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En el umbral de la Navidad, por Manuel Ureña Pastor, Arzobispo de Zaragoza, arzobispo de Zaragoza

Manuel-Ureña-Pastor
Mons. Manuel Ureña Pastor

El cuarto Domingo de Adviento nos deja este año a las puertas mismas de la Navidad. Ésta comenzará mañana, lunes, por la tarde con la oración de Vísperas; seguirá con la misa de Nochebuena, núcleo de la solemnidad; y culminará el martes, 25 de diciembre, con la celebración de la misa del día.

Jesús de Nazaret, el Hijo de Dios venido en carne por medio de María inmaculada, madre y virgen, nació en Belén de Judá en tiempos de Augusto. La memoria litúrgica de este acontecimiento de salvación, el más importante y decisivo para el hombre que registra la historia humana, constituye la esencia de la Navidad.

 

¿Por qué la venida de Cristo, celebrada en la Navidad, constituye el acontecimiento más grande de la historia humana? En primer lugar porque se trata de un evento sobrevenido en la historia de los hombres que no se explica a partir del pensamiento ni de la acción de la humanidad. La venida del Señor al mundo es obra de Dios, es pura gracia, puro don. Tal es lo que el ángel anuncia en sueños a José: “No tengas reparo en llevarte a María, tu mujer, porque la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo” (Mt, 1, 20). Más todavía: la venida de Cristo a la tierra es un don pleno, definitivo y totalmente intranscendible.

 

Con Cristo cierra Dios la Revelación. A partir de él la humanidad tiene ya la luz necesaria para dejar de caminar entre tinieblas y entre sombras de muerte, y para entrar por el camino de la verdad, de la libertad, del amor. En tercer lugar y como consecuencia de lo anteriormente expuesto, lo que acontece en la humanidad con Cristo es un “Novum” cualitativamente distinto de todo el orden anterior. Y un “Novum” de esta índole es una realidad intuida y querida, última y definitiva, incapaz de ser alcanzada por el hombre a partir de sí mismo. Es, por tanto, lo más grande que espera el hombre, pues es el Absoluto, Dios mismo entre nosotros.

¿Cuál es el contenido salvífico del evento “Cristo”? Cristo salva al hombre no sólo de sus alienaciones y enajenaciones exteriores, como son la falta de salud física y psíquica, la penuria económica, la falta de libertad política, la miseria, en suma, de la existencia. Ciertamente, Cristo sabe que de todas estas cosas debe ser redimido y salvado el hombre. Tanto es así, que él mismo suscita en más de una ocasión el tema de la prioridad de la curación de las enfermedades físicas. Recordemos aquella escena del Evangelio en la que cuatro hombres, a causa el gentío, no podían introducir al paralítico por la puerta y lo descolgaron por el techo, poniéndolo a sus pies (cf Mc 2, 1-12). Pues bien, situado ante aquel paralítico, Cristo le devuelve, sin duda, la salud del cuerpo, pero devolviéndole primero la salud del alma, esto es, liberándole del pecado. Dicho en síntesis, Cristo establece la prioridad del perdón de los pecados como fundamento de toda verdadera curación del hombre. ¿Acaso no le había dicho el ángel a José estas palabras?: [María] “dará a luz a un hijo y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará

a su pueblo de los pecados” (Mt 1, 21). Dicho con palabras del Papa, Jesús quiere, en primer lugar, “llamar la atención del hombre sobre el núcleo de su mal y hacerle comprender: Si no eres curado en esto, por muy buenas que sean las cosas que puedas encontrar, no estarás verdaderamente curado” (Benedicto XVI, La infancia de Jesús, 50).

 

Finalmente, con la respuesta a una tercera pregunta cierro este pequeño texto pastoral sobre la Navidad. ¿Cuándo y dónde aconteció la natividad del Señor? La Navidad tuvo lugar hace ya más de dos mil años en un oscuro rincón del Imperio Romano, concretamente en un pequeño pueblo de Judá llamado Belén

(cf Lc 2, 1-7). La circunstancia temporal y geográfica del nacimiento de Cristo no es indiferente. Y no lo es porque Dios, al darnos a su Hijo, quiso que éste naciera en la “plenitud de los tiempos”, esto es, en un tiempo y en un espacio en donde se diesen determinadas condiciones de posibilidad de comprensión del gran don que Él nos hacía. Y estas condiciones sólo las reunía en aquel momento el Imperio Romano de Augusto. Por una parte, el nacimiento de Jesús se coloca en el marco de la gran historia universal. Además: en los tiempos de Augusto se empadrona por primera vez al mundo entero; también por primera vez llega a haber un gobierno y un reino que abarca completamente el orbe; y por vez primera se da una gran área pacificada, en donde se registran los bienes de todos y se ponen al servicio de la comunidad.

En tercer lugar, sólo en el momento en que llega a darse una comunión de derechos y de bienes en gran escala, y sólo cuando llega a haber una lengua universal que permite a una comunidad cultural entenderse en el modo de pensar y de actuar, puede entrar en el mundo un mensaje universal de salvación. Finalmente, surge en aquella época la esperanza de un mundo nuevo, la espera del retorno del paraíso.

Por todas partes se advierte la tensión hacia el amanecer de un cambio epocal y se cree estar asistiendo a un nuevo comienzo “del curso inmenso de los siglos”, como canta Virgilio en la Egloga IV de las Bucólicas.

Os deseo una feliz y santa Navidad penetrada por la fe informada por el amor.

Domingo, 23 de diciembre de 2012

Manuel Ureña Pastor, Arzobispo de Zaragoza

 

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