En español, homilía Papa Francisco Día de la Vida Consagrada, fiesta de las Candelas

En español, homilía Papa Francisco Día de la Vida Consagrada, fiesta de las Candelas (Presentación del Niño Jesús en el Templo y la Purificación de su Santísima Madre), Basílica Vaticana 2 de febrero de 2015

Recorrer con alegría y perseverancia el camino de abajamiento de Cristo    

Tenemos ante los ojos de nuestra mente el icono de la Madre María que camina con el Niño Jesús en brazos. Lo introduce en el Templo, lo introduce en el pueblo, lo lleva al encuentro de su pueblo.

Los brazos de la Madre son como la «escalera» por la que el Hijo de Dios desciende hacia nosotros, la escalera de la condescendencia de Dios. Lo hemos escuchado en la Primera Lectura, de la Carta a los Hebreos: Cristo tuvo que «parecerse en todo a sus hermanos, para ser sumo sacerdote misericordioso y fiel» (2, 17). Es el doble camino de Jesús: él descendió, se hizo como nosotros, para ascender al Padre junto con nosotros, haciéndonos como él.

Podemos contemplar con el corazón este movimiento, imaginando la escena evangélica de María que entra en el Templo con el niño en brazos. La Virgen camina, pero es el Hijo quien camina por delante de ella. Ella lo lleva, pero es él quien la lleva a ella en ese camino de Dios que viene a nosotros para que nosotros podamos ir a él.
Jesús recorrió nuestra misma senda para indicarnos la nueva vía, es decir ese «camino nuevo y vivo» (cf. Heb 10, 20) que es él mismo. Y para nosotros, los consagrados, este es el único camino que, en concreto y sin alternativas, hemos de recorrer con alegría y perseverancia.

El Evangelio insiste hasta cinco veces en la obediencia de María y José a la «ley del Señor» (cf. Lc 2, 22. 23. 24. 27. 39). Jesús no vino a hacer su voluntad, sino la voluntad del Padre; y esto –dijo él– era su «alimento» (cf. Jn 4, 34). Así, quien sigue a Jesús emprende el camino de la obediencia, imitando la «condescendencia» del Señor, abajándose y haciendo propia la voluntad del Padre, incluso hasta el aniquilamiento y la humillación de sí mismo (cf. Flp 2, 7-8). Para un religioso, avanzar significa abajarse en el servicio, o sea recorrer el mismo camino de Jesús, que «no retuvo ávidamente el ser igual a Dios» (Flp 2, 6):  abajarse haciéndose siervo para servir.

Y este camino toma la forma de la regla, inspirada en el carisma del fundador, sin olvidar que la regla insustituible, para todos, es siempre el Evangelio. Posteriormente, el Espíritu Santo, con su creatividad infinita, traduce también dicho camino a las diferentes reglas de vida consagrada, todas las cuales nacen de la sequela Christi, es decir de este camino de abajamiento en el servicio.

Mediante esta «ley», los consagrados pueden alcanzar la sabiduría, que no es una actitud abstracta, sino obra y don del Espíritu Santo. Y signo evidente de dicha sabiduría es la alegría. Sí: la alegría evangélica del religioso es consecuencia del camino de abajamiento que recorre junto con Jesús… Y cuando nos sintamos tristes, nos vendrá bien preguntarnos: «¿Cómo estamos viviendo esta dimensión kenótica?».

En el relato de la Presentación de Jesús en el Templo, la sabiduría está representada por los dos ancianos, Simeón y Ana: personas dóciles al Espíritu Santo (al que se nombra tres veces), guiadas por él, animadas por él. El Señor les ha dado la sabiduría mediante un largo caminar por la senda de la obediencia a su ley. Una obediencia que, si por un lado humilla y aniquila, por otro, sin embargo, enciende y conserva la esperanza, haciéndolos creativos, porque estaban llenos de Espíritu Santo. Ellos celebran también una especie de liturgia alrededor del Niño que entra en el Templo: Simeón alaba al Señor y Ana «predica» la salvación (cf. Lc 2, 28-32.38). Al igual que María, también el anciano Simeón toma en brazos al Niño, aunque, en realidad, es el Niño quien lo lleva y lo guía. La liturgia de las Primeras Vísperas de esta fiesta lo expresa de manera tan clara como hermosa: «Senex puerum portabat, puer autem senem regebat» [«El anciano llevaba al niño, pero el niño guiaba al anciano»]. Tanto María, joven madre, como Simeón, «abuelo» anciano, llevan al Niño en brazos, pero es el propio Niño quien guía a ambos.

Resulta curioso notar que, en este episodio, los creativos no son los jóvenes, sino los ancianos. Los jóvenes, como María y José, siguen la ley del Señor por el camino de la obediencia; los ancianos, como Simeón y Ana, ven en el Niño el cumplimiento de la Ley y de las promesas de Dios. Y son capaces de hacer fiesta: son creativos en la alegría, en la sabiduría. Pero el Señor transforma la obediencia en sabiduría mediante la acción de su Santo Espíritu.

A veces, Dios también puede otorgar el don de la sabiduría a un joven inexperto, con tal de que esté dispuesto a recorrer el camino de la obediencia y de la docilidad al Espíritu. Esta obediencia y esta docilidad no son un hecho teórico, sino que responden a la lógica de la encarnación del Verbo: docilidad y obediencia a un fundador, docilidad y obediencia a una regla concreta, docilidad y obediencia a un superior, docilidad y obediencia a la Iglesia. Se trata de una docilidad y de una obediencia concretas.

Por el camino perseverante en la obediencia madura la sabiduría personal y comunitaria, y así también resulta posible entroncar las reglas con los tiempos: y es que la auténtica «puesta al día» es obra de la sabiduría, forjada en la docilidad y en la obediencia.

El fortalecimiento y la renovación de la vida consagrada se llevan a cabo gracias a un gran amor por la regla, y gracias también a la capacidad de contemplar y de escuchar a los ancianos de la congregación. Así, el «depósito», el carisma de cada familia religiosa, queda custodiado al mismo tiempo por la obediencia y por la sabiduría. Y, gracias a este camino, quedamos preservados de vivir nuestra consagración de manera light, de manera desencarnada, como si de una gnosis se tratara, lo que reduciría la vida religiosa a una «caricatura»: una caricatura en la que se haría realidad un seguimiento sin renuncia, una oración sin encuentro, una vida fraterna sin comunión, una obediencia sin confianza y una caridad sin trascendencia.

Nosotros también, como María y como Simeón, queremos tomar hoy  en brazos a Jesús para que él se encuentre con su pueblo, lo que ciertamente alcanzaremos con tal de que nos dejemos aferrar por el misterio de Cristo. Guiemos al pueblo a Jesús, dejándonos guiar a nuestra vez por él. Esto es lo que hemos de ser: guías guiados.
Que el Señor, por intercesión de María nuestra Madre, de San José y de los santos Simeón y Ana, nos conceda cuanto le hemos pedido en la Oración Colecta: «la gracia de ser presentados delante de [él] con el alma limpia». Así sea.

(Original italiano procedente del archivo informático de la Santa Sede; traducción de ECCLESIA)

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