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Al abrir la puerta

Elogio de la Teología

Imagino que los lectores habituales de Ecclesia están al tanto del Foro que la Conferencia Episcopal Española en colaboración con la revista Religión y Escuela, está dedicando a reflexionar sobre cómo debería ser la Asignatura de Religión con ocasión de la reciente reforma de la ley educativa, que hará necesario actualizar los currículos que se imparten.

             Solventes expertos a lo largo de cuatro sesiones virtuales andan analizando, revisando y planteando qué necesita ser la ERE –acrónimo de Enseñanza de la Religión en la Escuela- en el actual contexto social, cultural, eclesial, educativo, pedagógico y político que tenemos. Y ante el que se nos avecina.

             Ayer se celebró la tercera de las sesiones –dedicada a las claves teológicas subyacentes en la Asignatura- y no pude por menos que recordar aquella atinada frase de Donoso Cortés de que en toda cuestión política va envuelta siempre una cuestión teológica.

             La teología, al hilo de la pérdida de relevancia de lo religioso en nuestro mundo, es una disciplina académica que ha pasado de ser la central cuestión en el pensamiento occidental durante 1800 años, a ser la última apestada, despreciada y defenestrada de las labores reflexivas. De ser la disciplina en torno a las que todas las demás reflexionaban y que animaba el pensamiento de los distintos ámbitos humanos –la reflexión sobre las ciencias naturales, las éticas, las políticas, las económicas, las antropológicas, las jurídicas, las filológicas, las psicológicas…- ha pasado a ser insignificante, desconocida, orillada, anulada, minusvalorada. Sin reconocimiento ni valoración alguna.

             El desprecio de unas hijas con su madre –y repito, todas las disciplinas intelectuales enraízan con la teología, todas-, la falta de memoria de donde vienen, ha traído sin embargo una consecuencia de consecuencias catastróficas: la pérdida de orientación hacia donde van. Han caído las disciplinas académicas separadas de su tronco madre en la más egotista especialización, en la compartimentación del conocimiento y por tanto en la pérdida del objetivo global que toda reflexión habría de tener: comprender al ser humano, el mundo del ser humano, la clave central de qué es el hombre, para qué vive el hombre, por qué vive el hombre, cómo vive y cómo ha de vivir el hombre. La filosofía quizás ha intentado cubrir algo de ese papel aglutinador y orientador, pero sin éxito, viéndose poco a poco abocada al mismo destino que la teología, su exclusión progresiva del mundo académico a través de ser considerada irrelevante.

             Si alguno de ustedes asistió a las dichas charlas de ayer escucharía un encendido elogio de la teología fundamentado y sostenido en razones bastantes y suficientes para recuperar la necesidad de su estudio y enseñanza.

             La teología, partiendo de la reflexión del Misterio de Dios y de su creación del mundo y del hombre, ha articulado durante veinte siglos –y continúa haciéndolo…- vías que reflexionan sobre todas las dimensiones del ser humano. Ciertamente da un discurso completo, una visión global bien alejada de las líneas posmodernas de pensamiento, pero igualmente ha sido capaz de abrir caminos, repartir juego, alentar senderos, descubrir nuevos espacios con los que aumentar y comprender más, pensar más, entender más, construir mejor.

             Si tan solo por la capacidad de difusión y apertura al saber sería necesario volver a recuperar la teología como estudio central en la reflexión humana, por llevar en sí misma la dimensión de empujar los otros saberes, sin duda alguna, otra razón aún mayor nos impulsa a su elogio, y es la de ser la única disciplina humana capaz de aunar igualmente las distintas áreas del conocimiento de cara al fin último que todo ser humano persigue, que todo conocimiento humano debería buscar, la plenitud del hombre.

Vicente Niño Orti. Dominico. @vicenior



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