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PAPA-NINOS

En español, el diálogo entre el Papa Francisco y los alumnos y profesores de los colegios de los Jesuitas

En español, el diálogo entre el Papa Francisco y los alumnos y profesores de los colegios de los Jesuitas

«¡No os dejéis robar la esperanza!»

Diálogo improvisado del Papa Francisco con alumnos de colegios de Italia y Albania dirigidos por la Compañía de Jesús (7-6-2013)

Queridos muchachos, queridos jóvenes: Me he preparado este discurso para deciros… ¡pero son cinco páginas! Un poco aburrido… Os propongo lo siguiente: yo haré una breve síntesis y después lo entregaré por escrito al padre provincial; se lo daré también al padre Lombardi, para que todos vosotros lo tengáis por escrito. Y después, hay la posibilidad de que algunos de vosotros hagáis una pregunta, para que podamos mantener un pequeño diálogo. ¿Nos gusta esto o no? ¿Sí? Pues bien. Sigamos por este camino.

 

El primer punto de este escrito es que, en la educación que impartimos en los jesuitas, el punto clave para nuestro desarrollo como personas es la magnanimidad. Tenemos que ser magnánimos, de corazón grande, sin miedo. Apostar siempre por los grandes ideales. Pero magnanimidad también en las cosas pequeñas, en las cosas de cada día. El corazón ancho, el corazón grande. Y esta magnanimidad  importa encontrarla con Jesús, en la contemplación de Jesús. Jesús es el que nos abre las ventanas al horizonte. Magnanimidad significa caminar con Jesús, con el corazón atento a lo que Jesús nos dice. Siguiendo esta vía quisiera decir algo a los educadores, a los trabajadores de los colegios y a los padres. Educar. Al educar hay que guardar un equilibrio, hay que sopesar bien los pasos: un paso firme en el marco de seguridad, pero el otro yendo a la zona de riesgo. Y cuando este riesgo se convierte en seguridad, el paso siguiente busca otra zona de riesgo. No se puede educar solo en la zona de seguridad: no, pues significa impedir que las personalidades crezcan. Pero tampoco se puede educar solo en la zona de riesgo: es demasiado peligroso. Este equilibrio en los pasos, recordadlo bien.

 

Hemos llegado a la última página. Y a vosotros, los educadores, quiero animaros también a buscar nuevas formas de educación no convencionales, según las necesidades de los lugares, de los tiempos y de las personas. Esto es importante, en nuestra espiritualidad ignaciana: caminar cada vez «más», y no quedarnos tranquilos con las cosas convencionales. Buscar nuevas formas según los lugares, los tiempos y las personas. Os animo a ello.

 

Y ahora, estoy dispuesto a responder a algunas preguntas que queráis hacer los chicos o los educadores. Estoy a disposición. Le he dicho al padre provincial que me ayude en ello.

 

Padre provincial: Santidad, como las preguntas no estaban preparadas, ¿las tomáis tal como surgen? Muy bien. Era para saber…    

 

Un muchacho: Soy Francesco Bassani, del Instituto «León XIII». Soy un chico que, como he escrito en la carta que te envío, Papa, intenta creer. Yo intento… intento, sí, ser fiel. Pero tengo dificultades. A veces me surgen dudas. Y creo que esto es absolutamente normal a mi edad. Como tú eres el Papa al que creo que llevaré más tiempo en mi corazón, en mi vida, porque te he conocido en mi fase de adolescencia, de crecimiento, quería pedirte alguna palabra para apoyarme en este crecimiento y para apoyar a todos los chicos como yo.

 

Santo Padre: Caminar es un arte, porque, si caminamos siempre deprisa, nos cansamos y no podemos llegar al final, al final del camino. Si, por el contrario, nos detenemos y no caminamos, tampoco llegamos al final. Caminar es precisamente el arte de mirar al horizonte, de pensar adónde quiero ir, pero también el de soportar el cansancio del camino. Y muchas veces el camino es difícil, no es fácil. «Yo quiero permanecer fiel a este camino, pero no es fácil, oye: hay oscuridad, hay días de oscuridad, incluso días de fracaso, incluso algún día de caída… uno cae, cae…». Pero pensad siempre en esto: no hay que temer los fracasos, no hay que temer las caídas. En el arte de caminar, lo que importa no es el no caer, sino el no «quedarse caídos». Levantarse pronto, enseguida, y seguir andando. Y esto es bonito: esto es trabajar todos los días, esto es caminar humanamente. Pero también es feo caminar solo: feo y aburrido. Caminar en comunidad, con los amigos, con los que nos quieren: esto nos ayuda, nos ayuda a llegar precisamente a la meta a la que tenemos que llegar. No sé si he contestado a tu pregunta. ¿Estás ahí? ¿No temerás el camino? Gracias.

