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¿En la cárcel…? ¡Algo habrá hecho!, por Florencio Roselló

Seguramente usted, alguna vez, también lo habrá dicho. Ni duda ni presunción de inocencia. ¡Algo habrá hecho! Seguramente, parte de razón, no toda, tiene. Porque en la cárcel hay pocos inocentes, penalmente hablando, aunque sí inocentes sociales. Aunque somos el tercer país con menos delitos violentos del mundo, pensamos que nuestro sistema penal es blando. «Que entran por una puerta y salen por otra». Somos el país con más presos en proporción a los delitos cometidos, pero eso no importa. Se recogen firmas y se pide endurecimiento de penas para garantizar una sociedad más segura. Confiamos en la cárcel como respuesta a muchos problemas de nuestra sociedad y que tienen su solución en otros ámbitos: educación, familia, trabajo, economía… nunca la prisión.

Siempre me he preguntado qué habría sido de mi vida si hubiese vivido la vida de muchas personas que hoy pueblan nuestras prisiones. Nacieron en ambientes donde tenían el camino marcado, la cárcel. Como dice el Papa Francisco cuando visita una prisión, «¿por qué ellos y no yo?», pregunta que me hago muchos días cuando entro en una prisión y voy conociendo la vida de muchos presos que desde niños empezaron a visitar a sus padres en prisión y que luego fueron visitados por sus propios hijos. ¿Qué horizonte han conocido estos presos, que ya de niños jugaban y reían en la sala de espera de una prisión?

Y en este ambiente se mueve la Pastoral Penitenciaria. Una pastoral «contra corriente», «contra social», «contra el mundo». Mucha gente no entiende que vayamos a visitar a los presos. Que hablemos, que les ayudemos y que apostemos por ellos. Porque… «si están en la cárcel, algo habrán hecho», y «además les ayudan». Nuestra sociedad, en el ánimo de ser justa, impartiendo su propia justicia, establece unos baremos de medición de los que no se salvaría ni un preso… y creo que ni yo tampoco.

Y a pesar de este ambiente social tan crítico con la cárcel, ¿por qué la Pastoral Penitenciaria sigue visitando la cárcel? ¿Qué hace que capellanes y voluntarios apuesten por un mundo más libre y más humano? Pues, sencillamente, porque creemos en que detrás de las vidas de muchos hombres y mujeres en prisión está el mismo Jesús, porque «estuve en la cárcel y vinisteis a verme» (Mt 25, 36). Y aunque mucha gente no nos entienda, la Pastoral Penitenciaria tiene la conciencia tranquila porque vive el Evangelio en primera persona, y en primera línea pastoral. Estamos convencidos de que cuando entramos en prisión nos encontramos con el mismo Jesús preso. De lo contrario, yo no entraría.

La Pastoral Penitenciaria no pregunta qué ha hecho ni por qué está en la cárcel. Una pastoral que mira a los ojos, que tiende la mano y se funde en un abrazo con el preso. abrazando al mismo Jesús. Una pastoral que muestra la puerta de salida y que le abre su casa para ser acogido y bien recibido. Una pastoral que no olvida a la víctima, dónde tiene sus derechos y a la que se debe reconocer el daño recibido. Apostamos por una pastoral de la verdad, de reconocer los errores, delitos cometidos por el infractor, para avanzar y que la víctima recupere su dignidad de persona maltratada a través del delito cometido. Es una invitación a que víctima e infractor se miren a los ojos para juntos construir un mundo más justo y más humano.

Una Pastoral Penitenciaria integrada por 162 capellanes y 2.560 voluntarios, que en nombre de la Iglesia quieren ser esperanza para los 55.000 presos que en la actualidad se encuentran en prisión. En estos capellanes y voluntarios está la Iglesia samaritana que «mira el rostro del hermano, toca su carne, siente su projimidad y hasta en algunos casos la “padece” y busca la promoción del hermano. Por eso nunca el servicio es ideológico, ya que no se sirve a ideas, sino que se sirve a personas» (FT 115). La Pastoral Penitenciaria pone en el centro a la persona en prisión, que es poner al mismo Cristo preso, sin importar su credo, su ideología ni orientación sexual.

Un compromiso de Iglesia que «tiene que ver con las dimensiones morales, espirituales y sociales de la persona» (FT 114). Nuestra opción por la persona presa abarca las tres dimensiones o necesidades que tiene en prisión: religiosa, social y jurídica. Unas dimensiones que la Pastoral Penitenciaria las hace realidad a través de 985 programas que desarrollan los capellanes y voluntarios. Desde el Área Religiosa queremos ser Buena Noticia donde el preso descubra que es hijo de Dios y por lo tanto con derecho a creer en la esperanza; desde el Área Social queremos cuidar sus relaciones familiares y atender sus necesidades humanas y sociales que como persona se generan en prisión; y desde el Área Jurídica, queremos acompañar e iluminar un camino que va a decidir su futuro en prisión, y que muchas veces, especialmente los presos pobres, viven huérfanos y en el más absoluto desamparo.

La Pastoral Penitenciaria habla de Dios y se convierte en Evangelio, en Buena Noticia, cuando pone 9.000 paquetes de ropa al año a 7.200 presos que no tienen familia que les asista, donde un 40 por ciento son extranjeros. Esta pastoral se encarna en la cárcel cuando pone 250.000€ en peculio (dinero) a 9.500 presos pobres que nadie atiende ni visita, de los cuales el 50 por ciento son extranjeros. Se hace samaritana cuando abre las puertas de las 80 casas o pisos de acogida, que gestiona en la calle, para recibir a casi 4.000 hombres y mujeres que salen de permiso o en libertad y no tienen a nadie que les asista, y la Iglesia se convierte en su casa y en su familia. Un 40 por ciento de ellos extranjeros, un 20 por ciento del total musulmanes. Una pastoral que el año 2019 invirtió más de dos millones de euros en proyectos humanizadores y liberadores. La Pastoral Penitenciaria es madre, es hermana, es compañera de camino, es casa, es posada donde todos tienen un sitio, un lugar.

Quisiera terminar mi reflexión con lo único positivo que nos ha dejado la pandemia en prisión. Otro modo de cumplir la pena es posible. Durante ese tiempo se autorizó a 2.500 presos que dormían por la noche en la cárcel y salían a trabajar por el día a que se quedasen en sus casas controlados por dispositivos telemáticos. Este número, sumando a los 2.500 que ya había antes en sus casas, motivó que hubiese 5.000 presos cumpliendo condenas en sus domicilios. Y, contra lo que la sociedad pudiese pensar, en ese tiempo no aumentaron los delitos ni la inseguridad ciudadana. Se ha reducido, desde el inicio de la pandemia, en 6.000 presos la población penitenciaria en general. Lo cual quiere decir que la cárcel no es imprescindible para pagar la deuda con la sociedad.

Hay otras formas que no tienen que pasar necesariamente por la cárcel, otras formas por las que apuesta la Pastoral Penitenciaria.

Sea prudente al decir «¿en la cárcel…? ¡Algo habrá hecho!». Porque como dice Ángel Luis Ortiz González, secretario general de Instituciones Penitenciarias, el perfil del preso se ha democratizado mucho. Hoy hay presos (políticos, corrupción, delitos de conducción, violencia de género, malos negocios…) que nunca pensaron terminar en la cárcel, uno de ellos puede ser usted.

Por Florencio Roselló Avellanas, mercedario
Director del Departamento de Pastoral Penitenciaria de la Conferencia Episcopal Española



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