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Entrevista a Arturo Beltrán: «En la cárcel hay delincuentes, pero también puede haber santos»

Por las manos de Arturo Beltrán Núñez, de 73 años, exmagistrado de la Audiencia Provincial de Madrid y presidente de la Sección Penal Quinta de la Audiencia de Madrid, pasaron, durante más de 25 años, decenas de miles de recursos de internos frente a decisiones de juzgados de vigilancia penitenciaria. Beltrán llegó a ser muy conocido entre la población reclusa. Ante la negativa de un juzgado a dar un permiso o progresar de clasificación a un interno, «siempre quedaba la esperanza de san Arturo, como le llaman cariñosamente los presos de las nueve prisiones».

Precisamente, construir nuevas formas de proteger y reparar a las víctimas es «un reto precioso para la Iglesia que acompaña las vicisitudes de las personas presas». Con esta premisa, el exmagistrado participó en el XXIV Encuentro de Juristas y Pastoral Penitenciaria que organizó el Departamento de Pastoral Penitenciaria de la CEE, que pertenece a la Subcomisión Episcopal para la Acción Caritativa y Social, y que se celebró en Madrid con participación telemática, los días 7 y 8 de junio.

Un encuentro en el que se habló de un sinfín de «números y casos con rostro» que, según Beltrán, mirándolos a los ojos invitan a reflexionar en la frase de El Quijote de que «si algo ha de doblar la vara de la justicia, sea antes la misericordia que el rigor».

—¿Cómo han vivido los presos el «doble confinamiento»?
—Sobre todo, ha sido complicado decir «no» a permisos que ya estaban concedidos y que tuvieron que denegarse a causa del confinamiento. Pero, en general, hay que reconocer que todos comprendieron que las situaciones de necesidad se rigen por criterios de necesidad, no por la legislación ordinaria. Hemos vivido una situación excepcional. Cuando hay un conflicto de valores entre disfrutar de unos días de libertad y arriesgar la propia vida, la de la familia, la de otros presos… el derecho superior prima el inferior. Y los presos lo han entendido, se han dado cuenta de que se estaba luchando por su vida y, por eso, ha habido tan pocos contagiados en los centros.

—De hecho, usted ha reconocido que ha sido muy valorada la actitud de los presos de las cárceles de España.
—Ha sido excepcional. Excepcional porque han sido comprensivos, descubrieron que los sacrificios no se hacían por ganas de «fastidiar», sino porque eran necesarios, que iban a favor del bien común. Y las protestas han sido mínimas. La inmensa mayoría de los presos lo ha asumido, lo ha comprendido y hasta lo ha agradecido.

—Durante el confinamiento y la posterior crisis sanitaria, las diócesis españolas, a través de las delegaciones de Pastoral Penitenciaria, religiosos, capellanes, voluntarios… no han dejado «abandonados» a los presos, sino que hemos visto multitud de acciones para estar presentes en las cárceles, aunque de otra manera.
—Esas acciones e iniciativas, que han sido muy inteligentes y que han nacido de la imaginación de los trabajadores en las cárceles, han sido muy buenas y probablemente hayan venido para quedarse. El preso al que no le permitías que saliera a visitar a su familia o viceversa, pero le dejabas hacer una videollamada de unos pocos minutos para ver las caras de sus familiares, se sentía reconfortado y consolado. Y además, recibía ánimos. Se ha creado una solidaridad muy grande mediante unos medios que, bien utilizados, no son peligrosos. Permitir que bajo la vigilancia de los funcionarios los presos tengan acceso a videollamadas con su familia sí se puede hacer, y probablemente este invento que ha venido de la mano de una gran desgracia se quede como costumbre y como recompensa.

—Los colectivos vulnerables fuera de la prisión, ¿son colectivos vulnerables también dentro?
—Durante mucho tiempo la característica común del preso es ser un desposeído. Desposeído en gran parte por estar en riesgo de exclusión social por razones económicas, culturales, de inmigración… Desposeído de afecto por carencia familiar y sentimental.
Es muy frecuente que los presos que ingresan una y otra vez en prisión por delitos menores, en el momento en el que presentan algún recurso y «cuentan su vida», reflejan la tremenda desposesión sentimental. Un ejemplo de ello son los que ofrecen como «garantía» a su madre porque se han criado sin padre, por orfandad, por divorcio, por abandono de familia…
Cuando te dicen: «Cuento solo con el apoyo de mi madre…», se percibe esa carencia de la figura paterna que es tan necesaria. ¡Hasta Dios quiso tener un padre en la tierra! Ese padre influyó en el carácter del niño, pero es evidente que era un hombre valiente, capaz de emigrar y que tenía una serie de cualidades que seguro transmitió al niño. La figura paterna tiene mucho que decir en la formación y en el afecto del niño que luego se convierte en adulto y refleja ese aprendizaje en la sociedad.

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