Congreso de Laicos Última hora

Empecemos por nosotros mismos, por Isaac Martín

La semana pasada nos hacíamos una pregunta ante la vuelta paulatina a lo ordinario: y ahora, ¿qué? La respuesta a la misma se centraba en dos extremos, ambos frutos del Espíritu: comunión y discernimiento. Pero para que una y otro sean una realidad en nuestra forma de actuar y en la dinámica de nuestras comunidades, hemos de comenzar por el principio. Y el principio no es otro que nosotros mismos.
Efectivamente, nada cambiará si no cambiamos nosotros primero; no será posible transformar la realidad en la que estamos presentes si no nos transformamos interiormente; de poco habrá servido lo experimentado en esta extraordinaria situación de confinamiento si no hemos dejado que toque lo más profundo de nuestro ser. Aunque resulte paradójico, ser Iglesia en Salida exige una mirada introspectiva a cada uno de nosotros y a la comunidad de fe de la que formamos parte. ¿Cómo somos? ¿qué hacemos? ¿qué falta en nosotros para responder al ideal de santidad al que estamos llamados? ¿y en nuestra comunidad para hacer de ella una unidad de personas en torno a una misma fe en cuyo centro está Cristo?
La necesidad de la conversión personal y comunitaria como premisa de todo lo demás ha estado muy presente en el proceso abierto con motivo del Congreso de Laicos. Lo estuvo en los materiales que se elaboraron como punto de partida para crear ambiente durante la fase precongresual —Misioneros de la Alegría—, así como en el trabajo del documento-cuestionario que fructificó en el Instrumentum Laboris, y lo ha estado en las aportaciones de los congresistas en los grupos de reflexión. Esta llamada a vivir la santidad en lo ordinario, en lo cotidiano, y también ante las circunstancias extraordinarias que nos ha tocado vivir y que habremos de afrontar en el futuro, es la clave. No en vano, en Gaudete et Exsultate el Papa Francisco señala que «la santidad es el rostro más bello de la Iglesia» (n.9) y nos interpela a cada uno de nosotros de una manera sencilla, pero directa, que conviene siempre recordar: «Tú también necesitas concebir la totalidad de tu vida como una misión. Inténtalo escuchando a Dios en la oración y reconociendo los signos que Él te da. Pregúntale siempre al Espíritu qué espera Jesús de ti en cada momento de tu existencia y en cada opción que debas tomar, para discernir el lugar que eso ocupa en tu propia misión. Y permítele que forje en ti ese misterio personal que refleje a Jesucristo en el mundo de hoy» (GE 23). Ciertamente, son muchos y diversos los nuevos retos que está planteando la situación que estamos viviendo. En no pocas ocasiones sentimos que la realidad nos desborda y que nada podemos aportar nosotros para mejorarla. En las relaciones humanas, percibimos que el mal gana terreno frente al bien, la división frente al encuentro, el odio frente al amor, el egoísmo frente a la caridad; en lo colectivo, observamos igualmente que la sociedad empeora: las familias se rompen, la educación está en sus niveles más bajos, la crisis económica vuelve con fuerza, la polarización en la política es la nota predominante, los pobres y excluidos aumentan en número y en precariedad… Es aquí donde entra en juego de lleno nuestra llamada a la santidad: yo no puedo cambiar el mundo, pero sí puedo mejorar mi mundo; no puedo transformar toda la realidad, pero sí puedo contribuir a humanizar mi entorno más inmediato. Son esas pequeñas acciones, sumadas a las de otros a quienes ni siquiera conocemos, las que conforman el Plan de Dios.
En eso consiste la santidad: sencillamente, en buscar la voluntad de Dios en cada concreto aspecto de nuestra existencia para, a la luz de la oración, en un ejercicio de discernimiento y movidos por el amor, comprometernos a cambiar aquello que sí depende de nosotros. En tiempos convulsos siempre ha habido grandes santos… y también «pequeños». Así pues, empecemos por nosotros mismos.

Por Isaac Martín, miembro de la Comisión Ejecutiva del Congreso de Laicos y delegado de Apostolado Seglar de Toledo

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