Cartas de los obispos Última hora

El «yugo» de Jesús

Hay palabras de Jesús especialmente significativas. Se dirigen a cada persona y son una invitación a la relación con él. En el evangelio de hoy, Jesús se dirige al Padre para darle gracias porque ha escondido los secretos del Reino a los sabios y entendidos y los ha revelado a la gente sencilla. Para entender bien estas palabras hay que tener el cuenta que el evangelista, previamente, hace notar que la predicación de Jesús ha sido rechazada por quienes le acusan de tener relación con pecadores y publicanos e incluso de estar endemoniado. Son los «sabios» de este mundo que se consideran con derecho de juzgar a los demás, incluso a Jesús, descalificando su enseñanza. Por el contrario, los que seguían a Jesús eran considerados como una pobre gente, sin formación ni doctrina, que, no obstante, acogían con alegría las palabras de Jesús. Por eso Jesús da gracias al Padre, porque a estos les ha revelado las cosas del Reino.

Jesús da un paso más: a esa gente que se veía relegada por los «sabios» de la época la invita a acercarse a él: «Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera» (Mt 11,28-30). El filósofo y teólogo danés, Sören Kierkegaard, considerado como el Sócrates nórdico, escribió sobre esta invitación de Jesús unas preciosas páginas publicadas en español con el título «ejercitación del cristianismo», que arrancan de las primeras palabras de Jesús: «Venid a mí». Jesús se sitúa en el centro de su mensaje, como en otras ocasiones, y se define a sí mismo como manso y humilde de corazón. Esta invitación —«venid a mí»— se dirige a los que están cansados y agobiados porque él quiere aliviarlos. Estos cansados y agobiados son, naturalmente, todos los hombres a quienes les pesa la vida con sus luchas y contradicciones, con sus angustias y sufrimientos. Quienes se acerquen a Jesús hallarán descanso para sus almas.

Llama la atención, sin embargo, que Jesús diga a continuación: «Tomad mi yugo sobre vosotros». Invitar a alguien cansado y agobiado a ponerse un yugo sobre sí mismo parece una contradicción. Una persona en tales condiciones desea quitarse la carga de encima, no ponerse más peso. Quiere decir que la metáfora que usa Jesús debe ser entendida de otra manera: no como un peso, sino como una liberación. El yugo del que habla Jesús produce descanso, libera del agobio y del cansancio. Sólo puede tratarse del yugo del amor que hace más fácil todas las cosas. Como dice san Agustín: «Donde hay amor no existe fatiga; y si hay fatiga, es amada». No hace falta saber mucho para reconocer esta verdad tan cotidiana: que el amor aligera. Posiblemente, Jesús utiliza la palabra «yugo» para hablar de su ley, de su nueva sabiduría, que es la compasión con los que se sentían agobiados con las cargas que imponían fariseos y letrados. Jesús habla de «mi yugo», que él mismo pone sobre nosotros cuando nos acercamos a él, le confiamos nuestras necesidades y descansamos en su infinita compasión. El hecho de que él mismo se defina como «manso y humilde de corazón» indica que su yugo tiene que participar de esas mismas virtudes. Cuando experimentamos el cristianismo como una carga insoportable es que no hemos entendido nada, nos hemos desviado del camino. El cristianismo es descanso en Cristo y libertad para amar. No es sometimiento servil ni moralismo paralizante. Con razón, el padre Lagrange llamaba a este texto la «perla» del evangelio de Mateo. Quien encuentre esta perla venderá todo lo que tiene, que pesa como un fardo inútil, comprará la perla y encontrará descanso.

+ César Franco
Obispo de Segovia

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