PAPA-FRANCISCO

Una muchacha: Bueno… yo soy Sofia Grattarola, del Instituto «Massimiliano Massimo». Y quería preguntarle si usted, como todos los niños, cuando iba a la EGB, tenía amigos, ¿no? Y como hoy usted es Papa, si ve todavía a esos amigos…

 

Santo Padre: Soy Papa desde hace dos meses y medio. Mis amigos están a 14 horas de vuelo de aquí, están lejos. Pero quiero decirte una cosa: tres de ellos han venido a verme y a saludarme, y los veo y me escriben, y los quiero mucho. No se puede vivir sin amigos: esto es importante, es importante.

 

Una niña [Teresa]: Pero ¿querías ser Papa? Francisco, ¿querías ser Papa?

 

Santo Padre: ¿Sabes tú lo que significa que una persona no se quiera mucho a sí misma? Una persona que quiera ser Papa, a la que le apetezca ser Papa, no se quiere a sí misma. Dios no la bendice. No, yo no quería ser Papa. ¿De acuerdo? Ven, ven, ven…

 

Una señora: Santidad, somos Monica y Antonella, de la coral de los «Alumnos del Cielo» del Instituto «Sociale» de Turín. Queríamos preguntaros –como a los que fuimos educados en los colegios de los jesuitas se nos invita a menudo a reflexionar sobre la espiritualidad de San Ignacio–, queríamos preguntaros: En el momento en que elegisteis la vida consagrada, ¿qué os impulsó a ser jesuita en vez de sacerdote diocesano o de otra orden? Gracias.

 

Santo Padre: Me he alojado varias veces en el Instituto «Sociale» de Turín. Lo conozco bien. Lo que más me gustó de la Compañía fue su misionalidad, y quería hacerme misionero. Y cuando estudiaba Filosofía –no, Teología–, escribí al general, que era el padre Arrupe, para que me mandara, me enviara al Japón o a otro lado. Pero él lo pensó bien, y me dijo, con mucha caridad: «Pero usted ha tenido una enfermedad pulmonar, y eso no es muy bueno para un trabajo tan duro», y me quedé en Buenos Aires. Pero fue muy bueno, el padre Arrupe, porque no dijo: «Usted no es lo suficientemente santo para ser misionero»; era bueno, tenía caridad. Y lo que me dio mucha fuerza para hacerme jesuita fue la misionalidad: ir afuera, ir a las misiones a anunciar a Jesucristo. Creo que esto forma parte de nuestra espiritualidad: ir afuera, salir, salir siempre para anunciar a Jesucristo, y no permanecer, en cambio, encerrados en nuestras estructuras, tantas veces estructuras caducas. Eso es lo que me impulsó. Gracias.

 

Una señora: Bueno, yo soy Caterina De Marchis, del Instituto «León XIII», y me preguntaba: ¿por qué usted, por qué tú has renunciado a todas las riquezas de un Papa, como un apartamento lujoso, o un coche enorme, y te has ido a un pequeño apartamento en las cercanías o has tomado el autobús de los obispos? ¿Por qué has renunciado a la riqueza?

 

Santo Padre: Bueno, creo que no es solo una cuestión de riqueza. Para mí, es un problema de personalidad: es esto. Yo necesito vivir entre la gente, y vivir solo, tal vez un poco aislado, no me vendría bien. Esta pregunta me la hizo un profesor: «Pero ¿por qué no va usted a vivir ahí?». Yo contesté: «Mire, profesor: por motivos psiquiátricos». Es mi personalidad. De todas formas, el apartamento [del Palacio Apostólico] no es tan lujoso, estate tranquila… Pero no puedo vivir solo, ¿me entiendes? Y además, creo que, sí: los tiempos nos hablan de tanta pobreza en el mundo, y esto es un escándalo. La pobreza del mundo es un escándalo. ¡En un mundo donde hay tantas, tantas riquezas, tantos recursos para dar de comer a todos, no se puede entender que haya tantos niños hambrientos, que haya tantos niños sin educación, tantos pobres! La pobreza, hoy, es un grito. Todos nosotros debemos pensar si podemos volvernos un poco más pobres: esto también, todos debemos hacerlo. ¿Cómo puedo yo volverme un poco más pobre para parecerme más a Jesús, que era el Maestro pobre?: esta es la cuestión. Pero no es un problema de virtud personal mía; es tan solo que no puedo vivir solo, y también lo del coche, lo que tú dices: no tener tantas cosas y volverse un poco más pobre. De esto se trata.

 

Un muchacho: Me llamo Eugenio Serafini, y soy del Instituto CEI, «Centro Educativo Ignaciano». Quería hacerle una pregunta breve: ¿Cómo lo hizo cuando decidió hacerse no Papa, sino párroco, hacerse jesuita? ¿Cómo lo hizo? ¿No le fue difícil abandonar o dejar a su familia, a sus amigos? ¿No le resultó difícil?

