Revista Ecclesia » En la ciudad de Belén nace el Salvador

Al abrir la puerta

En la ciudad de Belén nace el Salvador

1. No sé si la idea de salvación tiene buena prensa hoy en día. El hombre de hoy está tan dormido o tan anestesiado, tan vanagloriado de sí, tan autónoma o autómatamente impotente, que no concibe ni la realidad, ni la posibilidad, ni la necesidad de ser salvado. Ni de ser esclavo. La peor de las esclavitudes es la de quien ni siquiera se sabe esclavo. Seguramente ni tan siquiera quiere que lo salven. ¿Salvado de qué?, se dice. ¿Qué incendio, qué naufragio, qué situación existe que yo no conozco y de la que yo no pueda salir por mi propia mano?, dice ciego a las cadenas que le oprimen el hombre. Y sin embargo la experiencia está. La de no ser capaz de salir de algo. La de la necesidad de que te saquen de una situación de la que tú no puedes salir. La de que ojalá llegase un salvador que rompiera tus cadenas.

No sólo los esclavos necesitan salvador…

2. Donde se duerme el agua. Así leo que llama un agricultor castellano al hueco en el que queda el agua bajo los surcos, en la huella de las ruedas, bajo el barro que cuaja y se seca, dejando cápsulas donde sigue el agua viva pese a estar atrapada, como en artificiales cuevas minúsculas bajo los senderos, protegida, serena, cuidada, pero encerrada. Al leerlo me ha estremecido la expresión y la imagen. Me suena casi a descripción de lo que este 2020 está siendo. Escondido bajo la costra de barro que este año se ha formado en torno a nosotros, encapsulados, escondidos, encerrados, atrapados vivimos. Pero intuyo que aun así estamos vivos, y a la espera de que algo rompa las paredes de la cueva artificial que para volver a derramarnos y correr por los senderos.

Necesitamos un salvador que traiga vida.

3. Si queda algo de este año -que mortecino va hundiéndose como un titanic de tiempo- es la experiencia de la muerte. De la cercanía de la muerte. De la proximidad de la muerte. La muerte de las personas, y la muerte de las relaciones. Liberación para los que marchan, pesadumbre para los que quedan. Convicción de su resurrección y vida plena, y dolor de la partida y la ruptura. Desazón por la inseguridad constante que deja. Grietas en el corazón tras la ruptura de lo que fue y de lo que ya no podrá ser. Nunca y nunca igual. El año 2020 ha sido el año de la muerte. Y, al menos por ahora -de todo se sale, de todo se aprende, todo deja su enseñanza… espero-, no queda una energía para vivir, ni el buenismo de una llamada a aprovechar lo que hay, lo que aún está presente. Lo que deja es la desazón, el frío, la incertidumbre, la inseguridad y el abandono a las mareas de los años que vendrán…

Necesitamos un salvador que venza a la muerte

4. Hoy os anuncio una gran noticia. En la ciudad de Belén ha nacido el Salvador, el Mesías, el Señor.

 

Vicente Niño Orti, OP. @vicenior



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