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El voto católico, por Roberto Esteban Duque

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El voto católico, por Roberto Esteban Duque
Vincular la orientación del voto católico, según la propuesta de los obispos, hasta hacerlo coincidir con la formación de un partido político es uno de los esfuerzos mayores y más nobles realizados durante meses por la coalición Impulso Social.

Un sacrificio legítimo, pero agónico, porque la voz de los prelados representa un referente residual no sólo en la sociedad postmoralista, sino en el seno de la misma Iglesia, desembarazada la conciencia católica de la autoridad y difusora de un evidente rechazo de la sujeción de la moral a la religión, separada como está de la fe, prostituida a los ídolos vicarios, y animada por un potente subjetivismo y una inconmensurable autonomía.

En las democracias actuales se valora más tener la posibilidad de poder expulsar en un tiempo razonable a un mal gobierno que la perentoriedad de elegir uno bueno; nos ponemos de acuerdo sobre lo que no queremos antes de realizar propuestas y conseguir objetivos; se determina el mal -en el extremo hipotético de consentir desvelarlo-, pero se sospecha de quien intenta ofrecer el bien y caminar hacia él. Ni se aspira ni se procura el ideal. Sólo parecen razonables las soluciones provisorias a los problemas coyunturales, más allá de afanarse en la justicia o en un orden moral -presentado como ridículo- identificado por la propia razón.

Los obispos de la COMECE (Comisión de los Episcopados de la Comunidad Europea) ofrecen su orientación de voto para las próximas elecciones europeas, proponiendo como idea matriz la unión entre la ética y la política, algo que suele despreciar la voluntad de poder. El deber ser de la moral europea no juega contra el gobernante, ya que si abandonamos lo que deberíamos ser por lo que somos estaríamos caminando hacia la ruina. No se trata de ninguna ingenuidad socrática guiarse por el bien y por la defensa de la vida. Ni es utópica ni oportunista una política de fines o de principios morales, capaz de trascender las circunstancias y estrategias a corto o largo plazo. El concepto “Europa” será una fuerza dinámica hacia el futuro, según el papa emérito Benedicto XVI, sólo si logra sintetizar realismo político e idealismo moral.

Es insoportable la inmoralidad organizada en que deviene con frecuencia el Estado, la demagogia embaucadora que mantiene los tiempos graduales en la contemplación del mal, la amoralidad de las acciones políticas que sólo persiguen sus propios intereses y el mantenimiento en el poder, la batalla de ganar con apariencias enmascaradoras de la realidad.

¿No es hacer el mal contemporizar buscando réditos electorales en cuestiones donde se debe proteger la vida humana más allá de los tiempos marcados por el poder? ¿Qué puede esconderse en la postergación de la reforma de la ley del aborto más allá del 25 de mayo sino la subordinación de los fines a los medios, la reedición del espíritu de Maquiavelo, la estrategia pragmática y la espuria separación entre la ética y la política, con el consiguiente menosprecio por el bien y por la vida?

El progreso social es posible cuando la fuerza social organizada se ha dejado inspirar por las exigencias morales y las ha convertido en ley moral de vida. Es preciso superar una concepción que niega la moralidad como tarea histórica, como asunto del hombre colectivo, y la reduce a las motivaciones morales subjetivas de la persona individual, a meras prisiones, como sustantivaba Nietzsche las propias convicciones.

Lo que los griegos denominan eunomía, la fundamentación del derecho sobre normas morales, se convierte en el verdadero fundamento que da vida a la democracia. La democracia no puede ser desnudo dominio de la mayoría, sino que está supeditada al reconocimiento del nomos, de lo justo.

Esto no sólo significa un fuerte control del poder, sino también respetar el carácter público de la religión, respetar la libertad religiosa, que incluye el derecho a manifestar las propias creencias en público. Las consideraciones laicistas y arbitrarias del presentador radiofónico Carles Francino, señalando que la religión es algo “íntimo y privado”, ni siquiera son dignas de ser contempladas por el actual laicismo francés, mucho más respetuoso y menos ignorante con la religión que las declaraciones que sólo permiten una tolerancia privada.

Más allá de las consabidas orientaciones de los obispos en cualquier cita electoral (prevalencia del bien común, preocupación por los más vulnerables, respeto por la dignidad del hombre y protección de la vida humana), invitando a una “conciencia informada”, el problema de fondo sobre el que debería gravitar el voto católico, además de la necesaria unidad entre ética y política, es la consideración de la crisis actual sobre la verdad.

La crisis de legitimación política es una crisis que proviene de la imparable deslegitimación de la verdad a favor del poder. Lo decía Foucault de un modo transgresor: la verdad es algo que produce el mismo poder. Se asiste así a una crisis donde lo importante no es la verdad ni el trasfondo moral de la acción pública, sino ser eficaz y taimado a la hora de mantener y acrecentar el poder. Se garantiza el vértigo y el desplome de la razón o de la creencia en bienes morales objetivos, convirtiéndose todo finalmente en banal y pura interpretación.

El objetivo principal de la política parece consistir en alcanzar el poder y mantenerse en él a cualquier precio, olvidando la primacía de la verdad. El hombre rara vez busca realmente la verdad; la mayoría de las veces nuestros intereses o nuestra incapacidad nos lo impiden. Pero que cada partido político defienda su verdad no significa que no exista la verdad. Cuando falta el amor hacia la verdad, todo se convierte en pura estrategia, en cálculo interesado, en representación de un papel asignado y en triunfo de la apariencia y la máscara.

Terminado el proceso de descomposición de los regímenes comunistas de la Europa del Este que culminaron con la caída del muro de Berlín y desaparecida la “vulgata marxista”, metamorfoseada hoy en una “sociedad sin vínculos”, el problema de Europa parece consistir en el repudio de su identidad y de sus raíces, que no son otras que Atenas, Roma y Jerusalén.

Cualquier proyecto político contario a los valores que constituyeron el espíritu de la construcción europea y ajeno a los principios de la común herencia de la civilización cristiana significará la constatación resignada de una Europa reducida a escombros, pura ideología sin alma, un alejamiento del voto católico.

Cualquier proyecto político afín a la defensa de los principios de moralidad y de derecho, con la primacía de la moral en la vida política y en las relaciones sociales y económicas, capaz de respetar las raíces de Europa y que manifieste que el hombre necesita unos bienes estables y verdaderos, un especial cuidado en la protección de la vida humana y una permanente tensión hacia la verdad, merecerán el crédito del mismo voto católico.

Roberto Esteban Duque

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  • Si analizamos la moral de cualquier político, sea europeo, español o autonómico, que mire por el bien del pueblo, sobre todo por los más desfavorecidos, que sirvan y no se enriquezcan a cuenta de los votantes, pienso que, al menos yo, no debo de votar. Primero que devuelvan el dinero que nos han robado a todos, que se haga justicia con quienes han robado sin importarles su país causando, en parte, la crisis que estamos sufriendo muchos españoles, luego ya hablaremos. Hoy por hoy, no conozco a ningún político que cumpla con estos criterios, lo siento mucho pero lo veo así.

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