feliz día del Señor.

                                                               + Atilano Rodríguez, obispo de Sigüenza-Guadalajara



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