Diócesis Iglesia en España

Emigrantes, por Atilano Rodríguez, obispo de Sigüenza-Guadalajara

Los medios de comunicación nos ofrecen cada día noticias impactantes sobre los millones de personas que se ven forzadas a dejar su tierra para huir de la guerra, del hambre o de la persecución por razones económicas, religiosas o políticas. La contemplación de la realidad nos dice que estas migraciones forzadas son una amenaza y un riesgo, sobre todo, para la vida y la seguridad de los mismos migrantes.

En el camino hacia la “tierra prometida”, estos hermanos suelen encontrarse con traficantes sin escrúpulos, vinculados con frecuencia a la venta de drogas y de armas, que los explotan económicamente, los humillan en su dignidad, los someten a todo tipo de vejaciones y los tratan como simples objetos de consumo.

Cuando llegan hasta nosotros, muchas veces, en vez de encontrar la acogida, la protección y la seguridad que merecen y esperan, son vistos con recelo y con miedo. Estos miedos, que condicionan frecuentemente nuestra forma de pensar y de actuar en la relación con los emigrantes, nos privan también del encuentro fraterno con los otros y del encuentro con el Señor, que ha querido identificarse con cada uno de ellos. El individualismo y la defensa a ultranza de nuestros derechos pueden conducirnos, sin ser conscientes de ello, a la búsqueda de los propios intereses, impidiéndonos ver el sufrimiento de los necesitados y escuchar los gritos de dolor de los emigrantes y refugiados. ¡Cuánto sufrimiento y dolor soportan cada día estos hermanos para encontrar un lugar donde poder vivir con paz y dignidad!

Ante esta realidad nadie debería cerrar los ojos o mirar para otro lado como si el

problema no fuese con él. Como hijos de un mismo Padre, además de acoger con profundo respeto y cariño a los emigrantes, deberíamos poner los medios para que otros puedan contemplarlos como hermanos, que han de ser acogidos, acompañados y respetados, para construir con ellos un mundo más fraterno y solidario.

La celebración de la Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado, el día 29 de septiembre, es una magnífica ocasión para dar gracias a Dios por el servicio generoso de los miembros de la Delegación de Migraciones, de Cáritas y de otras instituciones eclesiales que acogen, acompañan, cuidan y protegen a los migrantes y refugiados. Al mismo tiempo, es una oportunidad para pedirle al Señor que conceda esperanza y fortaleza interior a los emigrantes ante las dificultades del camino.

La contemplación del rostro de Cristo en la oración tiene que ayudarnos a descubrirle presente, especialmente, en el rostro de aquellos con los que Él mismo ha querido identificarse. No es posible decir que amamos a Dios, a quien no vemos, si no amamos a los pobres y marginados, con los que compartimos cada día nuestra vida.

Con mi sincero afecto y bendición, feliz día del Señor.

Atilano Rodríguez, Obispo de Sigüenza-Guadalajara

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