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Mons. Ángel Rubio Castro
Mons. Ángel Rubio Castro

Emigrantes y extranjeros, Ángel Rubio Castro, obispo de Segovia

Ante la Jornada Mundial de las Migraciones el Santo Padre Benedicto XVI nos recuerda con palabras del Concilio Vaticano II que «la Iglesia avanza juntamente con toda la humanidad», por lo cual «los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo. Nada hay verdaderamente humano que no encuentre eco en su corazón» (GS 40).

Conviene recordar, tal y como señalan los Obispos en el mensaje de este año 2013, algunos datos estadísticos. En el año 2012 vivían en España 5,7 millones de extranjeros, un 12% de la población. Si se incluyen en el cálculo los residentes nacionalizados, la cifra se eleva a 6,7 millones, un 14%. La tasa de paro de los inmigrantes es del 35%, entre los autóctonos del 22%. Estamos a la vez en un escenario de grave crisis económica y moral, que está golpeando a numerosas familias, a muchas personas. Los inmigrantes, sin ser causantes de la crisis, son, como decíamos los obispos españoles hace dos años, las primeras víctimas de la misma.

El paro y los recortes sociales en algunas áreas de atención pública pueden resultar desfavorables para la integración de los extranjeros. Aunque hasta ahora no ha habido episodios xenófobos de especial gravedad, no han faltado conatos en algunos de culpar a los inmigrantes de la situación. Aquellos que para nuestro Padre Dios son los primeros destinatarios de su Reino, son los primeros en estorbar en el reinado materialista del bienestar.

Un capítulo al que debemos prestar singular atención, sensibilizándonos de verdad y poniéndonos manos a la obra es la pastoral con los inmigrantes. Nada verdaderamente humano puede dejarnos indiferentes a los que seguimos a Jesucristo; nada humano debe pasar desapercibido ante la caridad cristiana. Uno de los asuntos en los que se juega el destino del hombre sobre la tierra, ya en el momento presente y sobre todo en los próximos años, es el de las migraciones. Las migraciones están adquiriendo en nuestro tiempo una magnitud que desconocíamos. Sus proporciones son gigantescas. Los países desarrollados, entre los que se incluye el nuestro, están recibiendo miles y miles de pobres gentes que, asesinadas por el hambre, tienen que dejar su tierra. Proceden, precisamente, de los lugares que son las partes más extensas de la tierra donde reinan el hambre y la muerte prematura. Buscan salir de su miseria, liberarse de las amenazas que pesan sobre ellos, hallar un presente y un futuro mejor para sí y para los suyos.

Los cristianos, las comunidades cristianas, las diócesis, no podemos permanecer ajenos y como espectadores más o menos inquietos ante ese asunto capital. Es necesario interesamos por él y trabajar. No podemos desentendernos del hecho lacerante de que haya gente todavía que muere de hambre, que esté condenada al analfabetismo, que carece de la asistencia médica más elemental o que no tiene techo donde cobijarse. Esa es la raíz de las migraciones.

En los “extranjeros” la Iglesia ve a Cristo que “planta su tienda entre nosotros” (cf. Jn 1,14) y “llama a nuestra puerta” (cf. Ap 3,20) y siempre se descubre en ellos auténticos valores y los considera un gran recurso humano.

Desde aquí hacemos una llamada para mantener la acogida, para sustentar, compartir y acompañar como “peregrinos de la fe y la esperanza” la situación de la injusta crisis que soportamos y que se ceba especialmente con los hermanos emigrantes. Cada vez es más imprescindible la necesidad de crear espacios privilegiados donde se lleve a cabo una verdadera pedagogía del encuentro entre inmigrantes y autóctonos, espacios como la escuela, el deporte, la parroquia, las comunidades religiosas y civiles.

Todos necesitamos vivir en una fraternidad cada día mayor, porque todos somos caminantes y de alguna manera emigrantes y extranjeros.

 

+ Ángel Rubio Castro

                                                              Obispo de Segovia

 



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