 

Santo Padre: Mira, siempre es difícil, siempre. A mí me resultó difícil. No es fácil. Hay momentos lindos, y Jesús te ayuda, te da un poco de alegría. Pero hay momentos difíciles, en los que te sientes solo, te sientes árido, sin alegría interior. Hay momentos oscuros, de oscuridad interior. Hay dificultades. Pero es tan bonito seguir a Jesús, ir por el camino de Jesús, que después haces balance y sigues adelante. Y después llegan momentos aún más bonitos. Pero nadie debe pensar que en su vida no habrá dificultades. Ahora yo también quisiera hacer una pregunta: ¿Cómo pensáis salir adelante con las dificultades? No es fácil. Pero debemos seguir adelante con fuerza y confiando en el Señor: con el Señor, todo se puede.

 

Una joven: Hola, me llamo Federica Iaccarino, y vengo del Instituto «Pontano», de Nápoles. Quisiera pedir una palabra para los jóvenes de hoy, para  el futuro de los jóvenes de hoy, dado que Italia se encuentra en una situación de gran dificultad. Y quisiera pedir una ayuda para poder mejorar; una ayuda para nosotros, para poder sacar adelante a estos chicos, a nosotros los chicos.

audiencia

Santo Padre: Tú dices que Italia se encuentra en un momento difícil. Sí, hay una crisis. Pero te diré: no solo en Italia. Todo el mundo, en este momento, se encuentra en un momento de crisis. Y la crisis, la crisis no es algo malo. Es verdad que la crisis nos hace sufrir, pero debemos –y principalmente vosotros, los jóvenes–, debemos saber leer la crisis. Esta crisis, ¿qué significa? ¿Qué tengo que hacer yo para ayudar a salir de la crisis? La crisis que en este momento estamos viviendo es una crisis humana. Se dice: pero es una crisis económica, es una crisis del trabajo. Sí, es verdad. Pero ¿por qué? Porque este problema del trabajo, este problema de la economía, son consecuencias del gran problema humano. Lo que está en crisis es el valor de la persona humana, y nosotros debemos defender a la persona humana. En este momento… bueno, yo ya he contado esto tres veces, pero lo haré una cuarta. Leí una vez un relato de un rabino medieval, del año 1200. Este rabino explicaba a los judíos de aquella época la historia de la torre de Babel. Construir la torre de Babel no era fácil: había que fabricar los ladrillos, ¿y cómo se fabrica un ladrillo? Buscar el barro, la paja; mezclarlos, llevarlos al horno: suponía un gran trabajo. ¡Y después de ese trabajo, un ladrillo se convertía en un auténtico tesoro! Después subían los ladrillos para construir la torre de Babel. Si un ladrillo caía, era una tragedia; castigaban al albañil que lo había dejado caer: ¡era una tragedia! ¡Pero si caía un hombre, no había pasado nada! Esta es la crisis que hoy estamos viviendo, esta: la crisis de la persona. Hoy no importa la persona; importa el dinero, importa el dinero. Y Jesús, Dios, dio el mundo –toda la creación–, lo dio a la persona, al hombre y a la mujer, para que lo llevaran adelante; no lo dio al dinero. Es una crisis; ¡la persona está en crisis porque la persona, hoy –escuchad bien, esto es así–, está esclavizada! Y nosotros debemos liberarnos de estas estructuras económicas y sociales que nos esclavizan. Y esta es vuestra tarea.

 

Un niño: Hola, soy Francesco Vin, y vengo del Colegio «San Ignacio», de Mesina. Quería preguntarte si has estado alguna vez en Sicilia.

 

Santo Padre: No. Puedo decir dos cosas: no, o aún no.

 

El niño: ¡Si vienes, te esperamos!

 

Santo Padre: Pero te diré una cosa: de Sicilia conozco una película bellísima, que vi hace diez años, y que se titula Kaos, con «k», Kaos. Es una película sacada de cuatro relatos de Pirandello, y es una película preciosa. En ella he podido contemplar todas las bellezas de Sicilia. Es lo único que conozco de Sicilia, ¡pero es bonito!

 

Un profesor: Santo Padre, soy el profesor Jesús María Martínez… [en este momento ha habido aplausos, aplausos que, de todas formas, han acompañado varios momentos del diálogo entre el Santo Padre y los participantes en la audiencia].

 

Santo Padre: ¡Ah, tienes hinchas!

