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En busca de las “personas vitamina”

La escena se repite. Cinco minutos de conversación equivalen a veinte quejas por segundo. No llego a ver su boca tras la mascarilla, pero intuyo que las comisuras deben estar en sentido descendente. Se agita al hablar. Gesticula. Y al marcharse, compruebas cómo esa negatividad no se ha ido con ella, sino que permanece en ti de forma inconsciente. Te habías levantado animada, pero ahora mismo no sabes por qué tienes esa sensación de que el día ha comenzado mal.

La psiquiatra Marian Rojas Estapé habla de “personas vitamina” en su último libro, como aquellas que nos apoyan, que nos inspiran, que nos animan, que nos transmiten confianza, todas las que sacan lo mejor de nosotros mismos. Sin embargo, no pocas veces nos rodeamos justamente de su antítesis. Personas que viven en la queja constante, a las que cualquier nimiedad les parece un drama, que buscan y buscan las vueltas para convertir cualquier realidad en algo terrible y siniestro. Que vuelcan su bilis en cada palabra. A las que jamás oirás o leerás comentarios agradables porque gustan de gozar con el sufrimiento, la provocación al otro, la crítica. Si hay que estar cerca de las primeras, hay que huir velozmente de las segundas.

Hace tiempo que aprendí a alejarme de ellas. Y no es fácil. A veces, incluso, es imposible. En esos casos también aprendes a no dejar que te afecte en exceso su negatividad. O al menos lo intentas. Y es que cierto es que, en este mundo caótico que nos ha tocado vivir, es muy difícil desprendernos de ese pesimismo crónico con el que parece que hemos nacido. Pero si además lo retroalimentamos con actitudes nada edificantes a nuestro alrededor, creamos una espiral de queja constante, de amargura, que nos agarra la garganta y nos impide respirar en condiciones.

Y sí: hay que quejarse cuando toca. Que nadie nos quite nuestro derecho al pataleo. Pero, ¡por el amor de Dios!, no estemos siempre con la ceja y el morro torcido. Porque al final desprenderemos ese tufillo de amargura que alejará a los demás de nuestro lado. Porque, aunque la vida es inmensamente complicada, también tiene muchísimas bondades, que hacen de cada momento algo único y especial. Saber ver estos detalles es la clave para no caer en pozos negros, donde nuestro ánimo refleje la negrura, la tristeza y la desesperación.

Aporta o aparta. Es así de sencillo. Tienes el poder de elegir, tanto tu propia actitud, como aquellos de quienes te quieres rodear. Busca tu “persona vitamina”, pero sé también tú la vitamina, la cafeína o el Red Bull de los demás. Con un gesto, una palabra, una mirada. Que se te arruguen las patas de gallo por encima de la mascarilla cuando hablas. Que te brillen los ojos. Que tus quejas sean menos del 40% de tus conversaciones. Respira hondo ante los problemas, y piensa si merece la pena estar las 24 horas del día mirando al suelo.

Y para evitar contagiarte de su negatividad, despídete sin remordimientos de aquellos de la queja constante: que les vaya bonito bien lejos.

 



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