 

El profesor: Soy profesor de español porque soy español, soy de San Sebastián; soy también profesor de religión, y puedo decir que los docentes, los profesores, le queremos mucho: de esto puede estar seguro. No hablo en nombre de nadie en concreto, pero al ver a tantos exalumnos, también a tantas personalidades, y también a nosotros, adultos y profesores educados por los jesuitas, me pregunto sobre nuestro compromiso político, social, en la sociedad, como adultos en las escuelas jesuitas. Díganos alguna palabra: de qué forma nuestro compromiso, nuestro trabajo  hoy, en Italia, en el mundo, puede ser jesuita, puede ser evangélico.

 

El Santo Padre: Muy bien. Implicarse en la política es una obligación para un cristiano. Nosotros los cristianos no podemos «jugar a ser Pilato», lavarnos las manos: no podemos. Debemos implicarnos en la política, porque la política es una de las formas más elevadas de la caridad, porque busca el bien común. Y los laicos cristianos deben trabajar en la política. Usted me dirá: «¡Pero no es fácil!». Pero tampoco es fácil meterse a cura. No hay cosas fáciles en la vida. No es fácil: la política se ha ensuciado demasiado; pero yo me pregunto: ¿por qué se ha ensuciado? ¿Por qué los cristianos no se han implicado en la política con espíritu evangélico? Con una pregunta que te dejo: es fácil decir que «la culpa es de ese». Pero yo, ¿qué hago? ¡Es un deber! ¡Trabajar por el bien común es deber de un cristiano! Y muchas veces la forma de trabajar es la política. Hay otras formas: profesor, por ejemplo, es otra forma. Pero la actividad política por el bien común es una de las formas. Esto está claro.

 

Un joven: Padre, me llamo Giacomo. En realidad, no estoy solo hoy aquí, sino que traigo conmigo a un gran número de chicos, que son los chicos de la Liga Misionera Estudiantil. Es un movimiento algo transversal, por lo que prácticamente en todos los colegios tenemos algo de Liga Misionera Estudiantil. Ante todo, pues, Padre, mi agradecimiento y también el de todos los chicos con los que he hablado también durante estos días, porque por fin, con usted, hemos hallado ese mensaje de esperanza que antes nos sentíamos obligados a buscar por ahí en el mundo. Ahora, poder oírlo en nuestra propia casa es algo que para nosotros es fortísimo. Sobre todo, Padre, permítame  que diga que desde un sitio, desde un lugar, esta luz se ha encendido en este sitio en el que nosotros, los jóvenes, empezábamos realmente a perder la esperanza. Por lo tanto, gracias, porque ha ido verdaderamente hasta el fondo. Mi pregunta es esta, Padre: Nosotros, como usted bien sabe por su experiencia, hemos empezado a convivir con muchas tipologías de pobreza, que son la pobreza material –pienso en la pobreza de nuestro hermanamiento en Kenia–; que son la pobreza espiritual –pienso en Rumanía, pienso en la plaga de las vicisitudes políticas, pienso en el alcoholismo–. Por lo tanto, Padre, le quiero preguntar: ¿Cómo podemos, nosotros los jóvenes, convivir con esta pobreza? ¿Cómo debemos comportarnos?

 

Santo Padre: Ante todo, quisiera decir una cosa a todos vosotros, los jóvenes: ¡No os dejéis robar la esperanza! Por favor, ¡no os la dejéis robar! ¿Y quién te roba la esperanza? El espíritu del mundo, las riquezas, el espíritu de la vanidad, la soberbia, el orgullo. Todas estas cosas te roban la esperanza. ¿Dónde encuentro la esperanza? En Jesús pobre, Jesús que se hizo pobre por nosotros. Y tú has hablado de pobreza. La pobreza nos llama a sembrar esperanza, para que yo también tenga más esperanza. Esto parece algo difícil de entender, pero recuerdo que el padre Arrupe, en una ocasión, escribió una hermosa carta a los Centros de Estudios Sociales, a los centros sociales de la Compañía. Hablaba de cómo se debe estudiar el problema social. Pero al final nos decía, nos decía a todos: «Mirad, no se puede hablar de pobreza sin tener experiencia de los pobres». Tú has hablado del hermanamiento con Kenia: la experiencia de los pobres. No se puede hablar de pobreza, de pobreza abstracta: ¡no existe! La pobreza es la carne de Jesús pobre en ese niño que tiene hambre, en el que está enfermo, en las estructuras sociales que son injustas. Ir, mirar allí la carne de Jesús. ¡Pero nos dejéis que os robe la esperanza el bienestar, el espíritu del bienestar que, al final, te lleva a convertirte en una nulidad en la vida! El joven debe apostar por ideales altos: este es mi consejo. Pero la esperanza, ¿dónde la encuentro? En la carne de Jesús que sufre y en la pobreza verdadera. Las dos están relacionadas. Gracias.

 

Ahora imparto a todos, a todos vosotros, a vuestras familias, a todos, la bendición del Señor.

 

(Original italiano procedente del archivo informático de la Santa Sede; traducción de ECCLESIA).

 

 



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